Cuba y la hora de quitarse las máscaras
La desproporción numérica entre quienes se aferran al actual modelo y los que quieren una apertura política es apabullantemente favorable a estos últimos
La Habana/A mi lado, en el taxi colectivo, un joven escucha un video de YouTube, a todo volumen y en su móvil. El material describe con dureza a Alejandro Castro Espín, menciona varias veces la palabra "dictadura" y denuncia la represión del régimen cubano. Nadie se inmuta. Nadie le sale al paso para que apague el dispositivo. Nadie lo enfrenta ideológicamente. Unos minutos después, en una larga cola frente a una oficina del monopolio Etecsa, una mujer escucha un tema de Los Aldeanos que le cantan las cuarenta al castrismo. Los empleados estatales ni se turban y en la fila hay hasta quien repite el estribillo.
Cuando regreso a casa, un vecino que por años ha sido un evidente informante de la policía política se acerca para decirme que "algo tiene que pasar, porque esto no puede seguir así". Por la escalera hacia el piso 14, sin electricidad y con los ascensores apagados, otra vecina bromea con que el personaje ficticio de Cuco Mendieta, un cubano supuestamente miembro de la Delta Force estadounidense que participó en la captura de Nicolás Maduro, está a punto de llegar a La Habana en una misión muy similar a aquella de Caracas. Nos reímos y la subida se hace más ligera.
Nunca como ahora se ha criticado tan abiertamente al oficialismo cubano. No recuerdo un solo momento de nuestra historia reciente en que las críticas al Partido Comunista estuvieran tan extendidas, tuvieran un tono tan corrosivo y se dijeran en voz tan alta. Gusanear, ese verbo tomado de los insultos oficiales, es la práctica diaria de millones de personas en esta Isla. Se gusanea en las paradas de guagua, en los centros de trabajo y en la cola para depositar unos dólares en esa tarjeta Clásica que permite comprar la poca gasolina que queda en el país. Se gusanea en la bodega del racionamiento, en las reuniones de las escuelas donde anuncian la suspensión de las clases presenciales y en el andén de la terminal de ómnibus vacío de vehículos y de esperanza.
'Gusanear', ese verbo tomado de los insultos oficiales, es la práctica diaria de millones de personas en esta Isla
Los defensores del sistema están en absoluta desventaja en Cuba. De aquel ímpetu ideológico que mostraban antaño no queda nada. Muchos están callados, oteando en el horizonte el cambio que irremediablemente se acerca, y otros se han pasado al bando de los críticos a una velocidad que sorprende. Las máscaras se caen, las medallas se esconden y palmear la espalda del opositor del barrio es una forma de dejar clara la posición de cada uno. La desproporción numérica entre quienes se aferran al actual modelo y los que quieren una apertura política es apabullantemente favorable a estos últimos. Al fin somos mayoría y "ellos" lo saben.
Ante este panorama, Miguel Díaz-Canel debería pensárselo mejor para pedir sacrificios y hacer llamados a la "resistencia creativa". Su capacidad de convocatoria está en mínimos, el Partido que dirige vive horas de escasísimos apoyos y los que hasta ayer se preparaban para la trinchera ya no van a responder al llamado de inmolarse. No solo el miedo ha cambiado de bando, dada la exigua tropa del régimen, sino que la esperanza de que este momento tan difícil dará paso a "una Cuba libre" se ha instalado en el imaginario colectivo. "Falta poco", me dice otra vecina desde su balcón. "De esta sí salimos de ellos", agrega antes de tender la sábana que ha lavado a mano, en medio del apagón.