El reloj que solo funciona cuando no hay corriente

Generación Y

En Cuba, los apagones han convertido a los vecinos en expertos en contar las horas de oscuridad

Vista de la ciudad a oscuras desde la Redacción de 14ymedio, durante el apagón de este fin de semana, que se prolongó durante 37 horas y 19 minutos.
Vista de la ciudad a oscuras desde la Redacción de '14ymedio', durante el apagón de este fin de semana, que se prolongó durante 37 horas y 19 minutos. / 14ymedio

La Habana/Durante ese tiempo, esta zona de edificios altos quedó suspendida en una especie de paréntesis. El sábado dejó de ser sábado y se convirtió en “el día entero sin corriente”. El domingo comenzó siendo “la segunda madrugada sin luz” y terminó, por fin, con el regreso de la electricidad.

Lo triste es que hemos aprendido a medir la ausencia de corriente con una precisión que no aplicamos a casi ninguna otra cosa. No sabemos cuántas horas perdemos esperando una guagua, cuánto tiempo hemos dedicado a buscar medicamentos o cuántos días de nuestra vida se han ido haciendo colas. Pero podemos decir, sin vacilar, que llevamos 18 horas y 43 minutos sin servicio eléctrico.

Hemos desarrollado también una extraña jerarquía del sufrimiento. Quien lleva 12 horas sin electricidad escucha con cierta vergüenza al que acumula 24. El que ha pasado 30 parece tener derecho a interrumpir cualquier conversación. Y siempre aparece alguien, desde otra provincia, como Matanzas, dispuesto a recordarnos que lo nuestro todavía no es nada, porque ellos llevan más de 70.

Cada actividad depende de una autorización intangible que se concede cuando llega la corriente y se revoca con su próxima desaparición

La electricidad termina ocupando más espacio en nuestra cabeza cuando falta que cuando está presente. Además, el apagón nos roba la posibilidad de improvisar. Ya no podemos decidir libremente cuándo leer, cocinar, trabajar o simplemente no hacer nada. Cada actividad depende de una autorización intangible que se concede cuando llega la corriente y se revoca con su próxima desaparición.

Por eso, esta madrugada, cuando finalmente volvió la luz, no sentí exactamente alivio, sino urgencia. Tenía que cargar las baterías, lavar, adelantar todo lo que necesitara energía, aprovechar cada vatio y prever el próximo apagón. Miré el reloj que solo mis vecinos y yo podíamos ver: habían pasado 37 horas y 19 minutos.

Me preparé para empezar a contar otra vez.

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