Vivo en el infierno

Venezuela lleva semanas con problemas en la red eléctrica. En la imagen, un apagón en Caracas. (EFE)
Venezuela lleva semanas con problemas en la red eléctrica. En la imagen, un apagón en Caracas. (EFE)

Hace unos años no entendía cómo los cubanos podían sobrevivir con 10 dólares al mes. No tenía sentido que nadie pueda sobrevivir con esa suma. Ahora lo entiendo. Estas notas no son para los venezolanos, ni los cubanos. Son para aquellos que están en otros países y no entienden ese sin sentido. Para que sean tolerantes con los venezolanos que tuvieron que emigrar y los entiendan. Y para que reflexionen sobre lo que es vivir, día tras día, en un infierno.

¿Como lo hacen? ¿Cómo se vive con 10 dólares al mes? Se busca doblegar al individuo con un subsidio. El opresor entrega un poco de comida (no mucha y cero proteínas), algunos medicamentos, unos servicios muy baratos pero pésimos, les entregan viviendas a unos pocos (no a todos, pero siempre queda la esperanza de que alguna vez les darán alguna) y la gente -entre abnegada y entregada-, los recibe. No tienen otra opción. Es recibirlos o morir. Cambian las prioridades. Es preferible dos kilos de arroz que el efectivo. Con el dinero nunca se sabe si lograrás el bien deseado. Con el arroz en la mano, al menos llevas algo de comer a tu casa.

Hace quince días pasamos cinco días continuos sin el servicio de energía eléctrica. Casi se perdió la cuenta de las horas de desvelo. Después de ese primer evento han ocurrido una sucesión de “apagones” que nos han hecho no solo muy complicada la existencia, sino la convivencia.

Hace quince días pasamos cinco días continuos sin el servicio de energía eléctrica. Casi se perdió la cuenta de las horas de desvelo

No tener energía eléctrica se traduce en que no hay telefonía, ni fija, ni celular. Tampoco cocina para el que tiene cocinilla eléctrica. Y como el agua llega por bombeo tampoco la hay. El que puede obtener agua es a través de un camión cisterna a precios impagables. Y siempre se duda de su calidad sanitaria. Pero después de quince días eso poco importa.

No sirven los ascensores, con lo cual aquel que vive en un piso quince debe acarrear, en baldes y a oscuras, el agua para los baños, aseo y preparar algo de comer. Significa levantarse una mañana y no salir agua de los grifos y volver -como en el pasado-, a buscar agua con un cántaro al río. Solo que no hay ríos, ni pozos. Se secaron al no preservar los bosques.

Solo queda la  huella de la destrucción por la furia de la extracción del oro y el diamante. Por las calles las alimañas se asoman por los alcantarillados. Roedores hambrientos en busca de la comida que no corre por los desagües. Lo cotidiano se vuelve un infierno. Es como pasar, de un instante a otro, a la Edad de Piedra.

Si una persona tiene una emergencia no hay manera de llamar a una ambulancia, ni a la policía, ni a los bomberos. No hay atención en los centros hospitalarios porque los pocos que tienen plantas eléctricas, luego de tantos días colapsan. De esta manera muchas personas no pueden hacerse diálisis, los neonatos no pueden estar en sus incubadoras  y los que requieren respiradores artificiales agonizan. Se desconoce el número de fallecidos. Y también está vedado morir. Porque no hay certificados de defunción, ni cavas donde colocar los muertos. Los sepultureros no tienen cómo llegar. Los cementerios fueron clausurados en esos días.

Si una persona tiene una emergencia no hay manera de llamar a una ambulancia, ni a la policía, ni a los bomberos

No hay gasolina porque las estaciones de gasolina no pueden expenderla. Tampoco hay efectivo, ni cajeros automáticos. No hay puntos de venta, ni forma de comprar nada. Solo efectivo o dólares. Lo que ayer valía un precio astronómico pasa a valer cinco veces más, al día siguiente. Vale más un kilo de carne que una obra de arte.

Nuestros familiares en el exterior se desesperan. No tienen forma de saber como se encuentran sus seres queridos que en su mayoría son personas de la tercera edad. Sin embargo, aparece algo no previsto: la solidaridad. Hay identificación entre los pares. Y el que no tiene muestras de repugnancia nos repugna.

El panorama general es desolador. No hay servicio de Metro y escaso transporte público. La gente, abnegada y silenciosa, camina hacia sus trabajos. Generalmente lleva unos botellones vacíos, con la esperanza de llevar un poco de agua potable desde sus sitios de trabajo, a la casa.

Pero lo más llamativo es la actitud de las personas. Andan sin esperanzas, sin ánimo. La postura corporal los delata. Son autómatas. Los más desesperados hurgan, afanosamente, en la basura.

