Crónica
La Habana, en estado crítico
Crónica
La Habana/Cuando se acerca un ciclón, las calles de La Habana toman otra velocidad. El paso se acelera, los vendedores ofrecen con más insistencia su mercancía y los pequeños negocios apuran el cierre antes de que comiencen a soplar los vientos. Este viernes no se espera un huracán, pero la ciudad por la que transito parece aguardar por un monstruo que supera cualquier nivel en la escala Saffir-Simpson. El miedo no lo provocan las posibles ráfagas, sino la parálisis total de un país por falta de combustible.
En el mercado de la calle Tulipán me aguardan varios puestos de venta ya cerrados por la crisis energética. "Mañana no vuelvo, estamos en estado crítico", grita en una conversación, desde su móvil, un comerciante con una tarima que hasta hace unas jornadas estaba repleta de productos importados. La gente prefiere alimentos que no necesiten refrigeración ante el temor de que los apagones, que ya se han multiplicado en las últimas horas, sigan aumentando hasta oscurecer del todo la ciudad.
Pongo en la bolsa dos paquetes de maní en grano. No necesitan conservarse a temperaturas bajas, tienen bastantes nutrientes y, en caso de que no funcione el servicio de gas, pues no será un gran sacrificio comerlos crudos. Descarto los huevos, aunque me hagan falta. Solo los están vendiendo por cartón, con 30 unidades a 3.200 pesos, y temo que se echen a perder si los cortes eléctricos se alargan. Agrego unas cebollas y un mazo de cilantro. Lo poco que he comprado me cuesta más de 4.000 pesos, por encima de una pensión mensual promedio.
Un joven ironiza con que pronto habrá que venir al mercado con una carretilla porque el peso cubano se sigue devaluando y los precios se mantienen subiendo. Me imagino empujando billetes en uno de esos improvisados carritos con los que, cuando niña, ayudaba a acarrear agua hacia mi casa en Centro Habana. La vida tiene esa manera de regresarnos a un punto que creíamos superado y hacerlo de una forma que nos haga sentir nostalgia de los tiempos en que cargábamos agua y no papeles inútiles hacia mercados casi vacíos.
En toda la zona por la que transito da la impresión de que una mano, desde los cielos, ha volcado un inmenso cubo de basura. A los desperdicios que se acumulan en las esquinas, formando montañas de cartones, bolsas y plásticos, se le suman los desechos que hay por todas partes. No logro recorrer con mi vista un solo metro cuadrado donde no haya alguna inmundicia, rotura o hueco. Yo misma me siento algo astillada. Tengo dolor en las pantorrillas de tanto subir y bajar 14 pisos por las escaleras a falta de electricidad que mueva el ascensor. Me di un golpe en el codo levantando unas bolsas de tierra para sembrar algunas especias en mi terraza, de cara a la "opción cero", y en las noches duermo poco por el sobresalto de la electricidad que viene y va, generando zumbidos, clics y gritos que brotan del vecindario.
Ahora, a las afueras del mercado la prisa es evidente. "Coge tus últimos ajos aquí antes de que me vaya", grita un hombre, sin camisa, acompañado por una adolescente. Son apenas las nueve de la mañana, así que la amenaza de su partida no tiene nada que ver con el horario del mercado. "Ya no vengo más, aprovecha ahora", subraya por si alguien no entendió que esta es la última jornada en que tiene transporte para llegar hasta la calle Estancia, plagada de baches y donde tradicionalmente, si los inspectores no irrumpen, se extienden desde puestos con pomadita china, pasando por máquinas de afeitar desechables hasta cilindros de gas licuado.
Pero hoy la película va en cámara aún más rápida. Como aquellas escenas grabadas al inicio del cine, que se filmaban con menos fotogramas por segundo y, al reproducirlas en nuestros días dan la idea de muñecos de cuerda que se mueven frenéticamente de un lado a otro, mis vecinos y yo también parecemos estar "fuera de revoluciones", nunca mejor dicho. La escena no podría ser más contrastada. Arriba un cielo azul de postal turística que invita a la calma y, abajo, nos movemos nerviosamente entre la cochambre y el desespero.
