Una semana como cualquier otra para los cubanos

Mientras el mundo contempla el "cambio histórico" la vida sigue sin sobresaltos para la mayoría de los ciudadanos

La cola de la heladería Coppelia este miércoles, mientras el Palacio de Convenciones acogía la sesión de apertura de la legislatura. (14ymedio/Luz Escobar)
La cola de la heladería Coppelia este miércoles, mientras el Palacio de Convenciones acogía la sesión de apertura de la legislatura. (14ymedio/Luz Escobar)

La semana del "cambio histórico" en Cuba llegaron los huevos a la barriada de la Timba, una de las más pobres de la capital. La televisión nacional transmitió la película basada en la Revolución de los Claveles portuguesa, Capitanes de Abril, y los padres reorganizaban sus rutinas por las vacaciones escolares.

El parón en las clases de primaria y secundaria se notaba en las afueras de la heladería Coppelia, donde arrasaba el icónico fresa y chocolate que inmortalizó el filme de Tomás Gutiérrez Alea.

En la sala Chaplin, de la calle 23, se celebraba el Festival de Cine Francés. El actor protagonista de El rubio alto y con un zapato negro (1972), Pierre Richard, viajó a la Isla para la presentación de la película y proclamó: "Amo a Cuba".

Los habaneros sacaron de los amarios sus abrigos por una caída de las temperaturas y el anuncio de fuertes lluvias llegó acompañado de los habituales dolores de cabeza que provocan el temor a que las filtraciones en los techos o las inundaciones en las calles dañen los hogares.

En los alrededores del hotel Tulipán, en el barrio del Nuevo Vedado, los vecinos se quedaron sin internet. Las redes wifi habían sido desconectadas para evitar molestias a los diputados de la Asamblea Nacional hospedados en el edificio.

Los reporteros internacionales, llegados por decenas, se afanaron recorriendo las calles más céntricas de la capital para tomar un pulso a la calle que no lograban encontrar

Los reporteros internacionales, llegados por decenas, se afanaron recorriendo las calles más céntricas de la capital para tomar un pulso a la calle que no lograban encontrar.

A cientos de kilómetros, en el pueblo de Vertientes, en la provincia de Camagüey, unos campesinos detenidos por dejar sueltas sus vacas fueron la comidilla. Los animales se alimentaron de un cañaveral estatal para disgusto de las autoridades locales, que avistan una de las zafras más pobres del siglo.

El Estado no vende madera ni alambres para levantar cercas que permitan tener a buen recaudo sus vacas, alegan los campesinos. No solo temen un castigo ejemplarizante, sino que dudan que el próximo Gobierno suponga algo nuevo para ellos.

En Santiago de Cuba, las especulaciones sobre que la ciudad se convierta en residencia de Raúl Castro a partir de ahora parecen haber cansado ya a los santiagueros, que prefieren contemplar la construcción de un lujoso hotel en la entrada de la ciudad mientras suspiran por la falta de sal.

En la Isla, para los cubanos de a pie esta semana ha sido como cualquier otra.

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