Nicolás Maduro y las lecciones que la escuela Ñico López no le enseñó

Análisis

Cómo la pedagogía política cubana moldeó y limitó al heredero del chavismo

La Ñico López es el corazón ideológico del poder cubano.
La Ñico López es el corazón ideológico del poder cubano. / Roberto Morales Ojeda/ X
Natalia López Moya

04 de enero 2026 - 15:19

La Habana/Hace apenas tres semanas, la Universidad del Partido Comunista de Cuba Ñico López -así se llama ahora- publicaba en X un mensaje entusiasta: “Asisten profesores de la Universidad, como parte de la Delegación Cubana, a un muy emotivo encuentro con el Presidente Nicolás Maduro”. La foto mostraba al mandatario sonriente y con el puño en alto. Nadie parecía imaginar que, poco después, el gobernante venezolano sería capturado por tropas estadounidenses y trasladado a Nueva York, para enfrentar un proceso judicial por narcotráfico. El mensaje, leído hoy, tiene algo de postal congelada justo antes del derrumbe.

La Ñico López es el corazón ideológico del poder cubano. Fundada hace casi 66 años para formar cuadros políticos, ha cambiado de nombre, estructura y retórica, pero no de misión: garantizar la reproducción doctrinal del sistema. En sus aulas se enseña a leer la historia como epopeya, a desconfiar del pluralismo, a confundir lealtad con obediencia y a considerar la permanencia en el poder como una virtud revolucionaria. Desde allí se exportó, durante décadas, una pedagogía política que encontró en Venezuela un terreno fértil. Maduro fue uno de sus alumnos más aplicados, como lo ha demostrado a lo largo de sus años en el poder.

La biografía de Nicolás Maduro está atravesada por una idea central: la del hombre común elevado a líder por la preferencia del aparato por los soldados dóciles y de pocas luces. Conductor de autobús, sindicalista, canciller de Hugo Chávez y, finalmente, heredero designado de la Revolución Bolivariana, Maduro nunca construyó un liderazgo propio. Gobernó siempre desde el reflejo, desde la repetición, desde la mímica del poder de su antecesor y del régimen cubano. En La Habana aprendió a resistir, pero no a gobernar; a cerrar filas, pero no a leer las señales del entorno; a desconfiar del adversario externo, pero no a prepararse para el banquillo de los acusados.

La escuela Ñico López enseña que el poder se conserva endureciendo el discurso, cerrando el espacio político y apostando por la represión

La escuela Ñico López enseña que el poder se conserva endureciendo el discurso, cerrando el espacio político y apostando por la represión. Lo que no enseña —o enseña mal— es que los contextos cambian, que los aliados se agotan y que el excesivo control, sin legitimidad ni resultados económicos, termina siendo una cuenta regresiva. Maduro absorbió las lecciones más rudimentarias: militarizar la política, criminalizar la disidencia, sustituir la gestión por la consigna. No aprendió, en cambio, que incluso los regímenes autoritarios necesitan cierto equilibrio entre coerción y consenso.

El caso venezolano es una caricatura trágica de ese aprendizaje incompleto. Maduro gobernó un país con las mayores reservas petroleras del mundo como si administrara una trinchera sitiada. Confundió soberanía con aislamiento y resistencia con inmovilismo. Mientras el país se empobrecía, el poder se encapsulaba en un círculo cada vez más estrecho, donde la seguridad personal pasó a depender, irónicamente, de asesores y escoltas cubanos. La Ñico López enseña a blindar al líder; no enseña qué hacer cuando ese blindaje se desbarata como gelatina y un helicóptero se lleva al presidente.

Hay, además, una lección que el manual cubano evita: el peso de la corrupción y del crimen organizado en la erosión del poder. Las acusaciones de narcotráfico que hoy persiguen a Maduro no son un accidente ni una invención reciente. Son el resultado de años de connivencia entre Estado, militares y redes ilícitas, en un sistema donde la opacidad no era un defecto sino un método. La escuela del Partido forma cuadros para resistir presiones externas, pero no para rendir cuentas.  

Desde La Habana, la captura de Maduro se observa con una mezcla de alarma y reconocimiento

Desde La Habana, la captura de Maduro se observa con una mezcla de alarma y reconocimiento. Alarman las imágenes del líder esposado, aunque nunca admitirán que este ha sido un fracaso mayúsculo para la inteligencia cubana. Porque la caída de Maduro no es solo la salida del tablero político de un aliado estratégico: es el recordatorio de que el modelo exportado también puede implosionar. La Ñico López preparó a Maduro para sobrevivir a elecciones cuestionadas, protestas y sanciones. No lo preparó para un escenario en el que los barrotes se cierran y se queda a merced de sus carceleros.

Quizás esa sea la lección que la escuela nunca enseñó: que el poder absoluto no solo corrompe, también aísla; que gobernar no es resistir indefinidamente, sino adaptarse; que la historia no se detiene por decreto. Maduro creyó que bastaba con repetir el libreto aprendido en La Habana para sostenerse. Olvidó -o nunca le enseñaron- que incluso las escuelas del poder tienen límites. Y que, llegado el momento, los alumnos más fieles pueden terminar siendo los ejemplos más incómodos.

También te puede interesar

Lo último

stats