El libro habanero de Saramago

El pasado 16 de noviembre el novelista portugués hubiera cumplido cien años, pero muy pocos lo recordaron en Cuba

"La casa que veo en las fotografías, desde luego, no es la de un proletario, sino la de un cumplido y próspero novelista". (14ymedio)
"La casa que veo en las fotografías, desde luego, no es la de un proletario, sino la de un cumplido y próspero novelista". (14ymedio)

Una colega viaja a Lanzarote –la isla más oriental del archipiélago canario– y me remite, a su regreso, unas fotos de la casa donde vivió José Saramago. Desde siempre admiré al portugués, famoso por sus grandes espejuelos, su prosa amarga y descreída, su reflexivo ateísmo y su fervor, cicatrizado en la vejez, por la utopía comunista.

La casa que veo en las fotografías, desde luego, no es la de un proletario, sino la de un cumplido y próspero novelista. La merece, no hay duda. Se la ganó con la escritura, no con la limosna y la adulonería de los gobiernos. Bellos tinteros sobre una repisa, retratos de los amigos, la cama en la cual murió, una mesita verde donde me gustaría fumar, palmeras y cactus en el patio y, a lo lejos, un paisaje que él describió como "oscuro, cubiertos de trozos de lava triturada".

Y libros. Muchos libros. Legiones de tomos que ahora descansan sobre las butacas y las estanterías. Títulos en varias lenguas y de múltiples culturas. Volúmenes de un escritor que viajó, soñó y fabuló intensamente, pues no de otro modo se debe vivir, soñar y fabular.

Hace unos días –el 16 de noviembre– Saramago hubiera cumplido cien años. Pocos lo recordaron en Cuba, isla áspera y también volcánica, como Lanzarote, donde el novelista fue bienvenido hasta que pronunció, famosamente y para mortificación de Castro, aquello de "hasta aquí he llegado".

Tengo entendido que colgaron unos cartelones en la Biblioteca Nacional y que se reunió la cuadrilla de siempre, para formalizar el entierro. Saramago donó los derechos de sus obras a una isla que acabó fusilando, para horror suyo, a los cubanos que en 2003 trataron de abandonar nuestra opresiva balsa de piedra.

"Lo malo que tienen las islas", había escrito el lúcido portugués un par de años antes, "es cuando se ponen a imitar el mar que las rodea. Cercadas, cercan".

"Lo malo que tienen las islas", había escrito el lúcido portugués un par de años antes, "es cuando se ponen a imitar el mar que las rodea. Cercadas, cercan"

Entre las fotografías viene una de la mesita de noche de Saramago. Bajo sus espejuelos, ya definitivamente cerrados, hay un ejemplar de los Cuadernos de Lanzarote. Son sus diarios de 1993 a 1997, fecha en que por aburrimiento o exceso de trabajo los abandonó. Al año siguiente y después de una larga espera, los suecos le concedieron el Nobel de Literatura.

Es una década trepidante: el fin del siglo. En la clásica edición de Alfaguara que tengo en mis manos, los Cuadernos reflexionan sobre la hipocresía de Diana de Gales y Teresa de Calcuta, el ridículo de Gorbachov actuando en un comercial de pizzas y el fracaso del proyecto comunista; transcriben cartas de creyentes enfurecidos por El Evangelio según Jesucristo y dan cuenta de cómo se escribió Ensayo sobre la ceguera; en ellos, Saramago es íntimo, cortés, irónico y entrañable, como si conversara en la mesita verde de su patio en Lanzarote.

Y desde luego, hay abundantes referencias a Cuba, a Roberto Fernández Retamar –la eminencia gris de Casa de las Américas–, a Cabrera Infante, al tándem Castro-Guevara, y a la versión criolla del socialismo durante su Período Especial.

En mayo de 1993, el joven poeta Almelio Calderón –hoy exiliado– le envía una carta escrita a lápiz. "Nuestra política editorial es muy lenta. En estos momentos hay una gran crisis con el papel", le cuenta, antes de admitir nerviosamente: "No hay". Alimentado por una esperanza en el cambio que no fue, el muchacho sin bolígrafo concluye diciendo: "Aquí se están viviendo momentos históricos, muy únicos, muy importantes, muy intensos, que espero que la historia sepa recibirlos en sus páginas".

Sigo hojeando. El 5 de enero de 1994 se malogra un viaje a la Isla, que él interpreta como "la última oportunidad de volver a la Cuba socialista que respeto y admiro". Al final de ese año, aún prometía defender a Castro por encima de Clinton.

Siente la novela posible como un mandato del difunto. "Matías Pérez, ¿quién eres tú?", anota varias veces en Lanzarote, en Lisboa, en Madrid o en Río de Janeiro

El vínculo más hondo de los Cuadernos con Cuba es la obsesión que se apoderó de él al leer el bellísimo Muestrario del mundo, de Eliseo Diego. En 1993, Eliseo –"uno de los grandes poetas de este siglo, y lo dije dentro y fuera de Cuba", anota Saramago– acababa de ganar el Premio Juan Rulfo. Poco después, la muerte fue a tocar su "modesta puerta".

Acongojado por la amistad que no fue, el novelista se retira a su biblioteca a hojear la poesía completa de Eliseo. Y he aquí que se produce un hallazgo: "Matías Pérez" –proclama un conocido pasaje del cubano, que le suena a conjuro– "toldero de profesión, qué había en los inmensos aires que te fuiste por ellos, portugués, con tanta elegancia y prisa".

Siente la novela posible como un mandato del difunto. "Matías Pérez, ¿quién eres tú?", anota varias veces en Lanzarote, en Lisboa, en Madrid o en Río de Janeiro. Sueña con el globo aerostático, investiga –"quería saber el cómo y el cuándo de tan apetecible historia"– y escribe a Retamar rogándole una pista, una silueta del portugués que desapareció sobre las azoteas de La Habana. "¿Quién sabe si no iré a Cuba a descubrir el misterio de Matías Pérez" ¿O si no tendré que inventarlo de los pies a la cabeza?", apunta, y se da por vencido.

El final de la historia es, lo lamento, muy poco romántico. El siniestro Retamar responde años después con una carta. Dentro del sobre, bien doblado, viene un artículo de periódico sobre Matías Pérez casi en tono forense, que termina así: "Las autoridades militares de la época hicieron una investigación que calificaron de minuciosa. No hubo ninguna señal. Meses después se encontraron en unos cayos próximos a Isla de Pinos los restos de un globo".

Saramago tiene que haber descuartizado el recorte, quién sabe si dictado por el comisario Retamar para desanimar la escritura de aquella historia, la novela habanera que José Saramago pudo haber escrito. Retamar, como Mefistófeles, vino luego a reclamarle el favor: a cambio del periódico, necesitaba para su revista un "breve retrato" de Guevara.

El 2 de julio de 1996, en su biblioteca de Lanzarote, Saramago mencionó a Matías Pérez por última vez: "Si tengo tiempo y no me falta ánimo, tal vez un día salga en su busca".

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