Un recorrido por los nombres perdidos de La Habana

Crónica

"No puedo cargar mucho, solo recojo gente flaca", dice el motorista que me lleva por las calles de la capital

Mi abuela siempre se negó a llamar Yumurí a la Casa de los Tres Quilos.
Mi abuela siempre se negó a llamar Yumurí a la Casa de los Tres Quilos. / 14ymedio
Yoani Sánchez

04 de abril 2026 - 14:18

La Habana/"Ponte el casco", me dice el joven antes de subir a la moto. En La Habana, casi paralizada por la crisis energética, hay motoristas que hacen las veces de taxis. Te evalúan de arriba abajo antes de lanzar un precio, porque el peso corporal influye en lo que vas a pagar. "No puedo cargar mucho, solo recojo gente flaca", me asegura el joven. El vehículo es eléctrico y lo compró después de un viaje a España. Me empieza a hablar maravillas de Madrid, mientras cruzamos el Puente de Hierro.

"Voy hasta La Sortija", le advierto. La famosa tienda, a pocos metros del Parque de la Fraternidad, sigue siendo una referencia importante aunque lleva años hundida en el deterioro. Los habaneros nos aferramos a los viejos nombres de los lugares, como si al pronunciarlos pudiéramos sacarlos de la ruina. Así, le seguimos diciendo Carlos III a la rebautizada como avenida Salvador Allende, pero apenas le queda algo de majestuoso a sus carriles y portales. A la ferretería La Cubana nadie la menciona así, sino con el pegajoso "Feíto y Cabezón".

Mi abuela siempre se negó a llamar Yumurí a la Casa de los Tres Quilos. Ella repetía el antiguo nombre y recordaba los maniquíes con sus vestidos de falda larga, pero yo solo veía en las vidrieras unos portafolios toscos que llevaban todos los funcionarios oficiales. Había también unas camisas que se convirtieron en lo menos feo entre la ropa que debía llevar el hombre nuevo. En aquellos años 80, me gustaba entrar al comercio de Reina y Belascoaín para respirar el aire acondicionado. Ese olor me transmitía lujo, sofisticación y futuro. Hoy está cerrado y despide un vaho de humedad.

A la ferretería La Cubana nadie la menciona así, sino con el pegajoso "Feíto y Cabezón"

La moto ya va por la calle 23. A mi derecha se alza el otrora Habana Hilton. El edificio parece empequeñecido por el coloso que han levantado a pocos metros. La Torre K no acaba de gustar. Demasiado grande, demasiado fría, demasiado solitaria. El hotel en su interior está cerrado por falta de turistas. En la avenida frente al gigante de 42 pisos se podría improvisar una rueda de casino sin que el tráfico represente ningún problema. Solo de vez en cuando pasa un triciclo eléctrico o un almendrón. "Lo único bueno de todo esto es que es difícil que te atropelle un carro", ironiza el motorista.

Enfilamos por San Lázaro. Nos cruzamos con un bicitaxi cargado de sacos de carbón. El hombre pedalea con fuerza para mover la valiosa carga. Ahora mismo encender el fogón es un dolor de cabeza para miles de familias en esta ciudad que no tienen servicio de gas de la calle o reservas de gas licuado. En los balcones y las azoteas se ven las hogueras improvisadas en las que se cuela el café y se cocina el almuerzo. Un olor ahumado se pega a la ropa y a las sábanas en las tendederas.

Todavía hay mucha gente en esta ciudad que llama Ten Cent a la tienda de Galiano y le dice Sears al reconvertido en Palacio de Computación, casi siempre vacío y oscuro. Ya casi no queda nadie en La Habana que le diga Plaza Cívica a la Plaza de la Revolución o Edificio Radiocentro CMQ al complejo donde está el cine Yara. Los que usaban esos nombres se exiliaron o murieron. Pero de vez en cuando me topo con alguien que me explica una dirección precisando que "hay que doblar a la derecha en el edificio del Diario La Marina" o "seguir recto después de pasar Lámparas Quesada". El mapa de lo perdido sigue vigente en nuestra memoria.

El mapa de lo perdido sigue vigente en nuestra memoria.
El mapa de lo perdido sigue vigente en nuestra memoria. / 14ymedio

Tras casi siete décadas de un sistema empecinado en renombrarlo todo, es un milagro que todavía queden algunas de aquellas referencias. El castrismo siempre tuvo poca gracia para nominar. La era de las siglas duró una eternidad. Dicen que entre todas las monstruosidades que parió aquella manía, estaba la Ecodictafo (Empresa Consolidada Distribuidora de Cigarros Tabacos y Fósforos… o algo así). No me acuerdo. Quizás solo sea un chiste. Lo que sé con certeza es que desde que nací los fósforos siempre han sido malos en Cuba, no importa cómo se llame la entidad que los produce.

El viaje en moto termina. Mi objetivo son los vendedores informales que extienden sus mercancías en los portales de La Sortija. Un amigo me dijo que tienen buenos candados. Los robos no escampan y La Habana cada vez tiene más rejas y cerrojos. Los pasillos de mi edificio parecen galeras de una cárcel. Hay apartamentos donde los residentes deben traspasar hasta tres rejas para poder entrar a su casa. Los llaveros pesan mucho en los bolsillos. Todo lo que queda fuera de esos espacios cerrados es susceptible de ser robado o vandalizado. Los bombillos exteriores ya no existen. Los cristales de las ventanas de las escaleras desaparecieron hace años.

"¿Qué nos van a quitar que nos están dando tanto?"

Mis vecinos están muy nerviosos. En los últimos días apenas hemos tenido apagones. "¿Qué nos van a quitar que nos están dando tanto?", me pregunta un ingeniero cuando se queda a solas conmigo en el ascensor. Los "alumbrones" demasiado largos nos causan desazón. Cada hora con electricidad la vivimos como una prebenda que tendremos que pagar con oscuridad y más oscuridad. La culpa me corroe pensando en que mi yo del presente le está consumiendo los megavatios a la Yoani del futuro. Me da pena con ella: a tientas buscando una vela o una lámpara recargable.

Subo a la azotea cuando cae la noche a ver si veo algo del Artemis 2, pero está nublado. A lo lejos distingo las luces del Focsa. Milagro no le cambiaron el nombre, me digo y empiezo a pensar en todas las posibles variantes que le pudieron haber encasquetado a uno de los más hermosos edificios de La Habana. Regreso al interior. Reviso que el candado esté bien cerrado en la primera reja. También en la segunda. Para la tercera estreno el que compré frente a La Sortija.

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