El régimen vuelve a 23 y 12 con menos gente y los mismos discursos

Cuba

Sin Raúl Castro ni Ramiro Valdés, el acto se celebró en medio de un déficit eléctrico de 1.872 MW

Cada acto de reafirmación se parece menos a una demostración de respaldo y más a una exhibición de desgaste.
Cada acto de reafirmación se parece menos a una demostración de respaldo y más a una exhibición de desgaste. / 14ymedio
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16 de abril 2026 - 13:20

La Habana/El régimen cubano, consciente del escaso apoyo interno que recibe, parece empeñado en gastar hasta la última gota de combustible en actos de reafirmación y propaganda. Este jueves volvió a hacerlo en la histórica esquina de 23 y 12, en El Vedado, donde Miguel Díaz-Canel encabezó la conmemoración por el 65 aniversario de la proclamación del carácter socialista de la Revolución.

La cifra oficial fue más de 50.000 asistentes, un número que el aparato propagandístico quiso presentar como prueba de fuerza. Pero incluso aceptando ese dato, la imagen resultó más bien deslucida. Es apenas la cuarta parte de las más de 200.000 personas que, según cifras oficiales de la época, logró movilizar el castrismo en ese mismo sitio en 2002.

La comparación no favorece al Gobierno. En un país exhausto por los apagones, la inflación y la emigración, la capacidad de movilización ya no impresiona como antes. Esta vez, además, el contraste fue todavía más visible por las ausencias. En la tribuna, el único histórico junto a Díaz-Canel fue José Ramón Machado Ventura. No estuvieron ni Raúl Castro ni Ramiro Valdés, dos nombres que durante décadas funcionaron como emblemas de continuidad y control. La imagen que dejó 23 y 12 fue la de una liturgia cada vez más envejecida, más burocrática y menos épica.

El único histórico junto a Díaz-Canel fue José Ramón Machado Ventura. No estuvieron ni Raúl Castro ni Ramiro Valdés.
El único histórico junto a Díaz-Canel fue José Ramón Machado Ventura. No estuvieron ni Raúl Castro ni Ramiro Valdés. / Captura/Presidencia Cuba

El dato más crudo del día, sin embargo, no estaba en la tribuna sino en el parte eléctrico. Mientras el aparato oficial montaba otro amanecer de consignas, la Unión Eléctrica pronosticaba para este 16 de abril un déficit de 1.872 MW en el horario pico. El Estado moviliza decenas de guaguas, camiones, policías y altavoces para celebrar la resistencia socialista mientras millones de cubanos se preparan para otra noche a oscuras.

Díaz-Canel habló durante veinte minutos, vestido de verde olivo y con una pequeña bandera en la mano izquierda, que agitó de forma casi mecánica en cada pausa, a la espera del aplauso. Volvió a insistir en que “el principal causante de nuestros problemas es el bloqueo genocida del Gobierno de Estados Unidos”, una fórmula que en el discurso oficial pretende clausurar cualquier examen serio sobre la ineficiencia, la improvisación y el fracaso del modelo. La frase suena cada vez más hueca en una Isla donde el poder lleva más de seis décadas monopolizando todos los resortes de la economía y donde la crisis ya no puede explicarse solo por Washington.

También apeló a un inventario de logros que hoy resulta remoto, casi fantasmal, para buena parte de los cubanos. Habló de campañas de alfabetización, del ascenso social de los hijos de obreros y campesinos, de limpiabotas enviados al espacio, de justicia social y de una sociedad donde “el hombre es hermano y no lobo del hombre”. Todo eso fue presentado como prueba irrefutable del socialismo, pero escuchado en la Cuba de 2026 –con hospitales sin insumos, escuelas relegadas y profesionales huyendo en masa– el argumento suena más a reliquia retórica que a descripción del presente.

El Estado moviliza decenas de guaguas y camiones para celebrar la resistencia socialista mientras millones de cubanos se preparan para otra noche a oscuras.
El Estado moviliza decenas de guaguas y camiones para celebrar la resistencia socialista mientras millones de cubanos se preparan para otra noche a oscuras. / 14ymedio

Quizás el pasaje más contradictorio fue su intento de reivindicar el socialismo a partir de los casos de China y Vietnam, presentados como ejemplos de desarrollo deslumbrante. La mención tiene algo de confesión involuntaria. Porque si esos países exhiben crecimiento, apertura y dinamismo, lo han hecho precisamente después de abrazar amplios mecanismos de mercado, atraer inversión extranjera y flexibilizar dogmas económicos que en Cuba siguen siendo tratados casi como artículos de fe. Invocarlos como vitrinas del socialismo sin reconocer ese giro es otra forma de manipular la historia.

No faltó, además, el tono de plaza sitiada. Díaz-Canel afirmó que Cuba debe estar lista para enfrentar “serias amenazas, entre ellas, la agresión militar”, y remató con una de las frases más belicosas de la jornada: “Aquí, como dice la canción, fuego vamos a dar”. La consigna puede arrancar aplausos entre los disciplinados, pero dice mucho sobre un poder que, incluso en medio del colapso material, sigue apostando por una teatralidad marcial cada vez menos verosímil.

El acto de 23 y 12 fue, al final, una escenificación de fuerza en un país debilitado y una apelación a la nostalgia en una sociedad que pierde la fe a un ritmo acelerado. El castrismo todavía consigue movilizar a sus adeptos, pero cada acto de reafirmación se parece menos a una demostración de respaldo y más a una exhibición de desgaste. Y los números, esta vez también, juegan en su contra.

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