La “guerra de todo el pueblo”, el crimen final contra los cubanos

Guerra

La supuesta genialidad estratégica de Fidel Castro fue siempre un fraude intelectual

El régimen no solo desafía la lógica militar, sino que desmantela el andamiaje jurídico que protege la vida humana.
El régimen no solo desafía la lógica militar, sino que desmantela el andamiaje jurídico que protege la vida humana. / Facebook / Minfar Cuba
Rolando Gallardo

08 de marzo 2026 - 07:42

Huesca (España)/En los pasillos del poder en Cuba, el nerviosismo es palpable. Mientras el régimen observa a sus compinches ideológicos arder y tambalearse en el escenario global, la cúpula en La Habana parece decidida a "poner sus bardas en remojo" ante el estrechamiento del cerco internacional. La respuesta del sucesor de los Castro ante la presión de una administración estadounidense que estrecha el cerco sobre el régimen no ha sido la apertura ni el diálogo, sino el desempolvo de un plagio desastroso de Fidel: la doctrina de la “guerra de todo el pueblo”.

Bajo el barniz de la soberanía nacional, esta estrategia esconde una lógica macabra: movilizar a una masa de ciudadanos sin entrenamiento militar para convertirlos, de facto, en blancos legítimos de potenciales fuerzas expedicionarias. No estamos ante una defensa heroica, sino ante el diseño de una masacre programada, destinada a ser utilizada como palanca propagandística para victimizar al régimen ante la opinión pública mundial.

Una caricatura del fanatismo

La supuesta genialidad estratégica de Fidel Castro fue siempre un fraude intelectual. La "guerra de todo el pueblo" no es más que una caricatura de las tácticas desesperadas de Adolf Hitler en los días finales del Tercer Reich. Al igual que el dictador alemán movilizó a mujeres, ancianos y niños en el Volkssturm para resistir el avance imparable de los aliados, el régimen cubano pretende sacrificar a su población bajo una premisa nihilista: si el sistema no se sostiene, la nación debe perecer con él. Fue el propio Hitler quien afirmó que el pueblo alemán no merecía vivir si era incapaz de derrotar a sus enemigos; hoy, el PCC parece suscribir ese mismo desprecio por la vida de sus gobernados.

La "guerra de todo el pueblo" no es más que una caricatura de las tácticas desesperadas de Adolf Hitler en los días finales del Tercer Reich.
La "guerra de todo el pueblo" no es más que una caricatura de las tácticas desesperadas de Adolf Hitler en los días finales del Tercer Reich. / Archivo Nacional Polaco

En la práctica, conceptos como "soberanía", "voluntad popular" o "bien colectivo" son meros envoltorios vacíos. La realidad es una casta política que busca hundir a la población en el mar si ellos no pueden retener el timón. Lo que se vende como patriotismo es, en esencia, una mutación caribeña de las tácticas de Hamas en Gaza, donde el valor de un ciudadano se mide por su utilidad como escudo humano o como cadáver televisado que ayude a ganar la batalla de la narrativa global.

El colapso de la logística y el mito de la Sierra

La viabilidad de esta resistencia armada es, en las condiciones actuales de la isla, inexistente. El régimen apela a la nostalgia de la guerra civil de 1956-1959, pero ignora deliberadamente un factor económico crucial: los grupos rebeldes de entonces sobrevivían en las zonas montañosas gracias a una extensa red de suministros, alimentos y medicinas provenientes de negocios privados y fincas prósperas que el propio castrismo se encargó de aniquilar.

En la Cuba depauperada de 2026, marcada por el colapso energético y la escasez crónica, el ascenso de personas mayores y jóvenes armados a las montañas supondría un desastre logístico inmediato. Sin una base económica que los sostenga, cualquier intento de resistencia prolongada culminaría en una rendición masiva por condiciones incompatibles con la vida o en una mortandad por hambre y enfermedades curables. La logística, y no el fuego enemigo, sería el primer verdugo de esta milicia improvisada.

El derecho internacional y la pérdida del estatus de "persona protegida"

Al desempolvar esta doctrina, el régimen no solo desafía la lógica militar, sino que desmantela el andamiaje jurídico que protege la vida humana. Según los Convenios de Ginebra, un civil goza de inmunidad frente a ataques directos siempre que no participe en las hostilidades. Sin embargo, en el preciso instante en que un ciudadano toma un fusil o realiza actos de sabotaje, pierde su protección y se convierte en un combatiente.

Según los Convenios de Ginebra, un civil goza de inmunidad frente a ataques directos siempre que no participe en las hostilidades.
Según los Convenios de Ginebra, un civil goza de inmunidad frente a ataques directos siempre que no participe en las hostilidades. / Facebook / Minfar Cuba

Esta estrategia crea una situación de "combatientes no privilegiados". Si el Estado entrega armas está borrando deliberadamente la línea de distinción. Esta ambigüedad es una trampa mortal; históricamente, ha llevado a tragedias donde las fuerzas expedicionarias, ante la duda y el riesgo de emboscada en entornos urbanos, disparan contra cualquier sospecho, aumentando exponencialmente las bajas colaterales. Para la cúpula, este escenario no es un error, sino una meta: cuantas más víctimas civiles se produzcan, más material tendrán para su maquinaria de victimización.

El escudo de la cúpula y el fin de la mística

El régimen intenta proyectar que la resistencia armada en Oriente Medio puede inclinar la balanza, desconociendo que aquella se sostiene sobre un adoctrinamiento místico y una cultura del martirio ajena a la idiosincrasia cubana. El pueblo de Cuba no busca la gloria en el más allá ni el sacrificio por un dogma moribundo; la mayoría de la población lo que demanda es prosperidad, pan y libertad. No son pocos los que, tras décadas de privaciones, anhelan abiertamente el consumismo capitalista que el discurso oficial demoniza.

Armar a un pueblo que carece de lo más básico es el acto final de inmoralidad de una dictadura que se sabe terminal. Al convertir cada barrio en un cuartel y cada ciudadano en un soldado improvisado, el Estado cubano no está defendiendo la patria, sino erigiendo un muro de carne y hueso para proteger los beneficios de la élite a expensas de la integridad física de la población.

La "guerra de todo el pueblo" es la confirmación de que, para los dirigentes cubanos, la soberanía no reside en el bienestar de los ciudadanos, sino en la permanencia de su propio poder. Si la historia sirve de guía, este "crimen final" no será recordado como una gesta de resistencia, sino como el último suspiro de una casta que prefirió la posibilidad de un holocausto nacional antes que aceptar su propia obsolescencia. Cuba hoy no necesita fusiles en manos de civiles; necesita que el Estado deje de usar a su pueblo como moneda de cambio en una guerra que solo existe en los delirios de quienes se niegan a soltar el control.

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