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La magia de Harry Potter llega a La Habana con precios de hechicería

Cultura

En la cuarta convención dedicada al famoso mago, las varitas cuestan 3.000 pesos y los libros alcanzan los 12.000

Un libro podía costar cerca de cuatro salarios, pero sumar puntos para Gryffindor, Slytherin, Hufflepuff o Ravenclaw seguía siendo gratis. / 14ymedio
Juan Diego Rodríguez

25 de octubre 2026 - 15:14

La Habana/Por unas horas, este domingo, los hechizos, las escobas voladoras y las capas de mago se adueñaron de un rincón de La Habana Vieja. En el Museo de la Pintura Mural, los niños acudieron disfrazados a la cuarta convención de Harry Potter, donde participaron entusiasmados en juegos para sumar puntos a sus respectivas casas de Hogwarts. Por los altavoces sonaban las melodías de las películas y entre las columnas coloniales aparecían referencias al universo creado por la escritora británica J. K. Rowling. La diversión era gratuita, pero llevarse un recuerdo a casa podía costar una pequeña fortuna.

Una varita mágica se vendía por 3.000 pesos, casi el equivalente al salario mínimo mensual cubano, fijado en 3.210. Las pequeñas brujas de artesanía alcanzaban los 3.500 pesos y los libros relacionados con la saga oscilaban entre 10.000 y 12.000. Un ejemplar de este último precio representa casi cuatro salarios mínimos, una cantidad difícil de justificar en el presupuesto de cualquier familia que dependa exclusivamente de los ingresos estatales.

Uno de los lugares más concurridos era el Callejón Diagon, la versión habanera de la famosa calle comercial del mundo de Harry Potter. / 14ymedio

La entrada al evento, que comenzó a las once de la mañana, era libre. Los niños, muchos de ellos vestidos con capas, corbatas y uniformes inspirados en los personajes de las películas, podían participar en las actividades organizadas sin necesidad de gastar dinero. Entre concursos, juegos y fotografías, los pequeños parecían estar disfrutando de una jornada poco habitual en una ciudad donde las opciones recreativas para las familias suelen verse limitadas por la crisis económica.

Uno de los lugares más concurridos era el Callejón Diagon, la versión habanera de la famosa calle comercial del mundo de Harry Potter. Un cartel identificaba el espacio, donde los vendedores habían desplegado una variedad de artículos relacionados con la fantasía. Había varitas, libros, collares, pulseras, figuras coleccionables, muñecos tejidos y otros objetos de artesanía. 

El comercio, sin embargo, no se limitaba a Hogwarts: los puestos también ofrecían muñecos de personajes del manga y el anime japonés, cartas de Yu-Gi-Oh! y mercancías de otras franquicias. Junto a las varitas, los libros y las pequeñas brujas de artesanía, los comerciantes vendían hasta naves de Star Wars. También ofrecían copiar las películas de Harry Potter y sus videojuegos para computadoras, una práctica habitual en Cuba, donde la reproducción y distribución informal de contenidos audiovisuales y programas informáticos, sin pagar derechos de autor, se ha extendido durante décadas. Estas actividades se desarrollaban abiertamente en el museo, sin que este diario observara impedimentos por parte de las autoridades.

Los puestos también ofrecían muñecos de personajes del manga y el anime japonés, cartas de Yu-Gi-Oh! y mercancías de otras franquicias. / 14ymedio

Los precios variaban según el artículo y la experiencia. Por 100 pesos, por ejemplo, los asistentes podían ponerse un sombrero o una diadema de Ravenclaw, una de las cuatro casas de Hogwarts, y posar para una fotografía. Eso sí, el retrato debían hacérselo con su propio teléfono móvil. La tarifa correspondía únicamente al uso momentáneo de los accesorios.

El ambiente estaba cuidadosamente preparado. Un cartel de búsqueda de Sirius Black, referencias al célebre andén 9¾ y una figura de aspecto fantasmal suspendida del techo ayudaban a transformar las galerías del museo en una especie de escuela de magia. Las bandas sonoras de las películas completaban la ilusión, mientras los asistentes recorrían los puestos, participaban en los juegos o posaban para las fotografías.

El lugar elegido aportaba buena parte del encanto. El Museo de la Pintura Mural ocupa una de las casas más antiguas de La Habana, vinculada a Antón Recio, un importante vecino de la villa en el siglo XVI. Sus paredes conservan testimonios de distintas épocas de la pintura decorativa y sus patios y galerías permiten asomarse a la arquitectura colonial. La institución, inaugurada como museo en 2006, se dedica a la conservación y divulgación de ese patrimonio.

Un ejemplar de un libro representa casi cuatro salarios mínimos. / 14ymedio

La intención de los organizadores era precisamente aprovechar ese escenario para mezclar la ficción de Harry Potter con la historia y las leyendas cubanas. Joel Arturo Salazar, conocido entre los aficionados como SteamLord y responsable de la convención desde su primera edición, había anunciado juegos participativos, concursos de conocimientos, clases temáticas y exposiciones. El programa incluye además una feria de adopción de mascotas y una muestra de animales autóctonos vinculados con mitos de la Isla, aunque este diario no observó nada relacionado con esa actividad durante la visita. 

El encuentro, apoyado por la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, demuestra que la pasión por la saga conserva seguidores de distintas generaciones en Cuba. La iniciativa llega además a un espacio patrimonial que en los últimos meses ha desarrollado nuevas fórmulas de gestión y programación cultural mediante un convenio con un equipo independiente de restauradores y artistas.

Por 100 pesos, los asistentes podían ponerse un sombrero o una diadema de Ravenclaw y posar para una fotografía. / 14ymedio

La afición por Harry Potter tampoco es nueva en la capital. En octubre de 2024, la segunda edición de esta convención se celebró en la Vitrina de Valonia, otro espacio cultural de La Habana Vieja. Los encuentros han permitido reunir a seguidores de las novelas y películas, pero también a pequeños emprendedores que comercializan artesanías, accesorios y objetos de colección.

Este domingo, entre las paredes centenarias del museo, los más pequeños parecían ajenos a las preocupaciones económicas de los adultos. Habían venido a divertirse, a representar a sus casas de Hogwarts y a disfrutar de una fantasía compartida. Un libro podía costar cerca de cuatro salarios, pero sumar puntos para Gryffindor, Slytherin, Hufflepuff o Ravenclaw seguía siendo gratis. Y por unas horas, al menos, ningún hechizo fue necesario para arrancarles una sonrisa.

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