¿Quién mató a Mella?

Historia sin Histeria

Se han lanzado todo tipo de teorías sobre quién fue el autor intelectual de la muerte de Mella, lo complejo es que casi todas las hipótesis están demasiado salpicadas de ideología

Retrato de Julio Antonio Mella en México (1929)
Retrato de Julio Antonio Mella en México (1929) / Tina Modotti
Yunior García

23 de marzo 2024 - 17:24

Madrid/En la noche del jueves 10 de enero de 1929, dos jóvenes escandalosamente hermosos pasean por una calle mexicana. En una habitación cerca de allí hay fotos que algunos podrían considerar indecentes. No solo han hecho el amor hasta deshidratarse en todos los rincones de aquel espacio durante los últimos cuatro meses, sino que ella ha querido inmortalizar la gloria de sus cuerpos desnudos. Él todavía no ha cumplido los 26 y ella está a punto de rozar la edad de Cristo. Él ha dejado en Cuba a una esposa y a un niño pequeño. Ella tiene otros y otras amantes.

En la esquina de Abraham González y Morelos suenan dos disparos. Una bala de revólver calibre 38 le entra a Mella por el codo izquierdo y le atraviesa el intestino, la segunda le desgarra un pulmón. Él cae al suelo, desangrándose. Ella grita por ayuda y se arrodilla junto a él. Una ambulancia traslada el cuerpo hasta el hospital de la Cruz Roja. Cuando inevitablemente muere, Tina le cierra los ojos y hace lo que mejor sabe hacer en este mundo: flash sobre el rostro del cadáver, que sigue siendo extrañamente hermoso.

El oficialismo culpa a Machado, sin cuestionar ninguna otra posibilidad

A partir de ahí se han lanzado todo tipo de teorías sobre quién fue el autor intelectual de la muerte de Mella. Lo complejo es que casi todas las hipótesis están demasiado salpicadas de ideología. El oficialismo culpa a Machado, sin cuestionar ninguna otra posibilidad. La oposición insiste en señalar a los propios comunistas, ya sean cubanos, mexicanos o sicarios enviados directamente por Stalin. Los devotos de Agatha Christie apuestan por el triángulo amoroso y el crimen pasional. Hay tanto material en las redes asegurando ser “la verdad definitiva” sobre este caso, que cualquier lector encontrará alguna versión “concluyente” que satisfaga sus propios prejuicios ideológicos.   

Es una historia fascinante, en eso sí estamos de acuerdo. Comenzando por el hecho de que ni Tina ni Julio Antonio eran sus verdaderos nombres. La Modotti en realidad se llamaba Assunta Adelaide Luigia, un poco menos sexy que Tina. Y él fue inscrito en La Habana como Nicanor Mc Partland y Diez, menos sexy todavía.

Hijo de una relación adúltera, el pequeño Mella querría comerse el mundo desde su cuna. De niño, creció escuchando anécdotas sobre su abuelo Matías Ramón, un prócer dominicano. Cuando viajó a Estados Unidos, siendo todavía adolescente, mintió sobre su edad para alistarse en el Ejército. Lo sacaron de allí por las orejas y lo hicieron regresar a Cuba. A los 17 intentó lo mismo en México, pero la nueva Constitución se lo impedía, por el hecho de ser extranjero. Entonces, ya que el destino le negaba a patadas el sueño de las armas, decidió abrazar el comunismo. Una decisión fatal, pero comprensible, en una época empachada de utopías.

Es conocido que Mella fue detenido por unas bombas que estallaron en la taquilla del teatro Payret en septiembre de 1925

Es conocido que Mella fue detenido por unas bombas que estallaron en la taquilla del teatro Payret en septiembre de 1925. También lo es que el joven se declaró en huelga de hambre, aguantando durante 17 días, hasta sufrir un ataque cardíaco. Lo que el régimen evita decir en voz alta es que el propio Partido Comunista fundado por Mella lo expulsó tras su huelga. La acción fue calificada como insubordinación y “oportunismo táctico”. Lo acusaban de tener nexos con la burguesía y “falta de sentimientos de solidaridad”.

Decepcionado, Mella hizo lo que antes hicieron casi todos sus referentes históricos: partir al exilio. Pero los comunistas mexicanos tampoco lo recibirían solo con sonrisas y abrazos. Allá también Mella mostraría su lado insumiso, generando una mayor crisis entre las filas de los partidarios de Trotski o de Stalin.

Para esas alturas ya eran muchos los interesados en su muerte. Más allá de las diferencias y las posiciones políticas, había algo mucho más vulgar en el deseo de aniquilarlo: la envidia. Mella lo tenía todo, era alto, atractivo, atlético, sensual, inteligente, carismático, audaz… y encima tenía leyenda. Juan Marinello diría que, conocerlo, era creer en él. Tanto para sus enemigos, como para los aliados que aspiraban a alcanzar alguna pizca de protagonismo, Mella era un obstáculo demasiado cargante.  

Una amiga que odia el comunismo, pero que admira a esta polémica figura, me dice que no ve al Mella de hoy en ninguna de las probetas de la FEU, la UJC o la AHS, muchísimo menos en los insulsos presentadores de Con Filo. Para mi amiga, el Mella de hoy seguramente está en alguna celda oscura, o tal vez en el exilio, mientras otros planifican su muerte.

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