Opinión
El preso que Miami esperaba ver
Donaciones
La Habana/“Dicen que en la iglesia están regalando espejuelos”. La noticia corrió esta semana por Guanabacoa con la velocidad que alcanzan en Cuba los rumores sobre cualquier producto escaso. En poco tiempo, frente a la parroquia de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, situada junto al anfiteatro del municipio habanero, se formó una fila de vecinos bajo el sol.
La oferta era difícil de ignorar en un país donde comprar unos lentes graduados o conseguir un antibiótico puede exigir meses de búsqueda y una cantidad de dinero inalcanzable para muchos jubilados. Según varios asistentes, en la parroquia entregaban gafas con distintos aumentos, algunas tabletas de dipirona y medicamentos que los vecinos identificaban como antibióticos.
Nadie pudo precisar el origen de la donación. En la fila, algunas personas aseguraban que formaba parte de “la ayuda de Estados Unidos”, mientras otras decían haber oído que los productos habían llegado mediante una organización religiosa.
“Esto es de los millones que mandaron los americanos”, comentaba una mujer mientras esperaba. Otro vecino agregaba: “No sé si son 10 o 100 millones, pero dicen que viene de allá”. La afirmación se repetía de boca en boca sin que nadie pudiera demostrarla.
La escena revelaba, sobre todo, la profundidad de la necesidad. Frente al templo se concentraban ancianos, mujeres con niños y personas que habían llegado desde otras zonas del municipio. Algunos se protegían del sol con sombrillas; otros permanecían sentados en el césped o esperaban de pie junto a la cerca.
Al principio, según comprobó este diario en el lugar, la entrega transcurrió con cierta normalidad. Bastaba con pedir la graduación deseada. No había consulta oftalmológica ni era necesario presentar una receta reciente.
“Te daban la que tú quisieras”, explicó uno de los asistentes, que salió con unos espejuelos de montura negra. Los cristales parecían corresponder a los lentes premontados que se venden con aumentos estándar para leer, pero entre los vecinos se hablaba de ellos como si pudieran resolver cualquier problema visual.
Otros discutían sobre quién debía tener prioridad. “Primero los ancianos”, reclamaban algunos. También hubo quejas porque no existían suficientes asientos para las personas con dificultades de movilidad y porque quienes llevaban más tiempo esperando temían perder su lugar.
La fila terminó convirtiéndose en una disputa. Los asistentes denunciaron la presencia de coleros, de personas que intentaban repetir y de otras que se metían por delante de quienes llevaban horas aguardando. El ambiente “se puso caliente”, según relataron varios vecinos.
El sacerdote decidió entonces detener la entrega. La suspensión dejó a decenas de personas frente al templo, algunas molestas y otras convencidas de que el reparto se reanudaría dos días después. La versión que circuló por el barrio era que el viernes volverían a distribuir los productos.
Sin embargo, este viernes el párroco informó de que tampoco continuaría la entrega. Aun así, varias personas se presentaron desde temprano ante la iglesia para comprobar si quedaba alguna posibilidad de recibir algo. “Yo vine por si acaso”, decía una mujer frente a la verja. “Ayer me dijeron que hoy seguían”. Otros permanecieron durante un rato en los alrededores, observando la entrada y preguntando a quienes salían del edificio.
Entre los vecinos se comentaba que el sacerdote valoraba sustituir la fila por un reparto casa por casa, especialmente entre ancianos, enfermos y personas con problemas de movilidad.
La parroquia, desbordada por una demanda muy superior a sus posibilidades, terminó cerrando el reparto. La fila quedó como retrato de un país donde una pequeña donación, aun sin origen confirmado ni organización suficiente, puede convertirse de inmediato en un acontecimiento multitudinario.
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