San José de las Lajas
Con los mercados vacíos, los jubilados se quedan sin vender jabas para sobrevivir
San José de las Lajas
San José de las Lajas/A las siete de la mañana, cuando el sol apenas ha terminado de salir, Aurelio ya está sentado en el banco de siempre, frente al Mercado Ideal El Turquino, en San José de las Lajas. Coloca a sus pies una jaba gastada, de la que va sacando, con cuidado, bolsas de nailon. A sus 74 años, esa venta mínima –dos bolsas por 20 pesos, a veces tres por 50–, marca la diferencia entre almorzar caliente o acostarse con hambre.
Sin embargo, vender jabitas se ha vuelto cada vez más difícil. No solo por el gardeo constante de inspectores y policías que miran con lupa a los vendedores informales, sino porque el mercado lleva semanas con una oferta tan raquítica que apenas atrae clientela. "Estas son las últimas que me quedan", dice Aurelio, levantando un puñado de bolsas arrugadas. "Pero me he demorado mucho en venderlas, porque la gente no tiene nada que echarle".
La pizarra del mercado confirma sus palabras. Solo hay sal, a 40 pesos la libra. A las doce del día, cuando el calor empieza a apretar bajo el portal de losas manchadas, El Turquino cierra sus puertas. "Por no tener, no tiene ni moscas en el mostrador", ironiza el jubilado, que vuelve a casa cada tarde con menos de 200 pesos en el bolsillo y la sensación de haber perdido el día entero. "Cuando hay mercancía, la cosa mejora. Los mismos de la cola vienen a buscarme sin llamarlos. Pero ahora no se juntan ni cinco clientes".
Cerca de Aurelio están las puertas blancas del mercado, abiertas apenas un palmo, los carteles de "Bodegón" sobre vitrinas vacías, los bancos de cemento ocupados por hombres mayores que esperan, no tanto a comprar, como a que algo ocurra. Una moto estacionada, una columna forrada con propaganda de pan y dulces que ya no se venden, macetas que intentan poner verde donde domina el desgaste. La escena se repite día tras día, como un ritual de espera sin recompensa.
Un empleado de El Turquino, que pide no ser identificado, explica que la falta de productos no responde únicamente a la actual crisis de combustible. "Esto viene de años", dice, apoyado en la puerta. "Todo es mala gestión de la Empresa de Comercio. A nosotros nos avisan cuando el camión ya está parqueado. Descargamos lo que venga, y eso dura dos o tres horas como mucho". En diciembre, recuerda, llegaron sacos de arroz de donación que se vendieron en cuestión de minutos. "A veces se forma cola solo por el rumor de que van a entrar azúcar o frijoles. Después resulta falso".
La incertidumbre también golpea a los trabajadores. El horario del mercado depende de si hay algo que vender y los rumores de reubicación laboral circulan con la misma ligereza que los de la mercancía. "Si nos mandan para otra actividad, yo pido la baja", dice el empleado, desde el interior de un local en penumbras en el que cuesta distinguir los estantes vacíos.
A pocos metros de Aurelio, Alicia acomoda sus jabas dentro de un bolso de tela grande. Es otra jubilada que sobrevive vendiendo bolsas frente al mercado. En su caso, la indignación pesa tanto como el cansancio. "Cuando sacan algo, los primeros que llegan son los revendedores", asegura. "Se enteran por los mismos empleados y después cada cual sale con su parte. Aquí lo que hay es tremendo trapicheo". A ella, en cambio, la persiguen por vender jabitas.
La caída de las ofertas comerciales no solo vacía los estantes del mercado; también deja sin sustento a quienes dependen de su movimiento. Los ancianos que venden bolsas dependen de la circulación: de la cola, del bulto, del apuro por cargar algo a casa. La edad, la pensión mínima y la falta de alternativas los obligan a vivir al día, atentos a un mercado que ya casi no vende nada. La crisis en San José de las Lajas se mide, también, en jabas que nadie compra.
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