La Marina, el barrio matancero donde la transformación no llega

Cuba

Entre aguas albañales, casas que se caen y promesas oficiales, un vecindario sobrevive a duras penas

En La Marina, a vida cotidiana transcurre entre charcos verdosos, muros resquebrajados y la sensación de que el tiempo se quedó varado en una promesa incumplida.
En La Marina, a vida cotidiana transcurre entre charcos verdosos, muros resquebrajados y la sensación de que el tiempo se quedó varado en una promesa incumplida. / 14ymedio
Julio César Contreras

16 de enero 2026 - 13:38

Matanzas/A dos cuadras del centro histórico de Matanzas, se extiende el barrio de La Marina. No hace falta adentrarse demasiado para que el olor lo diga todo: aguas albañales estancadas, basura acumulada en las esquinas, un tufo persistente que se pega a la ropa y acompaña cada paso. Aquí, la vida cotidiana transcurre entre charcos verdosos, muros resquebrajados y la sensación de que el tiempo se quedó varado en una promesa incumplida.

Xiomara camina despacio por el borde de la acera, esquivando el agua sucia que baja por la calle como si fuera un riachuelo paralelo al San Juan. Tiene 58 años y ha aprendido a medir las palabras con el mismo cuidado con que mide los pasos. “Estoy cansada de explicar lo mismo”, dice. Vive con su padre, encamado desde hace más de un año, en una casa que amenaza con desplomarse. 

Necesitan una cama Fowler, una solución mínima para una vejez inmóvil. “El presidente del Consejo Popular lo sabe, el Delegado también. Vienen, miran el techo de tejas, preguntan dos cosas y se van. Siempre se van”. La única pensión que entra en la casa es de 3.000 pesos. Cuando llueve, el agua invade el cuarto. Cuando no llueve, la humedad se queda igual.

“Seguimos haciendo una sola comida al día, mal hecha y a deshora”

Tras varias visitas oficiales, Xiomara y su padre fueron incluidos en el llamado Sistema de Atención a la Familia. En el papel, eso significaba mejoras: arreglo del baño, ropa de donación, una hornilla eléctrica. En la práctica, nada cambió. “Seguimos haciendo una sola comida al día, mal hecha y a deshora”, cuenta. La palabra “vulnerable” aparece una y otra vez en los informes, pero nunca se traduce en una solución concreta. “A la hora mala, nadie aparece”.

La Marina fue declarada por el gobierno como “barrio en transformación”, una etiqueta que no logra disimular la persistencia de los problemas más elementales. En la calle Jovellanos, Alberto señala un salidero que lleva años impidiendo el paso. El agua sucia se acumula y se convierte en criadero de mosquitos. “Cuando me mudé aquí en 2006 ya existía”, dice. Ha reclamado a Acueducto y Alcantarillado más veces de las que recuerda. El año pasado, varios vecinos enfermaron de dengue y chikunguña. “Parece que van a tapar el hueco cuando alguno de nosotros se muera”, ironiza, sin rastro de risa.

Las llamadas acciones transformadoras apenas se perciben. En los pasillos interiores, donde se apiñan cuartos diminutos, la humedad sube por las paredes y agrieta los techos. En las viviendas más antiguas, las grietas avanzan como mapas del abandono. “Los trabajadores sociales vienen, hacen levantamientos, llenan papeles”, comenta un empleado de una cafetería particular. Ha pedido materiales de construcción durante años. “Los números no sostienen paredes”.

En una casa pintada de verde y rojo, Marlene, madre soltera, vende cigarros y otros productos desde la ventana.
En una casa pintada de verde y rojo, Marlene, madre soltera, vende cigarros y otros productos desde la ventana. / 14ymedio

La economía informal es parte inseparable del paisaje. En una casa pintada de verde y rojo, Marlene, madre soltera, vende cigarros y otros productos desde la ventana. No es un secreto ni pretende ocultarlo. “No necesito charlas de la FMC [Federación de Mujeres de Cuba], necesito dinero para criar a mi hija”, dice. Tiene dos multas sin pagar. Los inspectores pasan con frecuencia. “Que me lleven presa si quieren. Esto es un abuso contra el pueblo indefenso”. En La Marina se puede conseguir casi cualquier cosa, siempre que se sepa a quién preguntar y cuánto pagar.

Los llamados trabajos preventivos con menores y personas vulnerables se sienten más como mecanismos de control que como ayuda real. La pobreza sigue ahí, sentada en las aceras, esperando que vuelva la corriente para encender el fogón o que aparezca algo que echarle a la olla. “Los de afuera hablan del ambiente marginal”, comenta Marlene con una mezcla de cansancio y orgullo. “Yo digo que si no fuera por el apoyo entre vecinos, esto ya no existiría”.

En una esquina, dos hombres revisan una pila de basura, buscando algo que aún sirva.
En una esquina, dos hombres revisan una pila de basura, buscando algo que aún sirva. / 14ymedio

En una esquina, dos hombres revisan una pila de basura, buscando algo que aún sirva. Más allá, una mujer cruza la calle con una jaba, apresurada, como si el día no alcanzara. En otra cuadra, un hombre se apoya en el marco de una puerta carcomida, mirando hacia adentro de una casa oscura. Son escenas que se repiten, que construyen la identidad del barrio más allá de cualquier diagnóstico oficial.

La Marina sobrevive a fuerza de costumbre, solidaridad y resistencia. No es un lugar definido solo por la pobreza, sino por la obstinación de su gente en permanecer. Entre la fetidez de las aguas albañales y las promesas que no llegan, el barrio sigue latiendo. Y en ese latido, áspero y desigual, se condensa buena parte de la Matanzas que no sale en los planes de inversiones ni en la prensa oficial.

También te puede interesar

Lo último

stats