Crónica
Los días de la fiebre
Crónica
La Habana/Día uno. Me levanto y tengo una molestia en el hombro derecho. "Habré dormido en una posición incorrecta", me digo. A las diez de la mañana ya el malestar se ha extendido al otro hombro y a la parte superior de la espalda. Sigo apostando a que solo son algunas contracturas musculares, fruto de todas las maromas que hay que hacer en la cama durante una madrugada con apagón y mosquitos. Pero ya en la tarde está claro que tengo algo más. Estoy contagiada de alguno de esos tantos virus que circulan en una Habana donde la situación epidemiológica se agrava con cada hora que pasa.
Empiezo a hacer conteo de los medicamentos e insumos médicos que tengo a mano. No son muchos porque la enfermedad ha golpeado duramente a mi familia y a mis vecinos en los últimos meses, así que buena parte del botiquín está vacío. Quedan dos dipironas, no hay termómetro y las sales de rehidratación oral ya se acabaron. "No será tan grave", me engaño un poco, aunque cuando cae la noche ya sé que esto no es ni el resultado de convertirme en un nudo en la cama tratando de buscar algo de brisa, ni un malestar pasajero. La madrugada me lo confirmará de la peor manera.
Los dolores de cabeza son tan fuertes que no puedo dormir. Son punzantes y parecen surgir de todas partes. Detrás de los ojos, en la frente, en la mejilla y cerca de los oídos. Cuando alcanzan un crescendo y pienso que me van a dar unos segundos de alivio, empiezan por otro lado. Sentarme es un martirio porque entonces las punzadas se hacen más seguidas. Me irritan los sonidos, las luces y el ronroneo de la cercana planta eléctrica del Ministerio de Transporte. A la hora de levantarme me doy cuenta de que no puedo hablar ni tragar. Todo mi cuello, la garganta y la laringe están inflamados y adoloridos.
Recurro a una pomadita china que encontré en el último minuto. Me unto hasta dejarla vacía. Entonces llega la fiebre. Me tomo la segunda dipirona y empiezo a llorar por un termómetro. Pero me duele más la cabeza a medida que me salen las lágrimas, así que trato de controlarme. ¿Qué es esto? ¿Dónde me contagié? Tratar de responder esas preguntas resulta tan inútil como torturante. Los hospitales carecen de reactivos para determinar cómo se llama lo que me aqueja, pero sospecho que es un virus que me ha llegado a través de la picada de un mosquito.
Los hospitales carecen de reactivos para determinar cómo se llama lo que me aqueja, pero sospecho que es un virus que me ha llegado a través de la picada de un mosquito
Todas las precauciones que he tomado han sido en vano. Finalmente, el insecto que portaba este agente infeccioso me alcanzó. Tantos inciensos de citronela encendidos en la noche, tanto espray repelente usado antes de salir de casa, tantas camisas de manga larga y pantalones para evitar las picaduras, y finalmente el virus entró en mi cuerpo. No hay manera de impedirlo en una ciudad repleta de montañas de basura, hundida en la crisis epidemiológica y sin una campaña antivectorial que disminuya la presencia de los mosquitos.
El segundo día es el peor. La fiebre me provoca escalofríos por todo el cuerpo, no puedo levantarme de la cama pero me duele estar acostada. Por mi mente pasan imágenes a toda velocidad, caóticas y sin sentido. La rigidez se va extendiendo por el resto del cuerpo. Mi familia me pregunta si ya es hora de llevarme al hospital. ¿Al hospital?, respondo alarmada. No hay electricidad; en estas condiciones nunca podré bajar 14 pisos por la escalera y solo imaginar que a mi regreso el apagón sigue ahí y el ascensor no funciona me hace latir las sienes con fuerza. Además, los cuerpos de guardia están repletos de gente como yo: febril, debilitada y desesperada. No pueden hacer mucho por esa ola de pacientes que llega. No tienen capacidad para hacer análisis que determinen qué tenemos, no cuentan ni siquiera con jeringuillas para poner una inyección y las disputas con los pacientes desesperados hacen que las Urgencias sean, incluso, un lugar inseguro.
