En busca de la luz por las calles desiertas de La Habana
Crónicas
Los cacerolazos llegan a los barrios donde residen militares, funcionarios y periodistas oficiales, "comuñangas" y "sarampionosos"
La Habana/"Aguántate bien", alcanza a decirme el conductor del triciclo eléctrico antes de que todo el vehículo se sacuda fuertemente por un bache en el camino. He tenido suerte, porque logré subirme al taxi eléctrico antes de que comenzara otra vez a lloviznar. El joven me advierte de que es el último viaje que dará, que no ha podido cargar la batería por falta de corriente. "Soy del bloque cinco, no nos dan tregua", concluye.
La Habana donde crecí se dividía en municipios y en barrios, pero ahora nos definen los bloques que ha diseñado la Unión Eléctrica para sus cronogramas de apagones. Ya no soy de Nuevo Vedado, ahora soy del Bloque 4. Cuando se va la luz, mi obsesión es caminar todo lo que pueda para alejarme del "bando de las tinieblas". Hay días en que hago periplos muy raros, porque cuando llego a un lugar resulta que se corta ahí la energía o me avisan de que han vuelto a encenderse los bombillos en mi casa y decido regresar de inmediato.
Mis vecinos dicen que vivimos en el "bloque de los comemierdas". La cantidad de horas sin luz no es la misma para todas las barriadas. Si hay un cacerolazo o una protesta popular, lo más probable es que poco después restablezcan el servicio eléctrico en esa parte de la ciudad y que los próximos días los cortes no sean tan largos. Mi barrio tiene fama de manso. Cuando los bloques de concreto que lo conforman comenzaron a brotar por todos lados, sus habitantes iniciales eran personas integradas al sistema. Militares, funcionarios y periodistas oficiales ocuparon, mayoritariamente, estos apartamentos.
Ya no quedan áreas dóciles en este país. La ira popular no conoce de código postal ni de división político administrativa
Pero incluso con una proporción inicial de vecinos "comuñangas" y "sarampionosos", esta zona ha tocado varias veces las cazuelas de la indignación en los últimos días. Ya no quedan áreas dóciles en este país. La ira popular no conoce de código postal ni de división político administrativa.
Desde mi balcón veo los dos edificios de 20 plantas que se levantan en la Esquina de Tejas. "A esa gente casi no le ponen la luz", pienso. Busco con la mirada las dos torres cada vez que cae la noche y, duele decirlo, pero se pasan la mayor parte del tiempo a oscuras. Ese no es barrio de gente mansa como el mío, y a ellos los castigan con largos apagones porque son pobres. La crisis energética nos ha hermanado en nuestras diferencias. El selecto Casino Deportivo y el conflictivo barrio de El Canal se abrazan en la oscuridad. La Timba y Nuevo Vedado hemos pasado a ser uno en esta hora de penumbras.
Dicen que los vecinos de la Esquina de Toyo se lanzaron anoche a la calle. No es poca cosa. En esa intersección se vivieron algunos de los momentos más intensos de las protestas de julio de 2021. Una patrulla policial volcada, una bandera ensangrentada y unos jóvenes con cara de que celebraban el mañana quedaron inmortalizados en fotos y videos. Después se extendió el terror y muchos de aquellos manifestantes terminaron engrosando la lista de los más de 1.200 presos políticos que hay ahora mismo en la Isla.
Puse unas bolsas con agua en el congelador del refrigerador para convertirlas en hielo. La idea es que ayuden a conservar los alimentos. Seis días después, hundo el dedo en la jaba de nailon y todo sigue líquido en el interior, no ha dado tiempo a que se endurezcan, porque las horas con corriente han sido muy pocas. Por suerte nunca me ha gustado tomar agua fría porque me da la punzada del guajiro. Pero tengo otras urgencias: un líquido sanguinolento rodea el paquete con cuartos de pollo que compré esta semana. Habrá que comérselo a la carrera.
Nos hemos convertido en una Isla de mimos. Todos desplegamos cada día la pantomima de estar vivos
Mientras escapo del apagón en mi barrio y busco un bloque con electricidad, llego hasta la complicada esquina en que se cruzan la avenida 31 y la calle 10, en Playa. En el centro de la intersección hay un policía de tránsito al que el uniforme le queda un poco grande. Hace la secuencia de gestos para avisar a los vehículos que vienen por una vía o por la otra porque el semáforo está a oscuras. Me pego casi a él y miro en todas direcciones. No viene ningún carro, pero el joven uniformado sigue interpretando su danza de "adelante", "espera", "pasa ahora", "detente". Solo somos él y yo, pero pareciera que está en Shibuya Crossing, el cruce más trepidante del mundo, en Tokio.
Nos hemos convertido en una Isla de mimos. Todos desplegamos cada día la pantomima de estar vivos. Yo finjo que me conecto a internet aunque tenga que subirme a la azotea, estirar el torso y levantar el brazo. Mi vecino interpreta el papel de que trabaja en un medio de prensa oficial pero casi nunca va a su trabajo y no recuerda la última vez que redactó una nota informativa. El comerciante de la esquina finge que cumple la ley aunque por detrás debe hacer mil y un rejuego para mantener su negocio abierto.
Me llama una vecina para decirme que regresó la corriente a mi edificio. Doy media vuelta y dejo a mis espaldas al policía de la solitaria coreografía. Anoche tocaron los calderos en varios barrios habaneros así que nos han restablecido la electricidad antes de lo planificado. El "bloque de los comemierdas" está aprendiendo. Ya no hay código postal que nos separe. Todos somos como la Esquina de Toyo en esta hora de tinieblas.