"Cuatro gatos pagados no van a tumbar el Gobierno"

Un mayor de la Unidad donde me llevaron presa se burla de la debilidad de la oposición

Una de las agentes que se acercó a detener a la reportera Luz Escobar, este domingo en el Parque Central de La Habana. (Captura)
Una de las agentes que se acercó a detener a la reportera Luz Escobar, este domingo en el Parque Central de La Habana. (Captura)

La convocatoria me había llegado por todos lados, desde el Movimiento San Isidro (MSI) y a través de colegas y amigos. Se trataba de ir al Parque Central de La Habana este domingo a las tres de la tarde para mostrar apoyo y solidaridad al grupo de artistas del MSI que está en huelga de hambre desde hace cuatro días exigiendo la libertad del rapero Denis Solís. Como periodista, no podía faltar a la cita.

Salí de casa pasadas las dos con el temor de tener un oficial de la Seguridad del Estado en los bajos de mi casa, pero no, el área estaba despejada y pude irme sin problemas, acompañada del artista Julio Llopiz-Casal. Decidimos llegar en guagua y no en taxi. Caminamos hasta la avenida Boyeros y agarramos un P12 que nos llevó hasta un costado del Capitolio.

Cuando has sido detenida y abducida por las fuerzas represivas del Gobierno, todo momento te puede parecer sospechoso: unos muchachos jóvenes en la guagua vestidos de oficiales, el chico del pulóver de rayas que lleva una mochila negra y unas gafas, cualquiera. Pero sacudí esas ideas y respiré hondo.

Todos los bancos del parque estaban ocupados, sin duda alguna por agentes de la Seguridad del Estado vestidos de civil, las brigadas de respuesta rápida y los uniformados

Saliendo del ómnibus buscamos un bicitaxi que por un CUC nos llevó hasta la esquina del Parque Central. Fue bajarnos, caminar unos metros, y ya estábamos a los pies de la estatua de José Martí. De ahí no me moví, hasta que me sacaron.

Lo primero que hice fue abrir mi app de Facebook en el teléfono y marcar "video en vivo". Todos los bancos del parque estaban ocupados, sin duda alguna por agentes de la Seguridad del Estado vestidos de civil, las brigadas de respuesta rápida y los uniformados. No quedaba espacio para nadie más.

Cuando inicié la transmisión comenzaron a merodear algunos cerca de mí. Uno de los oficiales vestido de paisano pasó bien pegado intentando escuchar lo que estaba contando a la audiencia. Inmediatamente levantó su celular y realizó una llamada. Faltaban poquísimos minutos para las tres de la tarde y se les notaba el nerviosismo.

A los diez minutos de transmisión llegó la orden de sacarnos del lugar y mandaron a dos muchachas del Ministerio del Interior, las dos uniformadas.

–Buenas tardes, corazón, ¿usted me podría acompañar un momentico hasta aquí hasta la esquina? –me dijo una de ellas.

–No, yo no quiero hablar contigo, tengo todo mi derecho a estar en este parque –le respondí.

"Buenas tardes, corazón, ¿usted me podría acompañar un momentico hasta aquí hasta la esquina?", me dijo una de ellas

Las jóvenes insistieron en que las acompañara y yo solo atiné a decirles que estaba en todo mi derecho de estar en un parque filmando con mi celular. Una de ellas no cabía en el uniforme y mientras me hablaba lo único que hacía era tocarse los botones que estaban a punto de reventar.

Como no lograban su objetivo de sacarnos de forma dócil del parque, llegó "el jefe", un flaco alto de cara alargada. Dando grandes pasos llegó hasta mí mostrando un carnet que lo acredita como oficial de la Seguridad del Estado.

– Apaga el móvil.

– ¿Por qué lo tengo que apagar?

– Estás documentando todo el escenario en estos momentos.

– ¿Y eso es ilegal?

– Eso es ilegal.

– Apágalo o te lo quito.

En ese momento apagué el teléfono y las dos oficiales y el jefe nos llevaron escoltados hasta una patrulla que estaba parqueada a una cuadra, al fondo del antiguo cine Payret. Ahí en esa esquina había más agentes vestidos de civil. Nos cacharon, con las dos manos en la patrulla y las piernas abiertas.

Mientras esto ocurría, alcancé a ver que en el Parque Central de pronto salieron corriendo de la sombra todos los agentes que estaban escondidos y se desató un tumulto enardecido, pegando gritos contra una persona. ¿Qué está pasando?, les pregunté, pero no me contestaron.

Dos de los oficiales fueron increpados por otros que llegaron corriendo, sofocados, casi sin aliento y pidiendo unas patrullas. ¿Dónde están las patrullas?, decían. Sin responder a la pregunta todos salieron apresurados para el parque y a nosotros nos sacaron de la escena. "Ellos van para Zanja", dijo el oficial a los policías antes de salir corriendo.

Llegando a la Unidad, nos mandaron para el calabozo, después de inscribirnos en un libro y guardar nuestras pertenencias, incluyendo los móviles. Pregunté por qué razón nos estaban deteniendo y el oficial de policía respondió que ellos no sabían nada, que estábamos ahí por órdenes de la Seguridad del Estado y que luego "unos agentes de ellos" vendrían a conversar con nosotros.

Me pusieron sola en una celda de seis pasos por seis pasos y a Julio en otra, casi al lado de la mía, también solo. Una radio impertinente marcó mis siguientes horas. A todo volumen sonaron canciones de los Van Van, Buena Fe, Laritza Bacallao, una especie de tortura para mis oídos.

Exigí una llamada telefónica pero los policías dijeron que solo podía llamar "cuando ellos hablen contigo", en referencia a los oficiales de la Seguridad del Estado.

Eso nunca ocurrió, ni me dejaron llamar por teléfono, ni vino un oficial a hablar conmigo. El que sí llegó hasta mi reja fue el mayor de la unidad para preguntarme por qué razones yo estaba "contra el proceso" y me dijo: "Cuatro gatos pagados no van a tumbar el Gobierno, esto solo nos hace más fuertes a nosotros".

No pude llamar pero sí logré mandar el recado a mi familia de que estaba en un calabozo de la Unidad de Zanja. La solidaridad es así, alcanza los lugares más oscuros.

Pasadas tres horas, me sacaron del calabozo donde estaba y me llevaron a otro junto a una mujer de unos 60 años, vestida toda de blanco. "Yo no maté a nadie", me dijo cuando pasé por su lado.

La mujer tenía en su mano unos diamantes falsos que le había arrancado a su pulóver, los contaba, los ponía en círculos, los miraba. Me contó que ella no sabía de ese muerto que habían encontrado en el edificio abandonado donde estaba durmiendo. En la celda contigua estaba su pareja, ella sacaba la mano para tocar la de él mientras le decía que tenían que salir pronto de ahí porque ellos no habían hecho nada.

"Yo solo subí a dormir con mi hombre porque él está casado y en mi casa no lo quieren. Yo no tengo la culpa de que ese muerto estuviera ahí", dijo.

en un momento escuchó a una mujer decirle a otra: "Oye, chica, ¿hasta qué hora será que nos tendrán aquí? Yo no estoy para tanto patriotismo"

Llegó la hora de la comida y nos mandaron a salir pero rechacé la oferta y me quedé sola por unos minutos, no tenía hambre, yo solo quería salir. La peste a excrementos inundaba todo el lugar.

Al filo de las siete me llevaron para una oficina, me tomaron nuevamente mis datos y me entregaron mis pertenencias y las de Julio. En mis manos pusieron sus cordones, sus llaves, su celular y su cartera. Me sacaron por el fondo de la Unidad hacia el parqueo, me pusieron cloro en las manos y me abrieron la puerta de una patrulla. En eso trajeron a Julio, le terminaron de tomar algunos datos y nos fuimos.

La patrulla nos dejó en la esquina de mi casa. En las dos cuadras de camino prendí el celular y vi cientos de mensajes. Intenté responder una a una las llamadas de amigos y familiares.

Uno de ellos contó que también llegó al Parque Central y se sentó en un banco. Dice que estuvo tranquilo mirando el panorama, tratando de entender la situación, y que en un momento escuchó a una mujer decirle a otra: "Oye, chica, ¿hasta qué hora será que nos tendrán aquí? Yo no estoy para tanto patriotismo".

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