Una moto me pasa a rente porque camino por la calle. Las aceras están devastadas y son un peligro para los tobillos. Pero el conductor no me grita un insulto ni me pregunta con ironía si acaso tengo "chapa". Una extraña comprensión del otro, un ponerse en los zapatos de cada uno ante el colapso que estamos viviendo parece haberse extendido por los alrededores del mercado. En mi sucio barrio, al menos por estos días, "el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano", o, más ajustado a la realidad: sufren juntos y evitan machucarse unos a otros.
Una viejita se me pega cuando estoy comprando unos diminutos claveles con más hojas que pétalos. "Dame algo para comer", me dice con voz queda. Tiene la piel del rostro tan pegada al cráneo que le adivino cada tendón, cada músculo que pasa por debajo. Ya no se sabe ni qué cantidad empieza a ser una dádiva decente. ¿Si le doy 50 pesos se sentirá insultada porque no alcanza ni para comprar un huevo?, me cuestiono. ¿Cien sigue siendo demasiado poco para que esta anciana pueda comer algo? Hasta ser generoso en tiempos de caos monetario resulta difícil. Uno no sabe cuándo va a ayudar o a denigrar a alguien con estos inservibles papeles de colores que conforman nuestra moneda nacional.
Además, hay un polvo gris que lo cubre todo. Cae sobre nuestras cabezas. Son los basureros a los que han prendido fuego. Si me asomo desde el balcón los veo humeando aquí y allí, salpicando la geografía habanera. La ciudad huele como una aldea medieval donde las llamas tratan de hacer lo que en la modernidad es el trabajo de los servicios comunales. Una vecina me cuenta que sus crisis de asma se han multiplicado, que los ojos le lloran todo el tiempo y que se encierra en su cuarto, bajo la sábana, a ver si la peste y el humo no la alcanzan.
Apuro el paso cerca de la montaña de desperdicios más próxima a nuestro edificio. Dominando el paisaje, en el cartel sobre el Ministerio del Transporte, se lee "hasta la victoria siempre". Hay un joven hurgando en los desechos. Espero que termine para tomar una foto. Si antes la pobreza se veía con más crudeza entre la gente mayor, ahora hay un sector de niños y adolescentes cubanos que llevan en el rostro las señales del hambre. Tienen esa extrema delgadez y ese color amarillento del que solo come, de vez en cuando, pequeñas porciones de malos alimentos.
Regreso a casa y paso por un comercio gestionado por una mipyme. Estamos en apagón. El antiguo garaje reconvertido en pequeña bodega parece una cueva oscura. Un cliente se queja de que no puede hacer su pago electrónico porque no hay electricidad ni conexión de datos. La empleada se encoge de hombros y responde: "Bastante que estamos abiertos, porque mañana no se sabe si podremos". Una atmósfera de despedida lo embarga todo. Nadie tiene la certeza de si la tienda del barrio abrirá la próxima semana, de si el conductor del triciclo eléctrico que lleva mercancías de un lado a otro habrá podido cargar su batería, de si el paciente crónico de la casa cercana sobrevivirá a la falta de un transporte que lo lleve a un Cuerpo de Guardia. Nos despedimos entre todos, también, en cámara rápida.
Llego a los bajos de mi bloque de concreto. Bromeo con un vecino que advierte que es la tercera vez que hoy me ha visto subiendo las escaleras. "Estoy entrenando para un maratón", le respondo. Sí, me estoy preparando para una carrera de fondo, aunque para el tramo que queda por delante hace falta más fuerza interior que unas rodillas firmes. Finalmente, llego arriba. Me asomo. El humo de otro basurero ha surgido en el horizonte. Creo que sale de allá, del barrio donde acarreaba agua siendo niña.
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