Generación Y
La frontera está en los bajos de mi edificio
Generación Y
La Habana/Este martes mi casa sigue siendo mi casa, pero la frontera de mi hogar se ha desplazado hasta los bajos del edificio.
Miguel Díaz-Canel participó en un acto oficial cerca de aquí y, como tantas veces ocurre cuando algún alto cargo se mueve por esta parte de La Habana, el barrio cambia de fisonomía. Aparecen rostros desconocidos, policías, agentes vestidos de civil, personas que llevan horas en el mismo sitio sin hacer nada que un vecino reconocería como normal. Algunos vigilan la calle; otros, la entrada de las escaleras.
Podría contar este día como una denuncia de vigilancia policial, pero sería narrar apenas la mitad. La otra mitad es más mundana y, quizás por eso, explica mejor lo que significa estar encerrada.
Vivir en la Cuba de hoy obliga a mantener una relación muy estrecha con la calle. No se hace una compra semanal y se guarda todo ordenadamente en la despensa. Se sale porque apareció el pan, porque alguien avisó que están vendiendo huevos más baratos en la esquina, porque hay que buscar una medicina, recargar el teléfono, resolver un papel, preguntar por algo que ayer no estaba y quizás mañana tampoco. La vida cotidiana es una sucesión de pequeñas expediciones al afuera.
Impedirle a alguien salir de casa no consiste únicamente en quitarle unas horas de libertad. Es alterar una logística doméstica pegada con saliva
Por eso impedirle a alguien salir de casa no consiste únicamente en quitarle unas horas de libertad. Es alterar una logística doméstica pegada con saliva. Lo que en otro país podría aplazarse para mañana, aquí puede dejar de estar disponible en un pestañazo.
Hay una dimensión minúscula del control que apenas se asoma en los grandes discursos sobre derechos, represión o autoritarismo. Es algo mucho más sencillo. Hoy alguien decidió que no puedo salir a comprar un aguacate.
Y el aguacate, de pronto, adquiere una inesperada dimensión política.
También el detergente que había que buscar, la visita pendiente, el perro que necesita caminar, la conversación que solo podía ocurrir frente a frente. El poder entra así en la vida no siempre con un golpe espectacular, sino trastocando una lista de compras, aplazando abrazos y reduciendo el contenido del plato.
Si tuviera un turno médico, de esos que pueden tardar meses en conseguirse, tendría que escoger entre perderlo o intentar explicar a un agente de la policía política que mi cuerpo también tiene su propia agenda. Si hoy venciera el plazo de un trámite, me quedaría mirando desde el balcón cómo pasan las horas mientras una oficina, a pocas cuadras, abre, atiende y finalmente cierra.
Tampoco podría llevar a reparar un ventilador imprescindible para dormir durante los apagones o acudir a una cita con alguien que quizás cruzó media ciudad para verme. Ni siquiera bajar la basura cuando corresponde. En Cuba, donde casi nada puede resolverse con una llamada, un clic o una entrega a domicilio, estar físicamente en un lugar sigue siendo un requisito indispensable para sobrevivir a la burocracia y al desabastecimiento.
Todo porque, a unos metros de aquí, alguien importante necesitó pasar. Para garantizar el movimiento de uno se inmoviliza a otros. La caravana gubernamental avanza por una calle despejada; pero detrás de algunas puertas, la vida queda en pausa.
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