La vuelta a la escuela en Cuba y el regreso a la máscara

Reinicio del curso escolar en primaria en Granma. (Facebook)
Reinicio del curso escolar en primaria en Granma, el pasado noviembre. (Facebook)

La madre de Ana Laura fue citada por el profesor para quejarse por el comportamiento de la hija. La adolescente de 14 años ha regresado a su aula en La Habana tras más de un año sin clases y ahora siente que no cabe en el pupitre, no presta atención a los contenidos y tampoco quiere tomar notas. "Más de la mitad de su grado está en el mismo caso", lamenta el maestro. El retorno a la escuela es un reto a nivel mundial, pero la situación se agrava en Cuba, donde los excesos de adoctrinamiento ideológico contribuyen al rechazo escolar.

Al inicio del confinamiento, las autoridades educativas de la Isla creyeron que bastaría con impartir la asignatura a distancia, colocar a un maestro frente a la cámara o enviar tareas a través de la mensajería instantánea. Pero los meses sin matutinos inflamados de consignas políticas le pasaron factura a la ascendencia que el régimen cubano tenía sobre los niños y jóvenes. Por mucho tiempo, esos alumnos no tuvieron que asistir a locales donde la pizarra alterna con fotos de los líderes partidistas y tampoco a los actos de "reafirmación revolucionaria" en los que frecuentemente se involucra a los estudiantes.

No en balde las históricas protestas ocurridas el pasado 11 de julio tuvieron lugar cuando las escuelas llevaban cerradas casi más de un año. Como si el hechizo se hubiera desvanecido después de no haber podido repetir las palabras que provocaban ese estado de sumisa aceptación, los jóvenes despertaron cívicamente. Entre los más de 1.000 presos políticos de aquella jornada, una buena parte son menores de 20 años, muchos apenas superan los 16, considerada la mayoría de edad en Cuba.

Volver a meter a estos niños y adolescentes en el molde del adoctrinamiento es tan imposible como calzar el diminuto zapato de cristal a una de las hermanas de Cenicienta

Para los que no terminaron tras las rejas por manifestarse en las calles, la vuelta al colegio está teniendo un sabor amargo. Hay colegas que faltan en las aulas y por todas partes escuchan las historias de juicios sumarios y tribunales donde piden penas de hasta más de diez años por ejercer el derecho a la protesta. Pero también los que están regresando al sistema de educación no son los mismos que en la primavera de 2020 dejaron de ir a clases cuando los números de infectados por covid-19 comenzaron a aumentar. Han cambiado y mucho.

Volver a meter a estos niños y adolescentes en el molde del adoctrinamiento es tan imposible como calzar el diminuto zapato de cristal a una de las hermanas de Cenicienta. No caben ya en la prisión ideológica de una escuela, aunque el encierro del "quédate en casa" los haya hecho extrañar los exámenes, suspirar ante una libreta y hasta idealizar las clases llenas de fórmulas matemáticas o de oraciones compuestas. Están hartos del culto a la personalidad, los lemas de encendida retórica y de la doble moral que todo eso provoca.

Cuando el maestro de Ana Laura lamenta que ella no se muestra interesada por las asignaturas, cree que es la rebeldía de la edad o de la falta de práctica docente. Pero va más allá: en este último año la adolescente aprendió a vivir sin esa férrea máscara que ya no quiere volver a ponerse.

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Nota de la Redacción: Este texto se publicó originalmente en Deutsche Welle en español.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []