Crónicas de La Habana
La Habana, una ciudad de búsquedas desesperadas
Crónicas de La Habana
La Habana/Nada más salir de casa, a las afueras del Ministerio de la Agricultura, me topo con un grupo de personas sentadas en el contén, como si esperaran una guagua que nunca llega. Pero nadie mira hacia la cercana avenida Rancho Boyeros buscando un ómnibus. Todos tienen la cabeza inclinada sobre la pantalla de un teléfono móvil. Algunos teclean con rapidez, otros sostienen el aparato cerca de la cara y una mujer se esfuerza por escuchar un mensaje de voz entre el ruido del tráfico.
La cercanía de una torre de telecomunicaciones ha convertido este tramo de acera en una improvisada sala de navegación. Desde varias cuadras a la redonda llegan personas buscando algo que empieza a ser tan escaso como la electricidad: una conexión a internet. En buena parte de Nuevo Vedado, los datos móviles se han vuelto un lujo intermitente. La señal aparece, desaparece y obliga a perseguirla por las calles.
Esta mañana de miércoles el cielo está encapotado y una brisa fresca alivia la espera. Otros días, quienes se sientan frente al enorme edificio terminan con la piel enrojecida, como si hubieran pasado horas en la playa. Solo que no han visto el mar ni han disfrutado de unas vacaciones. Han permanecido a la intemperie tratando de enviar un correo, hablar con un familiar emigrado o descargar un documento.
"La cosa está tan mala que, entre los sacos de cemento y los ladrillos que muevo, tengo que hacer también de taxi"
Sigo camino hacia Ayestarán. Las lluvias recientes han dejado las aceras convertidas en una sucesión de charcos y fango. Un paso en falso puede terminar con el zapato hundido en una mezcla de lodo y aguas sucias. Decido subirme a un triciclo eléctrico. El conductor es un hombre mayor, de brazos curtidos y conversación fácil. Me aclara que normalmente no recoge pasajeros. Su negocio consiste en trasladar mercancías desde algunas ferreterías particulares hasta las casas de los compradores. Pero los tiempos no están para especializaciones.
"La cosa está tan mala que, entre los sacos de cemento y los ladrillos que muevo, tengo que hacer también de taxi", me cuenta mientras intenta esquivar una camioneta cuyo conductor parece convencido de que el tamaño de su vehículo le da prioridad en la vía.
En Ayestarán y 20 de Mayo, el semáforo está apagado. No es el primero que encontramos sin funcionar. El corte eléctrico se extiende por amplias zonas de La Habana y los cruces se han convertido en lugares donde cada chofer calcula por su cuenta cuándo avanzar, frenar o encomendarse a la suerte.
"Se ve que van a sacar a pasear a Díaz-Canel", ironiza mi conductor mientras mira hacia la cercana torre de la Plaza de la Revolución
Aquí, sin embargo, una mujer policía intenta poner orden entre carros, motos y triciclos. Dos caballitos, con sus uniformes impecables, se suman al operativo.
"Se ve que van a sacar a pasear a Díaz-Canel", ironiza mi conductor mientras mira hacia la cercana torre de la Plaza de la Revolución. "Ahora lo llevan a un lugar donde todo se ve pintadito, pintado", añade con sorna.
Un poco más adelante, el paisaje desmiente cualquier pretensión de ciudad maquillada. En el portal ruinoso de un edificio que perdió hace años parte de su techo, una pareja ha instalado su precario hogar. Bolsas, maderas y plásticos delimitan una vivienda sin puertas ni paredes. De los balcones y aleros brotan árboles que parecen empeñados en terminar el trabajo de demolición. Nadie se atreve a pasar bajo aquella estructura por temor a un derrumbe, pero ellos viven allí.
Doblamos a la derecha en la avenida Carlos III. Frente al centro comercial, una mujer ofrece baratijas sobre una manta extendida en la acera. El triciclo se detiene y el conductor aprovecha para secarse el sudor. "Eso es en dólares, no se me ha perdido nada allí porque yo no tengo", sentencia mientras señala el establecimiento.
Miro hacia las puertas de la Plaza. Una anciana encorvada levanta la mano cada vez que alguien se acerca y pide "algo para comer". Su voz apenas consigue abrirse paso entre el ruido de los motores y el trajín de la calle. La Habana se ha convertido en una ciudad donde todos perseguimos desesperadamente algo: una señal de internet, un techo, aunque amenace con desplomarse, unos dólares o, simplemente, algo tan elemental como poder comer cada día.
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