Cinco años de una respuesta equivocada
11J
El éxodo, la inflación, los apagones y la represión dibujan el costo de haber respondido al 11J con la "orden de combate"
La Habana/Hay preguntas que no envejecen. Al contrario, el tiempo las afila. Cinco años después de las protestas del 11 de julio de 2021, me cuestiono sobre qué país tendríamos hoy si el poder hubiera escuchado a quienes gritaban "libertad", "queremos un cambio" o "Patria y Vida" durante aquella jornada a lo largo de esta Isla.
Nunca sabremos esa respuesta. Pero sí conocemos el camino que se eligió.
Se optó por la represión. Se eligió convertir una demanda ciudadana en un expediente policial. Se eligió responder con la frase que ya ocupa un lugar oscuro en nuestra historia contemporánea: "La orden de combate está dada", dicha ante las cámaras de la televisión nacional por Miguel Díaz-Canel. Se eligió encarcelar, golpear, vigilar, expulsar y sembrar miedo donde había una oportunidad de diálogo.
Los gobiernos, como las personas, terminan pareciéndose a las decisiones que toman en los momentos decisivos. Y aquel julio fue uno de esos momentos.
Miles de cubanos descubrieron, al mismo tiempo y en decenas de ciudades, que no estaban solos en su inconformidad. Sin embargo, el precio ha sido enorme
Aquel día no cayó un sistema político, pero sí se rompió un hechizo. Miles de cubanos descubrieron, al mismo tiempo y en decenas de ciudades, que no estaban solos en su inconformidad. Sin embargo, el precio ha sido enorme.
En estos cinco años Cuba ha perdido a más de un millón de habitantes por la emigración, según estimaciones de expertos independientes. Las propias autoridades reconocen una drástica caída demográfica. Los jóvenes se están marchando a raudales, las familias se fracturan y los vecinos aprenden a despedirse a una velocidad que recuerda los tiempos de guerra.
El peso cubano dejó de ser una moneda para convertirse en un símbolo de la desconfianza. La inflación devoró salarios, pensiones y ahorros. Los apagones pasaron de ser una molestia a convertirse en el reloj que organiza la vida cotidiana. Hospitales, escuelas, fábricas y hogares empezaron a funcionar alrededor de las horas de electricidad disponibles, como si el siglo XXI hubiera decidido retroceder varias décadas.
A la vez, las cazuelas volvieron a sonar en las noches oscuras. Ya no únicamente para reclamar comida o corriente, sino para recordar que el descontento sigue vivo aunque las calles estén más vigiladas y las cárceles repletas.
Entonces vuelvo a la pregunta inicial.
¿Habríamos llegado a este mismo lugar si en vez de movilizar tropas se hubiera convocado a un diálogo nacional?
¿Habríamos llegado a este mismo lugar si en vez de movilizar tropas se hubiera convocado a un diálogo nacional? ¿Si el régimen hubiera entendido que un ciudadano que protesta no es necesariamente un enemigo? ¿Si hubiera aceptado que gobernar también consiste en escuchar?
No tengo manera de demostrar que hoy viviríamos en un país mejor. La historia nunca ofrece experimentos paralelos. Lo que sí sabemos es el resultado de la decisión que se tomó. Ese experimento ya fue realizado. Se llama Cuba, año 2026. Basta recorrer cualquier calle cubana para encontrar edificios casi vacíos porque sus habitantes emigraron, comercios donde los precios cambian varias veces por semana, ancianos comiendo de la basura y jóvenes cuya principal ilusión consiste en marcharse.
Cinco años después, el mayor fracaso del poder no es solo haber reprimido una protesta de aquella envergadura. Es haber desperdiciado la última gran oportunidad de reconciliarse con su propio país. El resultado está delante de nosotros: un país más triste, más pobre, más envejecido y más roto que el que salió a las calles aquel 11 de julio.