Se atraviesa la ciudad para llegar a las centrales de las operadoras de los móviles con la esperanza, desde ese lugar, de dar una fe de vida a nuestros seres queridos, en el exterior.  Todos los comercios están cerrados. La ausencia de información de lo que está pasando desespera y exaspera. Las pilas de los radios se agotan. Las velas se acaban. Los víveres perecederos en el refrigerador se descomponen. No hay hielo. La gente quema la basura porque el servicio de aseo no funciona. La ciudad se tiñe de un cielo grisáceo y un sol rojizo que presagia muerte.

Todos los comercios están cerrados. La ausencia de información de lo que está pasando desespera y exaspera. Las pilas de los radios se agotan. Las velas se acaban

Cuando al fin regresa el servicio llueven las malas noticias. Los amigos que fallecieron. Hacemos contabilidad de cuantos electrodomésticos han sobrevivido a la hecatombe. Y nadie se alegra. Solo hay desesperación y rabia. Los bruscos cambios de voltaje anuncian que eso solo será el comienzo de la antesala de un purgatorio. Que se sabe cuando se inicia, pero nunca cuando finaliza. Y los milagros no existen.

Luego de un segundo apagón se crean chats vecinales para enumerar como están las cosas en cada zona. Y aunque la energía eléctrica regresa, de forma intermitente, nunca volvió el agua porque esta depende del bombeo. Y como son equipos viejos, sin mantenimiento y cuya vida útil se cumplió hace muchos años, funcionan de manera precaria.

Entonces se siente la inutilidad del chat porque esos Alcaldes nunca pueden resolver nada. ¿Para qué querrán ser Alcaldes quien no tiene una ambulancia, ni un carro de bomberos, ni un camión cisterna?  Ni siquiera tienen el poder -o la voluntad-, de demoler una construcción ilegal en un bien patrimonial. Se volvieron en unos personajes decorativos.

Para el escritor significa no tener ordenador. Escribir a mano, para dejar testimonio de que con  la falta de práctica ahora tenemos una letra maltrecha e ilegible, que al releerla ni nosotros entendemos. Aún así queremos dejar testimonio del infierno porque algo nos dice que estamos viviendo un momento estelar. Ojala no nos ocurra como aquella película del cubano Tomás Gutiérrez Alea: Memorias del subdesarrollo. Un intelectual que se quedó en la maltrecha isla porque presentía que algo iba a pasar. Y nunca pasó nada.

Ojala no nos ocurra como aquella película del cubano Tomás Gutiérrez Alea en la que un intelectual se quedó en la maltrecha isla porque presentía que algo iba a pasar. Y nunca pasó nada.

Hay dos refugios en los que tratamos de protegernos: la lectura y el jardín. La lectura se hace pesada. No estamos acostumbrados a una luz difusa y debemos salir al exterior. Las noches son penosas. No hay disfrute de las estrellas o las luciérnagas fugaces, sino desesperación, de cuándo volverá la energía. Y cuando vuelve es una ansiedad porque no sabemos en qué momento se volverá a ir.

Entonces viene la segunda parte: conectar los interruptores, lavar la ropa, asear los baños. Es comienzo del período de sequía. Hay calma. No hay vientos, pero sí zancudos y calor. La oscuridad, profunda y tenebrosa, no es melancolía sino temor. De repente se ve un sector iluminado. Al rato, la zona iluminada se vuelve a apagar. Se pierden las esperanzas que pronto nos llegará la energía. Y entonces vienen las conjeturas. ¿A quién estarán matando? ¿Quién estará muriendo?¿Qué estará pasando? Se piensa en los hospitalizados, en los presos políticos, en la desesperación de sus familiares. En los ancianos que no pueden tener acceso a sus medicamentos. La incertidumbre también mata.

Cambiamos de opinión. En la mañana decidimos trabajar afanosos en el jardín. Pero este languidece. Los pájaros no cantan, solo emiten gemidos. Solo hay zamuros merodeando. Un jardinero sin agua está condenado a ver morir las plantas que con tanto amor hemos cuidado. El aguacate cargado se secó. Y nuestro amado jazmín también. Ya no emitirá más su embriagante aroma. Solo queda su leñoso tallo chamuscado. El jardinero se limita entonces a recoger hojas secas y a observar, con pasmoso dolor, que el fruto de años de esfuerzo, se desvanece en unos días. Es otra tortura, al igual que mirar el Ávila quemándose por diferentes frentes. En las noches ese fuego quema la vista.

La energía eléctrica va y viene. Han pasado quince días. No hay agua todavía. No hay internet. El desprecio de los gobernantes ofende más que el odio. Y el sometido lo sabe. ¿Qué clase de gente es esta que no le importa el dolor de sus semejantes? ¿Son como Nerón que disfrutó de una Roma incendiándose?. Solo piensan en la permanencia, cueste lo que cueste. ¿Y esto no es una guerra? ¿O sí lo es?  Finalmente concluyo: vivo en un infierno.

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Este texto fue  originalmente publicado en La Patilla.

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