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Miami/En estos días de esperanzas renovadas los sobrevivientes del presidio político cubano tendemos a recordar con mayor frecuencia a los compañeros que han partido.
Evocaciones que se acentúan los primeros viernes de cada mes cuando nuestro hermano Ángel de Fana nos convoca a un reencuentro a través de un almuerzo en el que reforzamos identidad y compromisos, o cuando Ramiro Gómez Barrueco nos llama para conmemorar un nuevo aniversario del cierre del Presidio de Isla de Pinos, el 59, en poco más de un mes. Lo mismo ocurre cuando volvemos a tener el privilegio de escuchar cantar al hermano Mario Fajardo, un grato recuerdo de los tiempos en que nuestras vidas eran vapuleadas por la aridez.
Debo escribir que la frase que titula esta columna la decía con mucha ironía el recientemente fallecido en la histórica ciudad de Trinidad Oscar Esquerra Velaz, miembro de la gloriosa causa del Escambray, quien después de cumplir su sentencia fue recondenado a otros dos años de prisión porque la dictadura no creía que la cárcel lo hubiera vencido, abuso que infligieron a otros muchos prisioneros.
No obstante, Oscar y los demás siempre estuvieron confiados en que iban a sobrevivir los avatares del aquel infierno, a pesar de las golpizas de los esbirros y las criminales carencias a las que eran sometidos.
Conocí a Oscar hace más de sesenta años en la Circular #1 del presidio de Isla de Pinos
Conocí a Oscar hace más de sesenta años en la Circular #1 del presidio de Isla de Pinos, cárcel que construyó el general Gerardo Machado, quien proféticamente ante el asombro de un funcionario por las dimensiones de la penitenciaría, dijo: “No te preocupes, ya llegara un loco al que le quedará chiquita”.
Llego el Loco, 1959, por cierto, muy endemoniado, Fidel Castro, que a tres años de su gobierno había superpoblado las prisiones y construido decenas de ergástulas, incluidas tres, en la isla en la que estaba el presidio. Edificaciones silenciadas por el estruendoso paredón y una represión insaciable que nunca ha conocido el fin.
Cuando las circulares fueron dinamitadas con el objetivo de volarla con miles de hombres en ellas, varios valientes de los diferentes edificios bajaron a los túneles para desactivar los explosivos. Uno de los sobrevivientes de aquella hazaña fue Ricardito Vázquez, quien sacó fotos de los cartuchos gracias a una pequeña cámara que su hermana logró entregarle subrepticiamente en una visita. Otros, parte de esa heroica lista, fueron Eugenio Llamera, el propio Oscar y Raúl Martínez, a quien le decíamos el Hierro por lo formidables de sus puñetazos.
Esquerra era muy ingenioso y de rápidas respuestas, siempre caracterizado por su férreo compromiso con el retorno de la democracia a Cuba. Recuerdo que un estudiante de Medicina se le acercó un día para decirle contrito que había recibido un telegrama de que sus antiguos compañeros de estudios se estaban graduando de médicos, a lo que respondió: “Ellos se están graduando de médicos, pero tú te estas graduando de patriota”.
“Ellos se están graduando de médicos, pero tú te estas graduando de patriota”
También tenía de las familias de todos nosotros un concepto muy elevado. Afirmaba que los familiares de los presos la pasaban peor que estos porque eran acosados, vejados y además tenían que quitarse los pocos alimentos que conseguían para llevárselo al hijo, padre o esposo encarcelado, una realidad que condujo al Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo, a propuesta de Alfredo Elías y Enrique Ruano, para crear la orden Clara Abraham de Boitel, que se otorga a los familiares que han apoyado a sus deudos en prisión.
Repito, en estos tiempos de un despertar de la esperanza es prudente tener presente que todos los cubanos opuestos al totalitarismo, estén en la prisión con rejas o en la antesala, han estado muriendo a plazos y reviviendo en una angustia que cada vez es más estremecedora que la precedente.
El presente, sin duda alguna, está conformado en la devastación más inhumana que se pueda concebir. La crisis perenne que han vivido los ciudadanos de nuestro país se ha acentuado como nunca en el pasado. Los cubanos padecen una situación peor que la de los esclavos del siglo XVIII, con la agravante de que a todos les es muy fácil saber que hay una vida mejor y que para alcanzarla solo tienen que romper las cadenas que los oprimen.
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