El "cubano de la bandera" sobrevive en las calles de Tampa y sin resolver su petición de asilo

Un año después de llegar a EE UU, Daniel Llorente duerme en un auto y su salario de pintor no siempre le alcanza para comer

Llorente y su hijo cruzaron hacia EE UU por la ciudad mexicana de Nuevo Laredo. (14ymedio)
Llorente y su hijo cruzaron hacia EE UU por la ciudad mexicana de Nuevo Laredo. (14ymedio)
14ymedio

08 de junio 2022 - 14:44

Madrid/Ha pasado un año desde que llegó a Estados Unidos Daniel Llorente, más conocido como "el hombre de la bandera" tras irrumpir en la Plaza de la Revolución durante el desfile del Primero de Mayo de 2017 con la enseña de las 52 estrellas al grito de "libertad". La suerte no lo ha acompañado desde entonces y sobrevive a duras penas en Tampa (Florida), aunque no puede ocultar cierta satisfacción en medio de la adversidad.

"Me levanto todos los días a las 5, leo la Biblia, tomo una taza de café y estoy listo para trabajar en cualquier lugar. Esa libertad no tiene precio", ha contado al diario Tampa Bay Times.

"Me levanto todos los días a las 5, leo la Biblia, tomo una taza de café y estoy listo para trabajar en cualquier lugar. Esa libertad no tiene precio"

Llorente, de 58 años, llegó con su hijo, Eliezer, a EE UU en junio de 2021, después de una larga y complicada travesía, como miles de cubanos. Tras su irrupción en la marcha del Día de los Trabajadores, el activista fue encarcelado durante un mes en la prisión de 100 y Aldabó, y después fue trasladado al Hospital Psiquiátrico de La Habana, conocido como Mazorra, donde estuvo un año más.

En mayo de 2019, La Seguridad del Estado lo empujó a salir, con presiones y amenazas según su testimonio, hacia Guyana, donde comenzó su periplo por Venezuela, Colombia, Centroamérica y México, hasta llegar a Texas, donde empezó su proceso de asilo.

Entonces comenzó una nueva vida en la que las dificultades tampoco iban a faltar. Hasta octubre de 2021 estuvo alojado en casa de un amigo que lo acogió temporalmente, pero finalmente tuvo que dejarla para buscar un lugar permanente que no ha podido encontrar, por los elevados precios de la vivienda en Tampa.

Al poco de llegar, tanto él como Eliézer, de 22 años, comenzaron trabajando en la construcción, mantenimiento, limpieza... casi cualquier empleo que surgía. Así pudieron comprar un automóvil, un Mazda muy antiguo que hubo que reparar, invirtiendo 900 dólares que ahorraban para un apartamento.

Ahora, el automóvil es su hogar, y en él almacena sus pocas pertenencias: una almohada, una manta, una bolsa de ropa y productos de aseo. Su hijo, en cambio, ha corrido una suerte muy distinta, trabaja a tiempo completo como lavaplatos y ayudante de cocina en un restaurante de la ciudad y vive con la familia de su novia cubana.

Daniel Llorente apenas podía pagar sus facturas, ha pasado por meses de inactividad y no tiene familia en Florida a la que pueda recurrir, más allá de su hijo con el que mantiene contacto y come a menudo, pero que no puede proporcionarle alojamiento. Según el diario, ha tenido que pasar algunas noches en refugios del Ejército de Salvación e intenta encontrar espacio en el Good Samaritan Inn, una casa de huéspedes donde esperaba poder dormir con otros inquilinos por 130 dólares por semana. Sin embargo, no había espacio disponible. "Pero el administrador dijo que es cuestión de tiempo. Soy un hombre de fe y creo que cuando una puerta se cierra, otra se abre", cuenta Llorente.

En cuanto a su situación legal, el hombre de la bandera, sigue esperando su entrevista de asilo, un estatus que no debería tener dificultad en lograr, puesto que tiene un historial sobradamente conocido como preso político

En este momento, el cubano ha encontrado trabajo como pintor en la construcción, pero el salario sigue siendo escaso y le obliga a recurrir a organizaciones benéficas para conseguir comida, ropa y productos de aseo.

En cuanto a su situación legal, el hombre de la bandera, sigue esperando su entrevista de asilo, un estatus que no debería tener dificultad en lograr, puesto que tiene un historial sobradamente conocido como preso político. Los retrasos que acumula la Administración, sin embargo, lo mantienen en ese limbo y sin poder solicitar la green card, paso previo a la petición de ciudadanía.

Llorente ha decorado la ventana trasera de su auto con una foto de él y su hijo, abrazando una bandera estadounidense, la misma que lleva tatuada en una mano. La cubana, en la otra.

"A veces hay que empezar de cero. La vida es complicada en cualquier parte del mundo", dice, optimista.

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