La Habana huele a gasolina y a aguas albañales
Crónicas de La Habana
Mientras el negocio del combustible acelera obras en Ayestarán, la basura, las ruinas y los sin techo se extienden por la ciudad
La Habana/La Habana de estos días huele a gasolina y a aguas albañales, a combustible recién trasegado y a aguas negras que corren por las calles. Dos olores se disputan la ciudad: uno anuncia negocio y el otro confirma el abandono.
En Ayestarán casi nada se construye. No crecen edificios, no aparecen viviendas nuevas ni se ven sacos de cemento apilados en los portales. La excepción está en el servicentro cercano al poligráfico de periódicos y al Ministerio de las Fuerzas Armadas, donde una excavadora remueve la tierra y abre un boquete descomunal. En el hueco donde enterrarán los nuevos tanques de combustible cabe media ciudad, con sus necesidades incluidas.
La economía de la gasolina que llega desde Estados Unidos mueve máquinas y despierta codicias. En los clasificados ya parece haber más diésel que pollo, más combustible que harina. "Dime cuántos litros necesitas" podría ser el lema de estos tiempos. Todos quieren agarrar la manguera mientras las aceras se deshacen, las fosas rebosan y los Cuerpos de Guardia agonizan sin medicamentos ni personal.
Cerca de Carlos III y Ayestarán una mujer se me acerca con un gato naranjoso entre los brazos. El animal tiene una mansedumbre de peluche. Me pide dinero "para comer él y yo". Le paso un par de billetes. He visto pedir con niños, perros, ancianos, recetas médicas y radiografías. Con un gato, nunca.
En Reina no ha llegado la prosperidad de quienes controlan bombas y surtidores. Allí huele a cloaca y a final. Junto al Palacio de Aldama, otra ruina que amenaza con desprenderse hacia Monte, una mujer pide dinero acompañada por un niño de rizos preciosos. Más adelante, frente a los restos del hotel Isla de Cuba, dos hombres escarban una montaña de basura. Alrededor de los contenedores desbordados se comercia, se rebusca, se sobrevive.
Busco unos pies de amigo en el mercado frente a la antigua tienda La Sortija, una candonga de ferretería. Esos soportes que sirven para sostener las tablas de un librero o colgar una planta no están en ninguna de las múltiples tarimas de la bien surtida feria. Los libros y la naturaleza tendrán que esperar.
Regreso por Reina. Hay calles habaneras que están compitiendo por alzarse con el mayor premio en el campeonato del infierno. Esta clasifica bien, aunque Monte le gana por unos puntos.
Los parques, mientras tanto, se han convertido en viviendas. El oficialismo organiza razzias policiales para sacar a quienes duermen entre bancos y maleza, pero siempre regresan. El parque del Curita, escenario reciente de uno de esos operativos, vuelve este jueves a ser casa de los sin casa, territorio del trapicheo y cuna de almendrones y triciclos enclenques que parecen a punto de volcarse en cada bache.
En los portales de Carlos III, los objetos rescatados de la basura forman una falsa feria del reciclaje: cargadores de móviles de hace una década, una resistencia de cocina y un vestido negro de lentejuelas comparten espacio. Ruina y glamur. Despojos y candilejas. Más adelante, una señora ofrece unas guayabas tan verdes y esmirriadas que me duele la mandíbula con solo mirarlas.
Afuera de la Plaza de Carlos III han acampado un hombre y una mujer. Él lleva un pie vendado; ella duerme encogida. En una ciudad sin refugios, bebederos públicos ni sitios donde lavar gratuitamente la ropa, la intemperie termina pegándose a la piel y huele, huele mucho.
No aparece ningún triciclo que suba por Ayestarán así que sigo a pie. A ratos vuelve el olor del combustible. La Habana huele a gasolina, sí, pero persiste otro tufo que ninguna excavadora parece dispuesta a enterrar.