¿Es Xi Jinping el líder que necesita China?

El presidente chino, Xi Jinping. (EFE)
El presidente chino, Xi Jinping. (EFE)

Las reformas económicas que China comenzó a implementar después de la desaparición de Mao Zedong, en 1978, marcaron un importante despegue económico y crearon oportunidades que sacaron de la pobreza a unos 800 millones de personas. Todo parecía indicar que China había encontrado el camino para convertirse en impulsor de la paz y la prosperidad.

Pero, en 2013, el liderazgo político pasó a las manos de Xi Jinping. Su historial político lo identificaba como un maoísta de línea dura, un convencido marxista-leninista (a pesar de todos los desastres que esa ideología ha causado en los países que la adoptaron), que había ascendido en la escala partidista como un enemigo de la corrupción.

Desde su llegada al poder, Xi se enfocó en el reordenamiento de todas las políticas. Estableció su credo de que China estaba lista para convertirse en la potencia líder del mundo. Puso énfasis en quitar la autonomía que disfrutaba Hong Kong y en el uso de la fuerza para lograrlo. Comenzó a amenazar a Taiwán militarmente. Desplegó navíos de guerra por el Mar del Sur de China, tratando de imponer su dominio en términos militares y económicos. Puso en tensión las relaciones con la India, creando incidentes armados en la frontera.

La buena voluntad con que el mundo estaba percibiendo a China, ha terminado: Xi Jinping parece decidido a llevar su país a una conflagración bélica o a crear una nueva Guerra Fría

En política exterior asumió una actitud arrogante en la negociación de las diferencias comerciales. Declaró una cuasi guerra comercial y financiera a Estados Unidos, cuando este país reclamó corregir el desbalance comercial. Al aumento de las tarifas aduaneras para los productos chinos, Xi respondió con una devaluación de la moneda y la venta masiva de los bonos norteamericanos. Cuando Australia pidió una investigación sobre el origen del coronavirus, Xi suspendió la compra de carne y vinos australianos.

En política interior, Xi ordenó auditorías y regulaciones a todas las grandes empresas privadas. Primero, ordenó la creación de una comisión del Partido Comunista en toda empresa privada con más de 50 empleados, y el nombramiento de un representante del Partido en la junta de todas las grandes compañías privadas.

Varios multimillonarios han visto sus empresas sometidas a un severo escrutinio. La primera víctima fue Alibaba, que se vio forzada a "reducir" su tamaño y sufrió una fortísima caída en el valor de sus acciones. Algunos empresarios, con menos suerte, han terminado en la prisión. La "guerra" de Xi Jinping contra las grandes empresas privadas refleja el camino de regreso al maoísmo y al control absoluto del Estado sobre la economía.

En resumen, la buena voluntad con que el mundo estaba percibiendo a China, ha terminado. Xi Jinping parece decidido a llevar su país a una conflagración bélica o a crear una nueva Guerra Fría, con todas sus implicaciones negativas. El mayor perjudicado con el nuevo rumbo político es el pueblo chino. Su dirigencia ya debe estar preguntándose si Xi Jinping es el líder que China necesita, luego de los avances que vivió en los últimos 35 años.

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Nota de la Redacción: El autor es analista político y ex preso político en Cuba

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