Cuestión de pertenencia

Yoani Sánchez

12 de octubre 2011 - 08:00

Una mujer, dueña de una recién inaugurada cafetería, responde a las inquisitivas preguntas de una periodista acerca del uso del espacio público. En la noche, sus declaraciones saldrán junto a otras tantas en un extenso reportaje televisivo sobre la invasión de las áreas comunes por los nuevos negocios privados. El tema genera bastante polémica. De un lado, están quienes han gastado recursos propios en construir un mostrador o en ampliarse para asumir más clientes y ahora les llega una orden de demolición por haberse extendido hacia zonas que no les pertenecen. Del otro, nos encontramos muchos transeúntes que vemos cómo ciertos portales y vías pierden espacio ante el avance constructivo que llega desde el interior de las casas. Pero llama la atención que la penalización a esa intromisión urbanística no se aplica con la misma severidad para todos. El estado parece tener vía libre –literalmente– para invadir lugares, lanzar a los peatones a caminar por las calles o construir las mayores atrocidades sin rendir cuentas a los habitantes del lugar.

En la barriada donde vivo, por ejemplo, levantaron a una inusitada velocidad un hotel que ocupa toda una manzana. En un principio, estaba pensado para albergar en él a los pacientes de la llamada Operación Milagro, pero desde hace casi un año tuvo que empezar a regirse por la ley de la oferta y la demanda y abrir sus puertas al público. Dicha institución se robó –sin consentimiento de ningún vecino– parte de la acera de la calle Hidalgo. En el lugar donde antes había un margen para que los paseantes camináramos sin el peligro de los autos, el enorme edificio tiene ahora su área de despacho de camiones, una fea rampa en la que nunca se ve ningún vehículo descargando mercancías.

El daño parece ser irreversible en este caso, pues a diferencia de las improvisadas construcciones individuales, aquí estamos hablando de una mole de concreto a la que no hay quien pueda recortarle un pedazo. La gente de a pie, muchos de los caminantes que salían del mercado y tomaban el otrora sendero protegido de algarrobos, siente que no vale la pena ni quejarse. “Es del Estado y ya sabes…” me aclaran cuando trato de convocar voluntades para protestar. Y lo más triste es que tienen razón. Ni siquiera la incisiva reportera, que en el noticiero estelar critica el expansionismo de ciertos negocios por cuenta propia, hará una crónica sobre este trozo de ciudad que nos han arrebatado.

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