La chusmería desatada en la ONU

Al principio puede ser hasta simpático: una colega del aula de primaria que manotea al aire mientras grita. Después llega la grosería en el rictus que hace con la boca la dependienta antes de espetar: "¿Chica, pero por qué tú cogiste eso del estante si todavía no le hemos puesto el precio?" O los militares que hacen prácticas en la Avenida de la Independencia coreando un lema que termina en la frase "y nos roncan los cojones".

Así, varias generaciones de cubanos hemos crecido con la idea de que gritar, decir malas palabras, injuriar al otro, poner nombretes de burla y no dejar hablar al prójimo nos hace parecer valientes, superiores o "machos". A eso ha contribuido, sin dudas, lo que puede llamarse la "chusmería revolucionaria", esa desfachatez en el uso del lenguaje y las maneras que tenía que hacernos ver más proletarios, más humildes.

Dentro de ese código de la moral socialista y chancletera cubana está aceptado y bien visto usar las cuerdas vocales a todo volumen para imponerse en una discusión. Si además el que más vocifera intercala algunas palabrotas relacionadas con los órganos sexuales masculinos, será aplaudido como el ganador del debate y se le rendirá pleitesía por ser un verdadero cubanazo.

Sin embargo, relacionar vulgaridad con humildad es uno de los grandes errores que nos ha inculcado este sistema. Mi abuela vivió toda su vida en un solar de Cayo Hueso, Centro Habana, y no recuerdo haberle escuchado una mala palabra. Conozco miles de ejemplos de personas que comen una sola vez al día y le siguen repitiendo a sus hijos aquellas máximas de "pobres pero honrados", "pobres pero limpios", "pobres pero decentes".

En varias ocasiones he tenido que ver el triste espectáculo de los actos de repudio en mi contra, donde ha primado esa práctica del alarido para que no me exprese, con los gestos descompuestos y las groserías

En varias ocasiones he tenido que ver el triste espectáculo de los actos de repudio en mi contra, donde ha primado esa práctica del alarido para que no me exprese, con los gestos descompuestos y las groserías. Vivirla como individuo es una cosa que cada cual maneja a su manera (yo me he reído bastante de ellos, lo confieso), pero otra es ver el nombre del país donde se vive asociado a tan bajas maneras.

El lamentable espectáculo que ha dado la delegación cubana en las Naciones Unidas no deja de provocarme pena ajena. Ya sé que ellos no representan a todos los cubanos, ni siquiera a la mayoría, pero no puedo dejar de pensar que para los presentes en esa sala y para todos los que escucharon los gritos y vieron los golpes sobre las mesas o las bocas distorsionadas por la ira de esa tropa de choque, eso es "Cuba".

Quiero pedir disculpas en nombre de ellos, aunque no tenga un ápice de responsabilidad con lo ocurrido y desapruebe esas prácticas y al Gobierno que las impulsa. No obstante, tengo que pedir disculpas porque hemos permitido que esta Isla siga en manos de gente que no tiene la altura moral ni la decencia para representarnos.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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