Las aceras y portales de Cuba son un mercado de trastos viejos

Libros de uso, viejas piezas de plomería, envases vacíos que una vez llevaron champú o detergente para lavar conforman la oferta del precario comercio

Un improvisado comerciante alterna los pregones sobre su mercancía con la lectura de un volumen. (14ymedio)
Un improvisado comerciante alterna los pregones sobre su mercancía con la lectura de un volumen. (14ymedio)

Las aceras cubanas son el escenario de buena parte de la vida cotidiana en la Isla. Sacar el banquito de la casa para sortear los largos apagones, esperar durante horas en el contén a que nos llegue el turno en una cola o armar en esa estrecha franja, entre las fachadas y el asfalto, un punto de venta de cualquier cosa, son solo algunos de los usos de un espacio pensado para el paso de los transeúntes pero reconvertido en escenario del mercado informal y de la supervivencia diaria.

Este jueves, las altas temperaturas y el intenso sol obligaban a caminar bajo la sombra de los portales en La Habana. Amén del peligro de que una cornisa, un techo o un balcón se desprendan y terminen sobre nuestras cabezas, evadir a El Indio y la dureza de sus rayos resulta ser la prioridad. Pero los centímetros son limitados y buscar la sombra también tiene sus problemas. Los más pobres de la ciudad usan ese trozo de vía para tratar de sobrevivir.

Libros de uso, viejas piezas de plomería, envases vacíos que una vez llevaron champú o detergente para lavar, conforman parte del inventario de lo que se exhibe en las aceras de calles como Galiano, Monte o Reina en la capital cubana.

Bajo el resguardo de un portal los vendedores ilegales se multiplican, pero compiten por esa franja de un territorio que pertenece al cubano de a pie

 

Bajo el resguardo de un portal los vendedores ilegales se multiplican, pero compiten con los paseantes para usar una franja de un territorio que pertenece al cubano de a pie, nunca mejor dicho.

Con una hilera de libros desplegados a las afueras del hogar de ancianos “Alfredo Gómez Gendra”, en Centro Habana, un improvisado comerciante alternaba los pregones sobre su mercancía con la lectura de un volumen. A pocos metros, otro vendedor repetía la escena, que se prolongaba por varias cuadras aunque variando la mercancía expuesta. 

En la medida en que la acera se estrechaba, los peatones sorteaban lo mismo una tubería de cobre que unos zapatos rescatados de algún contenedor de basura. Vendedores y clientes compartían así un mismo objetivo: ocupar esa parte de cualquier calle por donde no pasan los autos ni el sol castiga tan fuerte.

Sin las habilidades de los mantas en Madrid o la protección que se dan entre ellos los merolicos de La Cuevita habanera, comerciar en una acera es una profesión de alto riesgo en Cuba. El mismo que te compra una esponja de fregar te denuncia más adelante por entorpecer el paso. El sol que te evitas bajo un portal lo pagas en coimas a los policías corruptos o en sustos cada vez que se acerca la patrulla.

Comerciar en una acera es una profesión de alto riesgo en Cuba. El mismo que te compra una esponja de fregar te denuncia más adelante por entorpecer el paso

Pero los portales y las aceras tampoco son una coraza inexpugnable. Los policías que patrullan la ciudad hacen su agosto con las multas y los arrestos de quienes no tienen un local comercial propio ni licencia para ofrecer sus míseros productos. 

Sentarse a pasar un apagón o a jugar dominó con los amigos es una cosa, pero inaugurar una venduta entre las vidrieras de las tiendas y el repiquetear de los taxis colectivos es otra. 

La acera es territorio franco hasta que se moleste a los uniformados.

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