Generación Y
Vivir en porciones pequeñas
Generación Y
La Habana/"¿Me puede vender solo una libra de pollo?", pregunta en tono suplicante una mujer que ha entrado a uno de los tantos comercios particulares de la calle Monte en La Habana. Pero el ruego se estrella contra una pared: "Solo el paquete entero", advierte tajante la empleada. En una ciudad donde las horas con electricidad son cada vez más escasas, llevar a casa varios kilogramos de un alimento que necesita refrigeración es como dispararse en un pie.
Pero las pequeñas promociones no solo se imponen en el plato y en las neveras, nuestra vida también se proyecta en tonos reducidos. Me topo con un viejo conocido que debe emprender una reparación para poder volver a usar la ducha de su baño. "¿Para qué si uno no sabe si va a haber agua ni siquiera si, en un par de semanas, todavía tendremos un país?", se pregunta, en medio de su parálisis. Los pronósticos se han vuelto tan difíciles, que es mejor solo planificar para unas horas; para mañana, si acaso.
Vivimos en un presente tan estrecho que cualquier plan a mediano plazo parece una extravagancia
Hay una palabra que se ha vuelto demasiado grande para nuestra realidad: futuro. Antes cabía en ella la compra de un refrigerador, el arreglo de una habitación o las vacaciones de agosto. Ahora apenas alcanza para decidir si vale la pena descongelar un paquete de salchichas o reservar la poca batería del teléfono para una llamada importante. Vivimos en un presente tan estrecho que cualquier plan a mediano plazo parece una extravagancia.
La incertidumbre ha terminado por colonizarlo todo. Amigos que aplazan una boda, padres que no saben si matricular a sus hijos en una actividad extracurricular, ancianos que dejan pasar otra consulta médica porque ignoran si ese día habrá transporte o electricidad. Todo se ha vuelto provisional. La sensación de que cualquier decisión puede quedar anulada por un apagón, una avería o una nueva crisis convierte la rutina en una especie de campamento improvisado.
Quizás el daño más profundo no sea la carne que se echa a perder, el agua que no llega o la ducha que mi amigo no repara. Tal vez sea haber aprendido a vivir sin proyectos. Una nación que deja de imaginar el próximo mes, el próximo año o la próxima década es una nación que se encoge cada día. Y cuando hasta la esperanza tiene que administrarse en porciones pequeñas, como ese paquete de pollo que no se podía vender por libras, la verdadera escasez ya no está en los mercados, sino en los sueños.
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