Opto por quedarme en casa. La próxima madrugada es brutal. La fiebre escala, pero ya conseguí un termómetro y puedo medirla; los escalofríos se hacen más intensos y aparecen nuevos síntomas muy molestos, como las diarreas. No tengo nada de apetito, pero me obligo a tomar toda el agua que pueda, a pesar de que duele muchísimo tragar y las náuseas tampoco facilitan la hidratación. En medio de la oscuridad y el calor del apagón, que ya no siento por obra y gracia de los 39 grados que ha superado mi cuerpo, me pongo a pensar en otros pacientes paralelos, pero en condiciones diferentes.
Los cuerpos de guardia están repletos de gente como yo: febril, debilitada y desesperada. No pueden hacer mucho por esa ola de pacientes que llega
Imagino a Matilde o a Pancho, ancianos que viven solos porque sus hijos han emigrado. Les ha sorprendido el mismo virus que a mí, pero no tienen cerca un hombro donde apoyarse ni los recursos para comprar, en el mercado informal, el termómetro y las dipironas que les faltan. En el delirio de la fiebre logro casi verlos. En sus camas, empapados en sudor, temblando, con la cocina y los platos sin fregar, con nadie cerca que escuche su tenue voz pidiendo ayuda, con el corte eléctrico que se ha extendido por más de veinte horas, les ha echado a perder lo poco que tenían en el refrigerador y los ha dejado sin agua en las tuberías.
Pancho y Matilde me acompañarán parte del tiempo. Los imagino en sus camas, con las moscas rondando y la pestilencia creciendo. Logro hacer pasar por mi garganta un poco de caldo de pollo. Es el último pedazo que ha sobrevivido a la descongelación total tras largas horas sin electricidad. Me alivia, pero apenas puedo tragar, así que solo tomo un par de cucharadas. Vuelvo a la cama, donde pasaré las próximas doce horas de continuo sopor y acompañada por las historias de esos enfermos que, en paralelo, están viviendo esto, pero con más dificultades.
¿Dónde me contagié? Vuelvo a obsesionarme. ¿Y eso qué importa?, intento calmar mi mente. Pero no hay nada más improductivo que intentar alejar un pensamiento obsesivo. Recuerdo que hace unos días estuve en una parte del Parque Central donde me acribillaron los mosquitos. Fueron tantos y en tan poco tiempo que no puedo olvidar aquel momento. En varios bancos dormían personas sin hogar. ¿Estarán ellos también enfermos? ¿Cómo se sobrevive a algo tan invalidante viviendo en la vía pública? La gente pasa y no nota que estás tiritando, que estás gimiendo, que estás enfermo.
Llega la tercera madrugada. Me convenzo de que al levantarme estaré mejor y de que ya lo peor pasó. La fiebre cede, la inflamación de la garganta también, pero el sueño sigue siendo un sobresalto por los dolores que surgen por todas partes, el calor del apagón, que vuelve a afectarme, y las obsesivas imágenes que llegan a mi mente. Sueño que estoy junto a la cama de una anciana con sábanas mugrientas que pide ayuda. No hay nadie cerca.
Hace falta una mano que se pose sobre la del convaleciente, alguien que lo ayude a ir al baño, y eso es muy difícil de pagar desde el extranjero
Luego estoy en un sillón de un derruido palacete donde un anciano intenta ponerse de pie y termina cayéndose al suelo porque las piernas no lo sostienen. Tampoco viene nadie. La cantidad de personas de la tercera edad que viven solas en esta Isla ha ido creciendo debido al éxodo masivo. En los momentos de crisis de salud apenas pueden ayudar una remesa o un paquete de alimentos; hace falta una mano que se pose sobre la del convaleciente, alguien que lo ayude a ir al baño, y eso es muy difícil de pagar desde el extranjero.
Me despierto e intento levantarme, pero la rigidez en la cadera, las rodillas y los tobillos no me deja. Me autodiagnostico con chikungunya. Para ese entonces, imagino que Matilde y Pancho deben estar muy mal. Una debe de estar rumbo al hospital luego de que sus vecinos notaran su ausencia, el otro quizás sigue tendido en el suelo de su sala. Porque, aunque el virus no tiene una letalidad significativa, pasarlo solo, en un país donde ni siquiera se logra garantizar el servicio de agua corriente y los hospitales están sin insumos y colapsados de pacientes, aumenta las probabilidades de no sobrevivir. Ya no regresan las imágenes de la habitación de la anciana que tirita ni del hombre desplomado en el piso.
Me tomo el primer café en muchos días, pero me sabe mal. Tendré que seguir luchando contra esto.
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