Una caldosa mía, ajena a toda celebración 'cederista'

Relato de otro día de cuarentena en un edificio de Nuevo Vedado, en el aniversario de los CDR

"Hubo fiesta, sí, pero me alegro de que nadie tocara a mi puerta para invitarme a la caldosa cederista". (14ymedio)
"Hubo fiesta, sí, pero me alegro de que nadie tocara a mi puerta para invitarme a la caldosa cederista". (14ymedio)

Me despertó la voz de la cantante Sara González en la bocina de un edificio cercano. El tema que interpretaba era el de casi siempre, Su nombre es pueblo. Era domingo, 27 de septiembre, fecha en la que cada año los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) celebran su aniversario preparando una caldosa colectiva en cada barrio.

Vinieron tocando puerta por puerta. "Hoy es necesario limpiar el edificio", anunció el joven encargado de atender a los vecinos del piso 8. De pronto salieron los vecinos con sus escobas, trapeadores, paños y cubos de agua y, cuando me asomé, me di cuenta de que no me necesitaban. Mientras una vecina restregaba los cristales, otra limpiaba al detalle el pasamanos de la escalera. Un hombre sacó de casa una manguera y comenzó a tirar agua contra todos los rincones polvorientos mientras una mujer daba con la escoba.

El agua comenzó a correr por los pasillos y las escaleras hasta que llegó la advertencia de parar porque se estaba filtrando agua por el ascensor y era peligroso. Los vecinos se batían con colchas y recogedores para dejar todo seco de nuevo. Vi la escena mientras esperaba para bajar a botar la basura, porque la tarde anterior llovió tanto que no pude hacerlo. Siempre me ha resultado grosera la imagen de los trabajos voluntarios que organizan los CDR, con cinco o más personas limpiando un mismo pedazo, así que yo seguí de largo sin remordimientos.

Siempre me ha resultado grosera la imagen de los trabajos voluntarios que organizan los CDR, con cinco o más personas limpiando un mismo pedazo, así que yo seguí de largo sin remordimientos

Nadie me preguntó por qué botaba la basura fuera del horario, así que dejé la bolsa en el contenedor que han puesto al fondo del edificio y subí nuevamente.

La música seguía, pero a medida que avanzaba el día ya competía con otras estridencias del ambiente y apenas se distinguía. Hace un año en esta fecha, en cada cuadra desde temprano ya se estaba preparando la fiesta que empezaría en la noche. A mis hijas siempre les ha gustado participar de ese jolgorio porque es la única oportunidad que tienen para estar en los bajos del edificio en la noche. Normalmente solo están de día, jugando con sus amigos.

A la hora del almuerzo me di cuenta de que tenía muchas viandas y poco arroz y pensé hacer una caldosa; una caldosa mía, ajena a toda celebración cederista. Sin carne pero con buenas viandas y hasta maíz, metí en la olla reina todo lo que pude con un poco de sal, ajo y una cebollita. Una hora y media después ya estaba lista y nos sentamos las tres en la mesa para compartirla.

Por la tarde tuve que bajar a botar la basura de nuevo, la caldosa dejó demasiadas cáscaras de viandas. Esta vez sí bajé a tiempo, unos minutos antes de las seis y media, el horario límite para hacerlo.

Al salir del elevador me encontré en el lobby una olla enorme llena de tizne con un cucharón dentro y los restos de una pequeña celebración. Vasos de plástico, pomos con refresco, un equipo de música desconectado. En la entrada, un grupo de muchachos discutía sobre Fidel Castro y cómo logró llegar al poder. Hubo fiesta, sí, pero me alegro de que nadie tocara a mi puerta para invitarme a la caldosa cederista.

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