La Habana mira el Mundial sin luz y desde la acera
Mundial de Fútbol
En Regla, vecinos, choferes de triciclos y hasta policías se detuvieron frente a un bar con planta eléctrica durante el partido entre Argentina y Cabo Verde
La Habana/“No vine a consumir. Vine a ver el fútbol”, dice un hombre de unos cincuenta años mientras estira el cuello hacia la pantalla en el interior de un bar. La Habana apagada también quiere ver el Mundial de fútbol. Y mientras buena parte del barrio permanecía a oscuras, un bar con planta eléctrica y varios televisores encendidos atrajo a vecinos, transeúntes, choferes de triciclos y hasta policías durante el partido entre Argentina y Cabo Verde.
En una calle de Regla, este viernes, el único estadio posible era la acera. Dentro del local, las pantallas, las luces de colores, las botellas alineadas en la barra y los clientes sentados ofrecían una escena casi normal: fútbol, conversación, bebidas y aire de fiesta. Afuera, en cambio, la multitud improvisada seguía el juego desde lejos, al borde de la calle, como si la electricidad hubiera trazado una frontera entre quienes podían consumir la alegría del Mundial y quienes apenas podían asomarse a ella.
La escena, documentada por este diario, se repite por estos días en distintos puntos de La Habana. Los bares y restaurantes con plantas eléctricas se han convertido en refugios luminosos en medio de los apagones, pero también en escaparates de una desigualdad cada vez más visible. El que puede pagar se sienta frente al televisor; el que no, mira desde la calle, entre portales oscuros y cables cruzados sobre la avenida.
Los policías, desplegados para controlar aglomeraciones y evitar protestas, también quedan atrapados por la curiosidad del partido. En la Cuba de los apagones, también los uniformados terminan gravitando hacia cualquier pantalla encendida. Mientras los gritos, insultos y abucheos estuvieran dirigidos al árbitro, a un defensa distraído o al equipo rival, nadie parecía inquietarse demasiado. El deporte ofrece uno de los pocos espacios donde la gente todavía puede gritar en público sin que cada palabra parezca un delito.
El Mundial, uno de los pocos espectáculos realmente populares y transversales, llega a Cuba en medio de una crisis energética que ha convertido actividades elementales –cocinar, dormir, cargar un teléfono, refrescar una habitación– en privilegios intermitentes. Ver un partido completo ya no depende solo de tener televisor, sino de vivir en una zona con servicio eléctrico, disponer de datos móviles, tener acceso a una planta o encontrar un negocio privado que mantenga las luces encendidas.
“Antes uno veía el fútbol en la sala de la casa”, dice el hombre de cincuenta años, sin moverse de la acera, mientras el partido finaliza en las pantallas del bar. Ahora, añade, hay que salir a buscar dónde hay luz, como en los años 90. Pero con una diferencia: entonces, cuando se iba la corriente, se iba para todos. “El bloque completo quedaba a oscuras”, recuerda. Hoy, en cambio, algunos pueden comprarse su pedacito de luz.
El partido entre Argentina y Cabo Verde terminó siendo, para esos vecinos de Regla, menos una cita deportiva que una lección de supervivencia urbana. En Cuba, incluso la alegría necesita combustible.