Cuba, la crisis sin fin

Editorial

Tres factores determinantes configuran el escenario para 2026: deterioro institucional, aislamiento externo e inmovilismo político

La crisis epidemiológica desnudó un sistema sanitario atrapado entre el deterioro material y la desconfianza ciudadana.
La crisis epidemiológica desnudó un sistema sanitario atrapado entre el deterioro material y la desconfianza ciudadana. / EFE/ Yander Zamora
14ymedio

01 de enero 2026 - 08:11

La Habana/En 2025, Cuba llegó a diciembre exhausta, con la sensación de haber vivido un año demasiado largo para tan poco aliento. La crisis epidemiológica desnudó un sistema sanitario atrapado entre el deterioro material y la desconfianza ciudadana. Los hospitales colapsaron en plena epidemia de arbovirus y la falta de medicamentos dejó al descubierto que el país ya no puede fingir autosuficiencia ni autoridad moral en la gestión de la salud pública. Donde antes había propaganda de potencia médica, hoy solo quedan salas sin doctores y pacientes que deben resolver los insumos por su cuenta.

Tampoco el turismo –antiguo salvavidas económico– pudo brindar oxígeno. La caída sostenida de visitantes arrastró empleos, redujo ingresos y dejó habitaciones vacías. 

En el plano político, la continuidad ha sido la principal línea de defensa del régimen, en un contexto marcado por el destierro de activistas y, en paralelo, la deportación por EE UU de migrantes vinculados al oficialismo. La represión mantuvo el pulso alto, especialmente contra el mercado informal de divisas y el sitio digital El Toque, convertido en chivo expiatorio de una economía que cada vez depende más del dólar.

La fuga de atletas siguió su curso, reflejo de un país que pierde talentos al mismo ritmo que se hunde la práctica deportiva

La fuga de atletas siguió su curso, reflejo de un país que pierde talentos al mismo ritmo que se hunde la práctica deportiva y, con especial dramatismo, la del béisbol. Los apagones, con varios colapsos sucesivos del sistema energético nacional, fueron algo más que largas horas diarias sin corriente: se volvieron la metáfora cotidiana de un proyecto político que no ilumina, solo extiende la penumbra a su alrededor. Ni siquiera los nuevos parques fotovoltaicos lograron aliviar la crisis eléctrica.

En el plano internacional, La Habana enfrentó un aislamiento creciente y un nerviosismo palpable ante el cerco de Washington sobre el régimen de Nicolás Maduro, uno de sus últimos pilares externos. Las señales que llegan de Caracas anticipan turbulencias y posibles desenlaces que podrían dejar a la cúpula cubana sin uno de sus soportes más estratégicos.

El huracán Melissa añadió un desastre natural a un año ya marcado por el desgaste de las instituciones, incapaces de atender a los damnificados y el crecimiento exponencial de la pobreza, provocado por una inflación galopante, que afecta esencialmente a los precios de los alimentos. Las protestas por la falta de electricidad y agua se convirtieron en una expresión cada vez más directa del malestar popular. En paralelo, el conglomerado militar Gaesa consolidó su control económico y financiero con la apertura de tiendas en dólares para alimentos y productos básicos.

Sin una hoja de ruta reformista, la población observa el futuro como quien mira el mar en noche cerrada: no distingue la costa, pero sabe que existe

Para 2026, el escenario se presenta bajos auspicios aún más oscuros. Sin una hoja de ruta reformista, la población observa el futuro como quien mira el mar en noche cerrada: no distingue la costa, pero sabe que existe. 

Sin embargo, la sociedad cubana llega a este punto con algo que antes faltaba: una conciencia extendida de su propia fuerza, probada en las calles a golpe de cacerolazos y de gritos de ¡Libertad!. No se trata de optimismo ingenuo, sino de comprender que incluso en las noches más largas hay grietas por donde se cuela la luz. Y esas grietas, abiertas por la gente común, pueden marcar el inicio de un cambio que ya no depende solo del poder.

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