Crónicas de La Habana
Cuba vuelve a quedarse sin internet
Crónicas de La Habana
La Habana/El parque de Galiano y San Rafael está lleno este lunes de gente mirando la pantalla de sus móviles. "Me puse de suerte", digo con alivio después de pasar por varias zonas wifi donde no queda ni señal ni antena alguna. Pero la alegría dura poco en la Isla de los desconectados y una joven me aclara que ya no hay ningún servicio de navegación inalámbrica instalado en esa céntrica esquina. "Estamos aquí persiguiendo la señal telefónica 4G porque en Centro Habana casi no hay cobertura".
Sin decirlo, sin anuncios previos ni justificaciones públicas, el monopolio estatal de telecomunicaciones Etecsa ha ido desmantelando aquellos parques que fueron, para muchos cubanos, el primer lugar donde conocieron la gran telaraña mundial. "La gente viene desde temprano porque parece que aquí cerca hay alguna torre de las que todavía funciona", añade la mujer, que apura la conversación para no perder ni un segundo de conectividad. Internet ha vuelto a ser un bien escaso y difícil de obtener, así que hay que aprovechar al máximo cada vez que los mensajes comienzan a descargarse, las páginas web a abrirse y el sonido de las notificaciones vuelve a escucharse en nuestros teléfonos.
La escena me recuerda a hace 20 años, cuando los únicos cibercafés que había en La Habana solo aceptaban clientes extranjeros
La escena me recuerda a hace 20 años, cuando los únicos cibercafés que había en La Habana solo aceptaban clientes extranjeros. En uno de ellos, ubicado en el Capitolio, y haciéndome pasar por turista, publiqué el primer post de mi blog Generación Y. Pero ahora no hay pasaporte foráneo que valga. Cuando los viajeros salen de sus hoteles, están igual de desconectados que nosotros. Sus móviles, con la tarjeta SIM cubana que les vendieron en el aeropuerto o en alguna oficina de Etecsa, también permanecen mudos la mayor parte del día.
Decido subir por Galiano mientras pienso en los días que llevo sin leer nada en las redes sociales. He ido renunciando a mis perfiles en X, Facebook o LinkedIn, a los que solo puedo acceder en la madrugada para dejar mi podcast, responder algunos comentarios y felicitar puntualmente a algún amigo por su cumpleaños. Miro a la gente que, sentada en los portales de la céntrica avenida, vende baratijas, pide limosnas o desliza el dedo sobre la pantalla de su celular tratando de actualizar una página congelada.
Paso cerca del edificio Moure, mi preferido de La Habana. Tiene forma de barco y, en sus bajos, una montaña de basura ya se mete hacia el portal. Un hombre hurga entre los desperdicios.
A la altura de la calle Reina atrapo un triciclo. La parte trasera está llena de pasajeros, pero el chofer me extiende un casco para que pueda ir sentada a su lado. La necesidad multiplica los espacios en estos vehículos. "Si me dejan le hago una planta superior para llevar más gente", bromea. Un antiguo Ford, que hace de taxi particular, toca el claxon con fuerza cerca de nosotros. La rivalidad entre los almendrones y los recién llegados triciclos es evidente. Unos acusan a los otros de meterse en medio de la vía todo el tiempo. Los otros aseguran que los viejos carros de inicios del siglo pasado se mueven con prepotencia por la ciudad, porque "son más duros que un tanque de guerra y pueden hacer talco estas latas de sardinas".
Evito tomar partido. Soy del bando de los caminantes, que trata de ir a pie a todos lados, y cuando el cansancio o el apuro me muerden me siento igual de bendecida si para un Chevrolet con casi cien años que una moto eléctrica con un asiento tan estrecho que tengo que aferrarme por completo al conductor para no caerme. Finalmente, me bajo frente a la Plaza de Carlos III. De niña me encantaba este lugar. Había una vidriera con maniquíes que reproducían el interior del cuerpo humano: maquetas de hígados, pulmones y un rostro, hecho de yeso, mitad normal y mitad despellejado.
Todos aquellos objetos pertenecían a una empresa estatal que, en los altos de la Plaza, producía implementos para las escuelas de Medicina y las aulas de secundaria o preuniversitario donde se enseñaba Biología. Me fascinaba quedarme mirando aquello mientras mi madre me apuraba para entrar al edificio y comprar boniatos o alguna frutabomba verde, que era lo único que vendían fuera de la libreta de racionamiento en aquellos años. Después llegaron los 90 y dolarizaron el mercado. Le pusieron el nombre de un rey de España, como la calle que discurre frente a su puerta, aunque años antes las autoridades habían rebautizado la avenida como Salvador Allende.
Hoy, cuando entro a la Plaza, me golpea el calor de un aire acondicionado al mínimo. La tienda ha vuelto a ser dolarizada, pero hay muy poco que comprar
Hoy, cuando entro a la Plaza, me golpea el calor de un aire acondicionado al mínimo. La tienda ha vuelto a ser dolarizada, pero hay muy poco que comprar. El olor a humedad y a moho se siente por todos lados. En el mercado de alimentos solo hay unos pocos productos y la tienda de deportes apenas exhibe una bicicleta. Da la impresión, si se mira la zona de útiles del hogar, de que los cubanos solo necesitamos cortinas y fundas para las almohadas. Ni hablar de la parte de congelados, con las neveras vacías.
Sigo subiendo por inercia la rampa en espiral por la que tanto me gustaba correr siendo pequeña. La señal telefónica en el interior de la Plaza es mínima y del servicio de datos mejor no hablar: está absolutamente apagado. Al llegar arriba, me topo con el rostro de Raúl Castro en un muro. Estrecha las manos en señal de victoria. Un empleado riega las plantas cerca del cartel donde una frase asegura que hay que dedicarse "con modestia y sin fanfarria" al puesto que le corresponde a cada cual. Salgo del mercado con la bolsa vacía.
Logro subirme a un almendrón de un azul intenso. A mi lado, un anciano con un bastón viaja con un inmenso botellón plástico de agua. "En mi barrio no nos llega ni una gota desde hace casi 20 días", se justifica el hombre, que no puede evitar que el bidón vaya en parte sobre una de mis piernas. Un triciclo que pasa cerca se mete delante de nuestro carro. La palabrota del chofer resuena en el interior. Cada vez que paramos en un semáforo, automáticamente algunos pasajeros deslizan el pulgar sobre la pantalla de su móvil para ver si les ha llegado algo de señal. Pero no suena ni una sola notificación.
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