El Rey del Azúcar ha muerto: Alfonso Fanjul y el carácter del cubano

Obituario

El empresario convirtió el despojo del exilio en un imperio y dejó como legado la capacidad de los cubanos para reconstruirse lejos de su país 

No luchó con un fusil, sino con la herramienta que mejor conocía: el capital y la influencia construidos con sus propias manos.
No luchó con un fusil, sino con la herramienta que mejor conocía: el capital y la influencia construidos con sus propias manos. / Redes Sociales
Rolando Gallardo

05 de agosto 2026 - 17:08

Madrid/Alfonso Fanjul recordaba con total claridad aquel día en que su mundo se desmoronó. Estaba sentado en la oficina familiar de La Habana, bloc amarillo y lápiz en mano, cuando los hombres de Fidel Castro entraron a discutir el destino de la empresa. Se sentaron con los abogados, hablaron un rato, y entonces el líder de la delegación tomó una ametralladora, la puso sobre la mesa, señaló el mapa donde estaban marcadas las propiedades de la familia y sentenció: "Vamos a desmantelarlo todo". Fanjul tenía apenas 22 años. Acababa de graduarse de Fordham University, listo para heredar un imperio de diez ingenios azucareros, tres destilerías y propiedades repartidas por toda la Isla. En cambio, heredó el exilio.

Su historia, contada así, en frío, podría parecer excepcional. Y en cierto sentido lo fue: pocos cubanos terminaron construyendo una de las mayores fortunas azucareras del planeta. Pero en su esencia, la historia de Fanjul es la historia de decenas de miles de cubanos que en 1959 y en los años siguientes vieron cómo el trabajo de generaciones –una casa, un negocio, una finca, un taller– se esfumaba de la noche a la mañana bajo el mismo argumento: la revolución lo reclamaba todo. Lo que distingue a Fanjul no es haber perdido más que otros, sino haber demostrado, con la contundencia de seis décadas de éxito, que aquella confiscación tuvo un límite que ni las ametralladoras pudieron cruzar.

Le quitaron las tierras, los ingenios, las mansiones pero no pudieron confiscarle los conocimientos. La familia Fanjul llevaba en Cuba desde mediados del siglo XIX, cuando un pequeño núcleo de labriegos de origen asturiano se propuso extraer azúcar de la caña. Un siglo de oficio, de ensayo y error, de saber leer una cosecha y negociar un préstamo, no cabía en ningún decreto de expropiación. Ese saber viajó con Alfonso Fanjul a Florida, y con apenas 640.000 dólares reunidos entre varios exiliados, volvió a levantar un ingenio junto al lago Okeechobee, en el condado de Palm Beach. Con sus tres hermanos, fundaron Florida Crystals y empezaron de cero, pero no partían de la nada: partían de generaciones de olfato empresarial que ningún régimen puede nacionalizar.

El talento disperso por el mundo en la diáspora cubana, forjado muchas veces en el exilio y contra toda adversidad, sigue siendo un capital intacto, a la espera de un país donde volver a invertirse

Con esa reconstrucción llegó también la riqueza, y con la riqueza, la posibilidad de financiar sueños propios y ajenos. Durante décadas, Fanjul fue uno de los principales sostenes económicos del movimiento anticastrista en el exilio, canalizando recursos hacia organizaciones y causas que buscaban presionar al régimen de La Habana. No luchó con un fusil, sino con la herramienta que mejor conocía: el capital y la influencia construidos con sus propias manos.

Fue, sobre todo, un hombre pragmático. Ese pragmatismo lo llevó, ya en la última etapa de su vida, a explorar una eventual apertura hacia Cuba, una postura que generó incomodidad y hasta rupturas con parte de la comunidad exiliada más beligerante. El pragmatismo, por definición, no se guía por el sentimentalismo, y eso –como toda decisión que prioriza el cálculo sobre la nostalgia– genera incomprensiones. Pero también es, probablemente, la misma cualidad que le permitió no quedarse paralizado por la pérdida y construir, en cambio, algo nuevo.

Ahí reside la lección más profunda de esta historia para la Cuba que viene. Fanjul no fue solo un empresario exitoso: fue una demostración viva de que el carácter del cubano –constructor, insaciable, amante de la prosperidad– sobrevive al despojo. La riqueza se puede confiscar; el instinto para crearla, no. Esa es precisamente la promesa que debería sostener a cualquier proyecto de reconstrucción nacional: que el talento disperso por el mundo en la diáspora cubana, forjado muchas veces en el exilio y contra toda adversidad, sigue siendo un capital intacto, a la espera de un país donde volver a invertirse.

Alfonso Fanjul murió a los 89 años, como mueren todos los hombres. Es el destino natural de cualquier vida, y en ese sentido su muerte no tiene nada de excepcional. Pero para los cubanos que todavía sueñan con una isla próspera, su partida es también un recordatorio: la Cuba que Alfonso Fanjul dejó atrás en 1959 sigue, seis décadas después, secuestrada por los mismos que un día pusieron una ametralladora sobre una mesa y decidieron desmantelarlo todo. El rey del azúcar ha muerto. Pero el carácter que lo hizo rey sigue vivo en cada cubano que insiste en construir un futuro mejor fuera de Cuba, mientras espera el día de poder hacerlo en casa.

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