La comida del Hogar Materno de Matanzas llega desde las casas de las embarazadas

Matanzas

 Familiares recorren kilómetros y gastan miles de pesos para completar la dieta de embarazadas de riesgo

Familiares llegando al Hogar Materno de Matanzas.
Familiares llegando al Hogar Materno de Matanzas. / 14ymedio
Julio César Contreras

07 de octubre 2026 - 16:12

Matanzas/Quien llama una y otra vez a través de la reja exterior del Hogar Materno de Matanzas es Isabel. Desde hace 12 días camina cada tarde más de cinco kilómetros desde el barrio de La Playa para llevarle comida a su hija, ingresada con un embarazo de riesgo. Del otro lado aparece el custodio, vecino suyo. “Menos mal que estás tú hoy, porque con los otros paso tremendo trabajo para que me llamen a la niña”, le grita.

La escena tiene algo de visita carcelaria. Tras la cerca blanca, varias mujeres esperan a sus familiares o conversan pegadas a los barrotes. Isabel carga dos pozuelos bien tapados. Todavía están calientes y uno contiene carne roja, recomendada por el médico. La proteína, sin embargo, ha llegado desde su cocina y no desde los calderos estatales.

“Aquí ponen la cama, la atención médica, pero con un poquito de arroz y el caldo que les dan no se le sube la hemoglobina a nadie”, lamenta. Su hija tiene bajo peso y necesita reforzar la alimentación. Isabel hace dos viajes diarios para llevarle almuerzo y comida: “De lo contrario se me muere de flaca”.

“Aquí ponen la cama, la atención médica, pero con un poquito de arroz y el caldo que les dan no se le sube la hemoglobina a nadie”

El sacrificio comienza mucho antes de la caminata. Una libra de carne de res le cuesta 12.000 pesos. “Ya no sé qué negocio inventar”. Según cuenta, por las mañanas puede haber un jarrito de leche y, en alguna comida, un huevo hervido como plato fuerte: “Con eso no hay criatura que pueda nacer saludable”.

La preocupación por la alimentación de las gestantes no es ajena a las propias autoridades sanitarias. En 2024, la jefa nacional del Programa de Atención Materno Infantil (PAMI), Catherine Chibás Pérez, incluyó la anemia y la desnutrición materna entre los factores que inciden en el bajo peso al nacer. El propio programa establece que toda embarazada debe ser evaluada nutricionalmente al ingresar en un hogar materno y recibir allí una dieta “equilibrada y completa”, además de suplementos de hierro para prevenir y controlar la anemia. 

Un manual elaborado específicamente para estos centros por especialistas cubanos insiste también en que una alimentación adecuada durante el embarazo resulta esencial para el crecimiento y desarrollo del niño, pero en la práctica la institución no cuenta con los recursos para garantizar que las gestantes tengan una comida equilibrada mientras están en un Hogar Materno.

Isabel conoce bien el inmueble donde está su hija, construido en 1871: estudió allí cuando funcionaba como escuela de enfermería. Ahora vuelve convertida en abastecedora. Sabe que otras ingresadas, procedentes de Limonar o Unión de Reyes, no tienen esa posibilidad: “Prefiero perder los pies caminando antes que verla pasando hambre”. Algunas compañeras, cuenta, salen a comprar algo en un quiosco cercano. Casi siempre terminan con galletas, porque es lo que pueden encontrar y pagar.

“La otra vez llegué al Hogar recién inaugurado. Había problemas con la variedad, pero al menos la comida estaba bien hecha”

Dentro, Yuneisy, de 33 años y residente en Limonar, compara el ingreso con sus años de escuela al campo, cuando el domingo de visita se esperaba con el estómago vacío. Está en su segundo embarazo de riesgo y lleva tres semanas hospitalizada. Si los médicos mantienen el plan, todavía le quedan cuatro meses allí.

“La otra vez llegué al Hogar recién inaugurado. Había problemas con la variedad, pero al menos la comida estaba bien hecha”, recuerda. Ahora describe sopa desabrida, raciones pequeñas y picadillo sin condimentos. Asegura además que el menú apenas distingue entre las necesidades de unas gestantes y otras.  

Sus padres y su esposo llegan una vez por semana. El transporte desde Limonar “cuesta un ojo de la cara”, así que Yuneisy no les acepta dinero. Le dejan galletas de soda y leche condensada “para engañar el hambre” por la noche. “Yo les digo que estoy bien para no preocuparlos”.

Cuando cae la oscuridad y el apagón convierte las habitaciones en terreno de mosquitos, sale al patio. Detrás quedan la cama, las paredes altas y las rejas cerradas con candado. Piensa en su hijo pequeño, al que extraña, y calcula los meses que faltan.

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