Para saber cómo está el dólar, hay que preguntar cuánto cuesta una cerveza

Matanzas

Las marcas importadas dominan los anaqueles de Matanzas y trasladan al consumidor cada sacudida del mercado informal de divisas

Detrás del enrejado, las marcas extranjeras dominan los anaqueles, una postal que se repite en numerosos comercios de la ciudad.
Detrás del enrejado, las marcas extranjeras dominan los anaqueles, una postal que se repite en numerosos comercios de la ciudad. / 14ymedio
Julio César Contreras

04 de octubre 2026 - 13:35

Matanzas/Dentro del freezer, detrás de las rejas que protegen una mipyme de Matanzas, las latas de cerveza se presentan ante Eduardo como la solución más inmediata para la sequedad que le corroe la garganta. Antes de llegar a su casa en El Naranjal y sumergirse en el apagón cotidiano, el médico cirujano quiere tomarse algo frío. En su refrigerador, hace horas que los pomos de agua dejaron de distinguirse de la temperatura ambiente.

"Mi preferida es la Bucanero, pero eso ya no se encuentra ni en los centros espirituales. Ahora mismo, para calmar la sed, me sirve cualquiera", bromea con tres billetes de 200 pesos en la mano. Detrás del enrejado, las marcas extranjeras dominan los anaqueles, una postal que se repite en numerosos comercios de la ciudad: la cerveza importada ha ocupado el espacio dejado por Cristal, Bucanero y otras producciones nacionales cada vez más difíciles de encontrar.

Eduardo pensaba que con sus 600 pesos también podía comprarle dos o tres bombones a su hijo. Pero mira los precios y descubre que han cambiado desde la semana anterior. "No puede ser que la Hollandia valga 500 pesos cuando apenas el sábado pasado la compré aquí a 450", protesta. La empleada culpa a los proveedores y a la inflación. El médico mira entonces el rostro de Frank País en los billetes y empieza a hacer cuentas.

"Los que vivimos de un salario o una jubilación, si queremos tomar algo frío, tendremos que conformarnos con esos refrescos con tanta azúcar que dan más sed todavía".
"Los que vivimos de un salario o una jubilación, si queremos tomar algo frío, tendremos que conformarnos con esos refrescos con tanta azúcar que dan más sed todavía". / 14ymedio

La cerveza funciona en Cuba como un termómetro económico especialmente sensible. Este domingo, con el dólar informal en 785 pesos, una lata por 600 equivale a menos de un dólar, un precio que parecería una ganga en Madrid o Miami. Para un cubano que cobre el salario mínimo, sin embargo, representa la quinta parte de todo un mes de trabajo.

Y el termómetro sube al compás de la divisa. Buena parte de las cervezas que llenan las neveras privadas se compran en el exterior con moneda fuerte, por lo que cada salto del dólar termina llegando al mostrador. A esa dependencia se añadió en marzo un impuesto especial de 0,30 dólares por litro para la cerveza y otras bebidas alcohólicas importadas, un costo que inevitablemente acaba trasladándose al consumidor.  

"Mayabe todavía la tenemos en 520, pero en otros lugares anda por 580", explica la dependienta, antigua camarera de hotel, que ahora se familiariza con su nuevo empleo. El dueño, cuenta, ha decidido frenar las compras de bebidas alcohólicas porque "no hay electricidad para enfriarlas y cada vez le cuesta más comprarlas al proveedor".

Un hombre se refresca de pie junto a una ventanilla mientras una bandera del Barcelona cuelga al fondo.
Un hombre se refresca de pie junto a una ventanilla mientras una bandera del Barcelona cuelga al fondo. / 14ymedio

Hasta Parranda, la alternativa de factura nacional y más barata, muestra las distorsiones del mercado. Elaborada en Mariel por una empresa mixta y envasada en botellas plásticas, la marca ha sido promovida como sustituta de opciones nacionales más apreciadas por los consumidores. Su calidad provoca frecuentes críticas y en Matanzas llegó a imponerse en algunos hoteles para favorecer su comercialización.  

El lugar donde se destape también modifica la cuenta. Una botella de Parranda que en el Hotel Velasco cuesta 1.500 pesos puede encontrarse por 1.400 en una cafetería de la Calzada de Tirry. "Una cervecita fría con el calor que está haciendo viene bien, pero en este país hasta eso es un lujo", lamenta Migdalia. Su adicción al cigarro tampoco le deja mucho margen: "Estoy obligada a elegir entre una lata de Cristal o una caja de Popular Rojo".

La jubilada, que cobra 3.200 pesos mensuales y recibe alguna ayuda de su nieto, ha salido realmente a comprar una libra de mortadella. Aun así, pregunta los precios en la mipyme Los Chamas. "Aquí dice que la Lobo cuesta 460 y tú me dices 480. ¿En qué quedamos?". El dependiente se disculpa: los números cambian tan rápido que las pegatinas con los números envejecen antes que la mercancía.

Hasta Parranda, la alternativa de factura nacional y más barata, muestra las distorsiones del mercado.
Hasta Parranda, la alternativa de factura nacional y más barata, muestra las distorsiones del mercado. / 14ymedio

En otro establecimiento, un hombre se refresca de pie junto a una ventanilla mientras una bandera del Barcelona cuelga al fondo. En un bar casi vacío, una botella plástica de Parranda ocupa el primer plano de una mesa. Las imágenes resumen una época en que beberse una fría ya exige cálculo, comparación y, para muchos, renuncia.

Migdalia mira las latas tras el cristal como si fueran piezas de museo. "Los que vivimos de un salario o una jubilación, si queremos tomar algo frío, tendremos que conformarnos con esos refrescos con tanta azúcar que dan más sed todavía".

En Matanzas ya no hace falta consultar el dólar para saber hacia dónde va la economía: basta preguntar a cuánto está la cerveza.

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