Los pequeños negocios de Matanzas cierran ante la caída de las ventas: la gente mira, pero ya no compra

Comercios

"Para los bolsillos de los cubanos la prioridad es la comida. Todo lo demás tiene que esperar"

"Los que venden comida son los que más posibilidades tienen de sobrevivir".
"Los que venden comida son los que más posibilidades tienen de sobrevivir". / 14ymedio
Julio César Contreras

22 de marzo 2026 - 08:06

Matanzas/Haciendo el balance de las ventas al filo del mediodía, Yunia repasa una libreta donde los números están escritos con desgano. La suma no cuadra: apenas 2.200 pesos en toda la mañana. Detrás de ella, collares, pulseras y llaveros brillan bajo una luz tenue que no logra atraer clientes. "Por más que trato de promocionar los productos, la gente llega, mira y se va", dice, sin apartar la vista de la mesa.  

En ese pequeño puesto, a pocas cuadras de la Plaza de la Vigía, se cruzan dos tiempos: el de una ciudad que alguna vez vivió del bullicio comercial y el de un presente donde cada peso cuenta y casi siempre no alcanza. Yunia lo sabe. También sabe que su puesto pende de un hilo. "No es mi culpa que una escoba plástica valga 1.500 pesos, pero al final seré yo quien termine pagando las consecuencias de estos precios locos", se lamenta. El dueño del negocio ya le ha insinuado que, si las ventas no mejoran, él mismo se pondrá detrás de la mesa. Para ella, eso significaría quedarse sin trabajo.

La inflación, que no da tregua, ha ido empujando a estos pequeños comerciantes hacia una especie de supervivencia diaria. El dinero pierde valor con la misma rapidez con que suben los precios, y lo que antes era un gasto menor —una cartera, un adorno, un perfume— hoy compite directamente con los alimentos. "Para los bolsillos de los cubanos la prioridad es la comida. Todo lo demás tiene que esperar", resume Idael, un emprendedor que hace poco cerró su local en la calle Medio.

"Ni en fechas como el 14 de febrero hubo grandes ganancias".
"Ni en fechas como el 14 de febrero hubo grandes ganancias". / 14ymedio

Su historia no es aislada. Durante años vendió ropa de mujer y zapatos de hombre en uno de esos espacios donde el tránsito constante aseguraba clientes. Hoy, ese mismo flujo se ha convertido en un desfile de miradas que calculan, comparan y se van con las manos vacías. "Era mucho el dinero que salía y muy poco el que entraba. Entre la renta, los impuestos y la mercancía, no daba la cuenta", explica. La decisión fue drástica: entregó la patente y se retiró del local.

En el interior de otra tienda, no muy lejos, una joven apoya la barbilla sobre la mano mientras observa la puerta. A su alrededor, mochilas, ropa interior y productos de aseo comparten espacio en estantes repletos pero estáticos. La escena se repite: mercancía que entra pero no sale. "Desde fin de año pasado no hace falta reponer nada", comenta Yunia. "Ni en fechas como el 14 de febrero hubo grandes ganancias".

La ciudad, mientras tanto, parece ralentizarse. En calles como Milanés o la Calzada de Tirry, el movimiento cae en picada después del mediodía. "Aquí lo poquito que se vende es hasta la una de la tarde. Después de esa hora esto se queda vacío", dice a este diario otra comerciante, quien comparte espacio en una amplia sala con otros oficios que han ido desapareciendo uno a uno. Primero fue el mecánico de celulares, afectado por los apagones que le impedían trabajar. Luego, el relojero. Después, el vendedor de joyería. Todos cerraron.

Un joven se detiene, toma un frasco, pregunta el precio y lo devuelve.
Un joven se detiene, toma un frasco, pregunta el precio y lo devuelve. / 14ymedio

Ella ha resistido, pero a medias. Ha negociado pagar solo media jornada de renta del espacio y ha diversificado su oferta al límite de lo permitido. "En mi patente no está contemplada la venta de productos de aseo, pero si no me arriesgo me muero de hambre", admite. Así, entre carteras y billeteras, ofrece jabones, pasta dental y máquinas de afeitar que terminan siendo los productos más buscados.

La crisis ha empujado a muchos a reinventarse fuera de los espacios físicos. Idael, por ejemplo, ahora vende a través de redes sociales. "Tengo una gestora que publica en Facebook e Instagram. Le pago una comisión por cada venta", explica. Sin local, sin empleados fijos y sin los costos asociados, ha logrado mantenerse a flote. Pero reconoce que no todos corren la misma suerte. "Los que venden comida son los que más posibilidades tienen de sobrevivir".

En un portal con columnas de ladrillo, un joven recorre con la mirada una mesa llena de perfumes, bisutería y pequeños artículos importados. Se detiene, toma un frasco, pregunta el precio y lo devuelve. Se repite el gesto en cada mostrador. El recorrido no es de compra, es de reconocimiento de límites. Afuera, la ciudad sigue su ritmo lento, con menos carros, menos gente y menos dinero circulando.

Yunia cierra su libreta y guarda el bolígrafo. Mira otra vez la mesa, acomoda una pulsera, alinea unos aretes. El gesto es casi automático, una rutina que intenta mantener el orden en medio del desbalance. "Esto antes era una garantía de ventas", dice, refiriéndose a la ubicación del local. Hoy, apenas garantiza otra cosa: la certeza de que, en una economía donde el peso vale cada vez menos y los precios no paran de subir, no hay quien compre lo que no sea absolutamente necesario.

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