Voltaire en La Habana: el escándalo de pensar en una Asamblea que no piensa

Parlamento

Un ejercicio de imaginación contra la unanimidad, la consigna y el acatamiento

Cada intervención concluye del mismo modo: aplausos automáticos, aprobaciones unánimes, unanimidades sospechosas.
Cada intervención concluye del mismo modo: aplausos automáticos, aprobaciones unánimes, unanimidades sospechosas. / Cubadebate
Jorge Luis León

29 de marzo 2026 - 09:33

Houston/¿Qué habría ocurrido si Voltaire, ese espíritu inquieto, irreverente y demoledor de dogmas, hubiera sido colocado, por un capricho de la historia, como delegado en una Asamblea donde no se delibera, donde no se cuestiona, donde pensar es casi una falta de disciplina?

Imaginemos la escena.

El salón está lleno. Rostros serios, algunos cansados, otros simplemente vacíos. Se leen informes interminables, cargados de cifras sin alma y de consignas repetidas hasta la saciedad. Cada intervención concluye del mismo modo: aplausos automáticos, aprobaciones unánimes, unanimidades sospechosas. Nadie discrepa. Nadie pregunta. Nadie incomoda.

Y entonces, se levanta él.

Voltaire, nacido en 1694 y muerto en 1778, no fue un hombre hecho para el silencio. Fue, ante todo, un provocador de conciencias. Un enemigo declarado de la estupidez institucionalizada. Un amante feroz de la razón, de la crítica, de la duda como método.

Su sola presencia en ese recinto sería ya una anomalía.

Al principio, observaría. Escucharía con atención, con esa mezcla de ironía y escepticismo que lo caracterizaba. Tomaría nota mental de cada frase vacía, de cada lugar común, de cada aplauso sin convicción. Y pronto comprendería lo esencial: no está ante un órgano deliberativo, sino ante una escenificación. Una puesta en escena donde el resultado está decidido antes de comenzar.

Y entonces, hablaría.

No para repetir, no para agradar, no para cumplir.

Hablaría para desmontar.

“Si todo está decidido, ¿para qué estamos aquí?"

“Señores,” diría con voz firme, “si todo está decidido, ¿para qué estamos aquí? Si nadie puede disentir, ¿qué sentido tiene reunirnos? Si la verdad no puede ser examinada, entonces no estamos legislando: estamos obedeciendo.”

El silencio sería inmediato.

No un silencio respetuoso, sino un silencio incómodo. Denso. Peligroso.

Algunos bajarían la mirada. Otros intentarían sonreír con rigidez. Los más fieles al ritual comenzarían a inquietarse. Porque Voltaire no estaría atacando a un individuo, sino al mecanismo entero. A la raíz del problema: la ausencia de pensamiento.

Él, que dedicó su vida a combatir el fanatismo, identificaría rápidamente la enfermedad: no se trata solo de una asamblea ineficiente, sino de una estructura diseñada para evitar el conflicto intelectual. Y sin conflicto, no hay verdad. Sin confrontación, no hay avance.

Intentarían interrumpirlo.

Le recordarían “las normas”, “el respeto”, “la unidad”. Palabras grandes, utilizadas como escudos contra la crítica. Pero Voltaire no creía en la unidad impuesta, sino en la verdad discutida. Y respondería, sin elevar la voz, pero con una precisión devastadora:

“La unanimidad no es prueba de verdad, sino muchas veces evidencia de miedo.”

Ahí estaría el escándalo.

No en su tono. No en sus palabras.

Sino en el hecho mismo de pensar.

Porque en una asamblea donde todo se aprueba, pensar es subversivo. Preguntar es peligroso. Discrepar es imperdonable.

Y esa duda, por pequeña que sea, es el principio de toda transformación

Voltaire no duraría mucho en ese entorno. Sería señalado, aislado, quizás expulsado. No por equivocado, sino por incómodo. Porque los sistemas que temen al pensamiento no refutan: eliminan.

Y sin embargo, su paso, aunque breve, dejaría una huella.

Sembraría una duda aquí, una incomodidad allá. Haría que alguno, en silencio, se preguntara si aquello que aplaude lo convence realmente. Y esa duda, por pequeña que sea, es el principio de toda transformación.

Porque las sociedades no cambian cuando todos están de acuerdo.

Cambian cuando alguien se atreve a no estarlo.

Y en esa sala, gris y uniforme, donde la palabra ha sido domesticada y la razón reducida a trámite, Voltaire sería exactamente lo que siempre fue:

Un peligro.

El peligro de pensar.

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