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El agua también se apaga en Sancti Spíritus
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Sancti Spíritus/La fila no es para comprar pollo, pan ni gasolina. A plena mañana, una decena de personas esperan con pomos, tanques plásticos, cubos y hasta una carretilla frente a una vivienda particular donde se vende agua de pozo. Entre las motocicletas estacionadas y una silla de ruedas apoyada en la acera, cada recipiente parece contar una historia distinta, pero todos comparten la misma urgencia: llevar agua a la casa antes de que vuelva a irse la corriente.
En Sancti Spíritus, donde los apagones ya sobrepasan con frecuencia las 40 horas seguidas, el acceso al agua potable se ha convertido en una carrera de obstáculos. Sin electricidad, las estaciones de bombeo reducen o interrumpen el suministro y muchos edificios apenas reciben un hilo turbio que no alcanza para llenar los tanques de las azoteas. En otros barrios, el líquido llega con un color amarillento o cargado de sedimentos, suficiente para limpiar el piso, pero no para cocinar o beber con tranquilidad.
Por eso los pozos privados viven un auge que pocos habrían imaginado hace unos años. Casas que antes abastecían únicamente a la familia hoy reciben un desfile constante de vecinos. Algunos llegan en bicicleta, otros en motorinas y no faltan quienes empujan una carretilla con varios bidones para aprovechar el viaje. El agua, que durante décadas fue un servicio casi invisible, ahora tiene precio, horario y, sobre todo, incertidumbre.
La planificación doméstica depende de encontrar un lugar donde llenar un par de pomos antes de que la ciudad vuelva a apagarse
Porque ni siquiera estos negocios escapan a la crisis energética. En otra esquina de la ciudad, un cartel colgado en la reja resume el problema con pocas palabras: “Cerrado. Por favor, fuera de horario no molestar”. La bomba permanece inmóvil junto al portal de la vivienda, incapaz de extraer una sola gota del subsuelo mientras no regrese la electricidad.
La paradoja desespera a los clientes. Van en busca de una alternativa al deficiente servicio estatal y terminan tropezando con el mismo enemigo que vacía los refrigeradores, paraliza los comercios y deja las noches a oscuras. Sin corriente no hay bombeo, y sin bombeo tampoco hay negocio. Algunos propietarios han optado por anunciar los horarios en que esperan tener electricidad; otros simplemente abren cuando pueden y cierran cuando el apagón les corta el trabajo.
Mientras tanto, los espirituanos aprenden una nueva rutina. Antes de salir de casa revisan si hay corriente en el barrio donde venden agua, preguntan por teléfono si el pozo está funcionando o se enteran por el boca a boca. La planificación doméstica ya no gira solo alrededor del pan normado o del gas licuado: ahora también depende de encontrar un lugar donde llenar un par de pomos antes de que la ciudad vuelva a apagarse.
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