Pandemonium

El que enferma con síntomas serios queda aislado de su familia ni bien ellos se manifiestan. (EFE)
El que enferma con síntomas serios queda aislado de su familia ni bien ellos se manifiestan. (EFE)

A quien ya tiene siete décadas de experiencia y ha vivido otras pandemias, sorprende en la que hoy sufrimos la percepción exagerada del impacto del número de infectados y muertos sobre el total de la población de los países afectados. Algo menos de seis millones y medio de contagiados y trescientos ochenta mil muertos respecto de una población mundial de aproximadamente siete mil ochocientos millones de habitantes. Son números pequeños por grande que sea el dolor de los alcanzados por la enfermedad.

Lo que ocurre, me ocurre, es que se ha acabado la certeza de que estos episodios medioevales no eran posibles porque la ciencia y los instrumentos médicos nos protegían contra todo. Con la victoria contra el cáncer, que  sonaba posible y cercana, íbamos a ser potencialmente eternos. La biología molecular debía ayudar un poco. Somos Homo Deus derrotados y, por ello, muertos de miedo. Todo porque un  día un chino se comió un murciélago y puso al  mundo patas para arriba. 

Esa incertidumbre nos hace recordar con voz estridente que vamos a morir. Una obviedad que la longevidad creciente difuminaba. Siempre alguien tiene una abuela de más de cien años que está perfecta, y de la excepción derivábamos la regla. La novedad nos pone a todos en la posición del cardíaco que se queda muerto durmiendo.

La novedad nos pone a todos en la posición del cardíaco que se queda muerto durmiendo

La  recreación de imágenes que bien podían ser de pintores de los siglos XV y XVI, como Memling y Brueghel, tiene efectos que creíamos ajenos a nuestros tiempos: los vecinos expulsan con rudeza de su vivienda a una médica valiente por miedo al contagio. Retorno de linchamientos ante un pánico que juzgábamos de siglos lejanos.

Como ocurrió con la peste negra, los clérigos rezan y piden oraciones para que pase la pandemia. La Iglesia nunca le tuvo fe a la ciencia y prefiere el incienso. Un tratamiento curativo o una vacuna no dejarían espacio para el milagro.

Hay una novedad tremenda. El que enferma con síntomas serios queda aislado de su familia ni bien ellos se manifiestan. Enferma, adolece, si le toca,  muere en soledad y es incinerado sin que sus afectos lo puedan ver. Deja su casa con el riesgo de evaporarse. El subconsciente no es indiferente ante ello.

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