Cubanos somos todos

Algunos aún recordamos cómo muchas de nuestras abuelas buscaron un rincón menos visible para sus adoradas vírgenes, escondieron guirnaldas u omitieron valiosos consejos. (14ymedio)
Algunos aún recordamos cómo muchas de nuestras abuelas buscaron un rincón menos visible para sus adoradas vírgenes, escondieron guirnaldas u omitieron valiosos consejos. (14ymedio)

Quizás algunos ganamos derechos en países adoptivos, pero en nuestra patria, la que nos importa, tenemos pocos derechos. Tanto los cubanos de dentro como los cubanos de fuera vivimos, de una forma u otra, atados al mismo puño.

Tanto unos como otros heredamos tradiciones silenciadas. Algunos aún recordamos cómo muchas de nuestras abuelas buscaron un rincón menos visible para sus adoradas vírgenes, escondieron guirnaldas u omitieron valiosos consejos. Las tradiciones se convirtieron en prácticas mutiladas, y así pasaron deformadas de padres a hijos a nietos. Hoy todos pagamos por ello.

Nos inocularon durante décadas el miedo a ser honestos. El rechazo a lo diferente se calzó con amenazas o apologías en defensa de algo quebrado, y así se alzaron muchos brazos unánimemente, sin cuestionamientos. El miedo se quedó impregnado en muchos, de una forma tan visceral que escapó escondido en algunos cuerpos exiliados para seguir viviendo a miles de kilómetros de distancia.

Tanto en la distancia egoísta de unos como en la cercanía deshabitada de otros, permitimos que les robaran las estrellas a nuestros hijos

Nos aguaron nuestra sangre cubana. Y no es que queramos menos a Cuba, no, ese sentimiento sigue ahí, invariable. Es una cuestión de la esencia de nuestra voluntad, que fue sometida a una transfusión lenta que ha drenado hasta la sonrisa del cubano. Y los causantes del agravio siguen controlando y moviendo los hilos de nuestros deseos, no importa cuán lejos vayamos.

Cuánta culpa hay en nuestro silencio. Tanto en la distancia egoísta de unos como en la cercanía deshabitada de otros, permitimos que les robaran las estrellas a nuestros hijos. Algunos de ellos quizás ahora hablen un idioma distinto al de sus abuelos o conozcan un poco más o un poco menos sobre la estrella solitaria, pero son legítimamente cubanos, todos.

Cubanos somos todos, sí, aunque hayan intentado separarnos. No se dan cuenta de que eso no es posible. Estamos unidos por los mismos recuerdos y carencias vividas, por el dolor de los que perdimos en el mar, por las tristes historias de los hermanos que nunca más se pudieron abrazar, por las madres que han tenido que soltar la mano de sus hijos con una sonrisa en el rostro y un hueco en el corazón, por la misma fobia a las despedidas y por las mismas ansias de ver a Cuba, impostergablemente, libre.

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