El voto no es un acto de fe, es una decisión de conciencia

Elecciones

¿Debemos permitir que los errores de un partido nos hagan olvidar los riesgos que encontramos en el otro?

La economía preocupa, la inmigración divide opiniones y los errores de la política republicana han provocado decepciones legítimas.
La economía preocupa, la inmigración divide opiniones y los errores de la política republicana han provocado decepciones legítimas. / EFE
Jorge Luis León

31 de octubre 2026 - 14:48

Houston/Hay momentos en la vida de una nación en los que votar deja de ser un simple ejercicio democrático. Se convierte en una decisión sobre el rumbo que se desea para el futuro. Estados Unidos se encuentra ante uno de esos momentos.

No desconozco las dificultades del presente. La economía preocupa, la inmigración divide opiniones y los errores de la política republicana han provocado decepciones legítimas. Sería deshonesto ignorarlos. Quien pretende defender una causa debe tener también la capacidad de reconocer sus propias contradicciones.

Pero la honestidad intelectual exige algo más: examinar todas las alternativas.

En política, la memoria suele ser incómoda. Nos obliga a recordar aquello que algunos prefieren olvidar. Nos recuerda que las decisiones de un gobierno no deben juzgarse solamente por sus discursos, sino también por sus consecuencias.

Cuando observo el panorama demócrata, encuentro motivos de preocupación que van más allá de una diferencia partidista.

¿Puede construirse una relación de confianza con un poder que continúa negando libertades esenciales a su propio pueblo?

Pienso en Cuba. La política de acercamiento de Barack Obama hacia La Habana fue presentada como una nueva etapa de entendimiento. Sin embargo, para quienes conocemos la naturaleza del régimen castrista, aquella apertura despertó una interrogante fundamental: ¿puede construirse una relación de confianza con un poder que continúa negando libertades esenciales a su propio pueblo?

La diplomacia puede ser necesaria. El diálogo también. Pero ninguna apertura debería convertirse en una justificación moral de la opresión.

Pienso igualmente en la inmigración. No es un problema exclusivo de la política actual. Las deportaciones durante la presidencia de Obama demostraron que la aplicación de las leyes migratorias también formaba parte de las decisiones demócratas. Por eso rechazo las simplificaciones que pretenden atribuir toda responsabilidad a un solo partido.

Defender el cumplimiento de la ley no significa aceptar la humillación ni la violencia contra quienes la incumplen. La dignidad humana debe permanecer por encima de cualquier diferencia política. Pero una nación también tiene derecho a proteger sus fronteras y establecer normas migratorias.

Mi preocupación alcanza, además, determinadas corrientes ideológicas que ganan espacio en sectores de la izquierda estadounidense. Me inquieta el avance de propuestas que, en mi opinión, debilitan la responsabilidad individual, cuestionan principios tradicionales y pretenden convertir determinadas concepciones ideológicas en normas obligatorias para toda la sociedad.

La historia demuestra que los pueblos pueden perder sus libertades gradualmente

La libertad no consiste en imponer una manera de pensar. Consiste, precisamente, en permitir que distintas ideas convivan dentro de un marco de derechos e instituciones.

Por eso mi decisión no nace de una adhesión incondicional al Partido Republicano. No creo en los partidos perfectos ni en los políticos infalibles. Creo en la necesidad de comparar proyectos, examinar sus consecuencias y determinar cuál representa el menor riesgo para los principios que considero esenciales.

Y aquí aparece la cuestión fundamental: ¿debemos permitir que los errores de un partido nos hagan olvidar los riesgos que encontramos en el otro?

La historia demuestra que los pueblos pueden perder sus libertades gradualmente. No siempre ocurre mediante una ruptura violenta. A veces comienza con promesas atractivas, con la justificación de medidas excepcionales o con la aceptación de pequeñas renuncias que, acumuladas, terminan debilitando las instituciones.

Como historiador, no puedo ignorar esas lecciones. Como ciudadano, tampoco puedo desentenderme de sus consecuencias.

No pretendo dictar a nadie su voto. Cada ciudadano tiene derecho a decidir conforme a sus convicciones. Pero considero que una elección exige algo más que indignación, simpatías personales o el descontento con la situación económica.

Mi voto no es un acto de fe en un partido. Es una decisión de conciencia

Exige memoria. Exige reflexión. Exige responsabilidad.

Las encuestas pueden medir preferencias y anticipar tendencias. No pueden determinar qué principios pesan más en la conciencia de cada votante.

Yo he tomado mi decisión.

No porque considere que los republicanos carecen de errores, sino porque, después de examinar las alternativas, entiendo que sus principios y propuestas se aproximan más a la nación que deseo para mis hijos y para las futuras generaciones.

Mi voto no es un acto de fe en un partido. Es una decisión de conciencia.

Voté republicano.

Y lo hice con la convicción de que olvidar las lecciones de la historia puede resultar mucho más costoso que reconocer los errores del presente.

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