Crónicas de La Habana
El rugido de desesperación de una cubana que vuelve al país después de muchos años
Crónicas de La Habana
La Habana/Después de más de dos décadas en Estocolmo, una amiga de la adolescencia ha regresado por estos días a La Habana. La muerte de su abuela la trajo de vuelta a una Isla donde apenas había estado unos pocos días de vacaciones desde que emigró. Hacer de lazarillo para un cubano que vive fuera es una tarea amarga. Lo primero es dejarle claro que el país que recuerda ya no existe, que esa nación que atesora en su memoria desapareció hace rato.
Los primeros días mi amiga disfrutaba de todo. Me decía que se sentía aliviada de apenas poder comunicarse por internet y casi nada por el móvil, tras años de una sobre exposición a las redes sociales que ha experimentado en Suecia. Saboreaba un mamey y se sentía en los cielos. Probaba una chirimoya y caía en trance. Pero esa ingenua alegría terminó pronto. La realidad se fue colando como ácido corrosivo por las rendijas de su ilusión.
Empoderada con una tarjeta de banco extranjera, mi amiga decidió ir de compras para preparar una cena familiar. La acompañé a regañadientes, sabedora de que la frustración es el producto que, con mayor frecuencia, se encuentra en esos comercios en dólares. Subimos la loma de la calle Tulipán y luego descendimos hasta llegar a La Mariposa. Dentro, todas las neveras estaban vacías. No había ningún cárnico, ni mantequilla, tampoco salchichas y mucho menos pescado. Mi amiga hizo un puchero como un sueco en apuros.
Entonces, con esa infatigable energía que otorga el haberse alimentado bien el último cuarto de siglo, me dijo que debíamos llegarnos hasta un mercado en la calle 26. “Leí en internet que tiene productos españoles y que está bien surtido”, me explicó. Mi cara le respondió con un gesto de escepticismo. Pasamos por el cine Acapulco y entonces me contó que allí dio el primer beso de amor a su novio de la secundaria. El lobby a oscuras, la marquesina sin anuncios y cierto tufo a orine saliendo por debajo de la puerta la trajeron de regreso al presente.
A la altura del cementerio chino, un hombre de menos de 30 años, vistiendo harapos, nos alcanzó para regalarnos a cada una la flor de una azalea. “Algo para comer”, dijo inmediatamente después de entregarnos esos pétalos frágiles y púrpuras. Mi amiga no tenía efectivo, pero le donó una bolsa en la que llevaba una lata de refresco y un sándwich con jamón y queso. El joven empezó a llorar como un niño y ella no sabía si era de emoción o porque lo había ofendido al darle su merienda. “Esas son las lágrimas del hambre”, le tuve que aclarar.
Frente al edificio que fue la casa de Raúl Castro, una fachada pintada de azul intenso señala el mercado en dólares de esa barriada. Una docena de personas se aglomeraba en el pequeño portal. No cabía ni un alma más bajo la sombra, así que esperamos a la intemperie. Nadie entraba, nadie salía. “Están metiendo en la caja registradora las ventas de ayer, porque no tenían electricidad y las tuvieron que procesar a mano”, me aclara una anciana que también espera.
La realidad se fue colando como ácido corrosivo por las rendijas de su ilusión
Tras una media hora, varias personas que aguardaban por entrar decidieron marcharse, mi amiga tenía la cara de un rojo encendido, no sé si por el sol que nos castigaba o por el malestar que le provocó tanto sinsentido. Entonces se fue la corriente. Todo quedó a oscuras en el interior. Un empleado salió para explicar que no podrían procesar ya pagos con tarjeta porque “cuando no hay luz, no funciona el lector”. La cubana-sueca a mi lado parecía echar humo por las orejas.
En la mayor parte de los comercios en dólares que los militares cubanos han abierto por todo el país, las ventas con tarjetas magnéticas se cancelan cuando falta la electricidad. La explicación, después de indagar entre empleados y administradores, se reduce a que el POS (terminal de pago) se queda sin energía y no puede comunicarse con el banco para procesar la operación. Las cajas registradoras también se apagan y cada compra debe dejarse anotada a mano sobre interminables modelos con original y copia.
Saco una cuenta rápida. Una batería que alimente el POS y la caja, por varias horas, costaría, si acaso, unos pocos cientos de dólares. O sea, Gaesa pierde cada día decenas o cientos de miles por no invertir en pequeñas plantas de respaldo. Esa mezcla de rapiña y tacañería ha caracterizado por décadas al conglomerado militar. Rápido para sacarle la divisa a la gente del bolsillo, también es profundamente ineficiente para mejorar sus servicios. Avaricia y desidia; depredación e incapacidad, todo junto y empaquetado en un uniforme de verde olivo del que asoma, torpemente, la corbata del empresario.
En El Laguito deben tener pesadillas de que una turba irrumpa por los portones de los mercados en dólares, las dependencias ministeriales y los palacios de gobierno
Entonces mi amiga y yo caminamos hasta otro comercio, del mismo tipo, en El Vedado. Un custodio cierra la puerta justo frente a nuestras caras. En el interior de la tienda no hay ningún cliente, pero debemos esperar más de diez minutos fuera. Todo el que tiene algún poder en Cuba trata de exprimir hasta las últimas gotas de esa ascendencia sobre los otros. Dejarnos bajo el sol antes que permitir que pasemos al salón climatizado alimenta su autoridad y quizás hasta le provoque un chute de dopamina. Prohibir, cortar el paso y regañar refuerzan la pequeña parcela de control de los custodios, porteros y CVP (Cuerpo de Vigilancia y Protección).
Me siento en el contén a esperar. Me fijo que de todas las amplias puertas de cristal que antes tenía este mercado, solo está abierta una pequeña. El resto de las hojas han sido clausuradas y algunas están cubiertas con tapas de metal para evitar las pedradas. El castrismo siempre le ha tenido miedo a la gente. En El Laguito deben tener pesadillas de que una turba irrumpa por los portones de los mercados en dólares, las dependencias ministeriales y los palacios de gobierno. Cortar el paso a la masa pasa por tapiar todos los espacios por donde quepa una muchedumbre.
Mi amiga emite un rugido de desesperación. La miro y tiene los ojos entornados, se muerde el labio inferior y está a punto de soltar una palabrota, nadie sabe si en sueco o en el español de La Timba donde nació y creció. “Vámonos, ya no aguanto más”, me suplica. No he tenido que explicarle mucho. La propia realidad se ha encargado de aclararle que el país que recuerda ya no existe.
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