El resultado del referendo, ¿revés o victoria?

Con una poca afluencia de votantes abrieron los colegios este domingo. (14ymedio)
Con la frente muy en alto reconozcamos que no logramos lo que nos propusimos, que el Sí ganó ampliamente. (14ymedio)

A pesar de las dudas que generan los datos ofrecidos por la Comisión Electoral Nacional, que incluyen significativos cambios en el censo o irregularidades detectadas y divulgadas por la prensa independiente, es posible reconocer que el Sí pasó de los 6 millones y rondaría entre un 67% y un 70% de los electores con derecho al voto el porcentaje de quienes validaron la nueva Constitución.

Así que sin lugar a dudas el Sí no solo ganó, sino que lo hizo por un amplio margen. ¿Por qué sucedió esto?

Aparte de los motivos obvios, como la imposibilidad de que quienes propugnábamos el No hiciéramos llegar con nuestras razones a la población mientras el régimen tenía todos los medios para hacerlo con su discurso -manipulaciones y medias verdades incluidas- considero que hay dos causas que contribuyeron en gran medida al resultado.

Para los votantes isleños lo que sucedió es que podían decir Sí a una Constitución que percibieron más liberal y que ampliaba el rango de sus derechos

En primer lugar, que los electores no vieron el referendo como nosotros. Para muchos de ellos esta no era la oportunidad de decir Sí, o No, al régimen. Para los votantes isleños lo que sucedió es que podían decir Sí a una Constitución que percibieron más liberal y que ampliaba el rango de sus derechos. Debe de reconocerse que la nueva Carta Magna da un poco más de aire a quienes pretendemos abrir, poco a poco, mayores espacios de libertad en Cuba, pero no importa tanto si, en definitiva, es así o no, sino cómo lo percibieron nuestros vecinos.

En segundo lugar, la amenaza de intervención en Venezuela solo sirvió a muchos cubanos para reactivar los sentimientos antimperialistas que durante tanto tiempo han formado parte de su imaginario. De este modo se ha podido aglutinar a un número considerable de electores, probablemente mayores de 30, en torno a un régimen que comprendió que debía recuperar este tipo de discurso. A esto se suma el daño que ya había causado un mes antes el despropósito (o jugada segurosa) de amenazar con recrudecer el embargo.

Para muchos cubanos, la caída de Venezuela no significa necesariamente la caída del Gobierno de La Habana, sino solo un empeoramiento de su día a día. Por eso, no pocos de aquella mayoría inmensa de pesimistas que sostienen que "esto no se cae" interpretaron que había que demostrar el apoyo al régimen, que así a su vez se apuntalaba la teta venezolana de la que mamamos.

De todo esto podemos extraer dos conclusiones.

La primera, que la penetración de internet no es tan amplia como pensábamos, o, más claro, que los precios y los contados minutos de conexión no permiten a la mayoría usar internet para informarse y modelar su posición política, sino solo como un medio de sobrevivencia, ya sea para pedir remesas, gestionar su salida de la Isla, o buscar una pareja en el extranjero que le haga soportable la existencia en Cuba.

El discurso opositor sigue sin llegar al cubano de la Isla. Como ya dije en El nudo marciano de la oposición y el exilio, los cubanos de la Isla somos una especie de extraterrestres para el resto

La segunda, que el discurso opositor sigue sin llegar al cubano de la Isla. Como ya dije en El nudo marciano de la oposición y el exilio, los cubanos de la Isla somos una especie de extraterrestres para el resto. Vivimos en una sociedad y con una interpretación de la existencia que resultan ajenas, incomprensibles, para los demás mortales a excepción de los norcoreanos.

Esta visión también funciona al revés. Los cubanos de la Isla, encerrados en la burbuja castrista, tampoco entendemos los discursos de fuera. Por eso, cuando alguno de nosotros abandona esa burbuja, ya sea al emigrar o convertirse en opositor, rompe con ella y trata de olvidarla por completo, como normalmente sucede con todo el que escapa de semejantes enclaustramientos. Pierde también la posibilidad de entender, o hacerse entender, a quienes han quedado atrás.

Esta es una explicación para que tengamos una oposición que habla un lenguaje comprensible para el americano, el español, el mexicano o el peruano; pero que el isleño solo interpreta porque no conoce el contenidos del mensaje.

Debemos superar la pereza mental, el vedetismo político (que también lo hay, y mucho) y hasta el miedo a revisitar nuestras creencias y sentimientos de cuando habitábamos dentro de la burbuja, algo que evitamos por miedo a que nos absorban de nuevo al interior.

Debemos elaborar un discurso propio, desde nuestra excepcional circunstancia, plenamente comprensible para esos vecinos que ahora llamamos tracatanes, carneros y otras lindezas.

Debemos tener propuestas concretas, que no queden solo en el aire esperando que cuando San Mercado y San Tío Sam lleguen la felicidad y la abundancia ipso facto harán presencia.

Debemos tener propuestas concretas, que no queden solo en el aire esperando que cuando San Mercado y San Tío Sam lleguen la felicidad y la abundancia ipso facto harán presencia

Si no hacemos todo esto seguiremos tan aislados de esos vecinos cuyos intereses en algún momento nos proponemos representar como lo hemos estado hasta ahora, y como el Sí rotundo a la Carta Magna demuestra que lo estamos, porque aunque aceptemos que el Sí no fue para el Gobierno, sí fue una rotunda demostración de la irrelevancia de nuestro discurso y propuestas (si es que las hay) para la absoluta mayoría de los isleños.

¿Qué podemos hacer después de lo ocurrido?

En primer lugar no dejarse dominar por el desaliento, y mucho menos por el histerismo, que no conduce a nada positivo.

Con la frente muy en alto reconozcamos que no logramos lo que nos propusimos, que el Sí ganó ampliamente. Porque negarlo ante una población que sabe muy bien que votó afirmativamente solo servirá, en el menor de los casos, para alejarnos de ella. Entendamos que el triunfo del Sí no es a largo plazo un triunfo del régimen, sino que la ciudadanía prefirió decir Sí a los cambios que puede obtener sin peligro, dadas las adversas circunstancias.

El referendo dio oportunidad de comprobar la existencia de un amplio sector de la población, por lo general la más educada y cosmopolita, que desea más de lo que ofreció el régimen; es decir, hay una voluntad de moverse y ver cambios, lo que, a la larga, es fatal para el inmovilismo canelista, que no podrá seguirle el paso sin romper en algún momento con la continuidad que dice respetar.

Lo que se impone es por tanto alimentar esa dinámica.

Hay que volcarse hacia la denuncia de las características de la actual Ley Electoral y pedir que todos los cubanos puedan votar, independientemente de dónde vivan

Hay que volcarse hacia la denuncia de las características de la actual Ley Electoral y pedir que todos los cubanos puedan votar, independientemente de dónde vivan. También hay que exigir que la nueva Ley sea discutida y sometida a referendo. El principal argumento debe de ampararse en las palabras de Raúl Castro, que afirmó que en Cuba ninguna decisión importante debía de dejar de ser consultada al pueblo.

Si alguien esperó que el castrismo fuera a caer este 25 de febrero ya antes le habíamos advertido de que no sucedería tal cosa.

Sigamos horadando la piedra. Dejemos de pensar y actuar tanto para el público de afuera, para ganarnos una intervención que no vendrá (miren para Venezuela) y comencemos a madurar un discurso para la Isla. Para los marcianos atrapados en ella.

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