“Si hay olor, cerramos las ventanas. Si la llama aumenta, rezamos”, así se vive en Puerto Escondido
Reportaje
En este pequeño paraíso convertido en un importante enclave energético con la participación de la canadiense Sherritt, los 500 habitantes tienen prohibido hablar de la incidencia de cáncer
Puerto Escondido (Cuba)/“Es verdad que aquí casi nunca se va la corriente, pero a qué precio". La vecina de Puerto Escondido (Mayabeque) que hace esta observación se lleva una mano a la garganta. A poca distancia del pueblo, una llamarada arde de manera constante sobre las instalaciones petroleras y tiñe de rojo el cielo cuando cae la noche. El olor a azufre cambia de intensidad según la dirección del viento, pero nunca desaparece.
Puerto Escondido era un lugar paradisíaco y casi secreto, hasta que aparecieron el petróleo y el gas hace un cuarto de siglo. Situado entre La Habana y las espectaculares playas de Varadero, este poblado de apenas 500 habitantes sufre en silencio. Nadie se atreve a denunciar públicamente los efectos devastadores de la explotación petrolera. Todos temen a los chivatos de la policía política que pululan y delatan a los que se atreven a informar sobre las enfermedades atribuidas a la planta de Energas, gestionada por una empresa estatal en asociación con la canadiense Sherritt, especializada en la explotación del níquel, el cobalto y los hidrocarburos.
Energas se ha convertido en una pieza clave en el sistema energético nacional. Además de producir gas, lo lleva hasta La Habana por un conducto de unos 80 kilómetros y lo distribuye a cerca de 300.000 clientes. Más importante aún es su contribución a la estabilidad de la red eléctrica, puesto que cuenta con una central que alimenta la capital y los numerosos hoteles de Varadero.
A primera hora de la mañana, los portales de las casas permanecen iluminados. En algunas viviendas funcionan incluso aparatos de aire acondicionado, una imagen insólita en un país sometido a apagones de más de 20 horas.
Antes de la expansión de la industria petrolera, Puerto Escondido vivía en buena medida de su paisaje. Llegaban excursionistas hasta la pequeña playa de arena blanca y aguas cristalinas, cubanos y extranjeros que se alojaban en campismos o en habitaciones particulares. Hoy, los turistas han desaparecido y los pobladores se quieren ir de un lugar donde cada día es más difícil vivir. Marcharse tampoco es fácil. Una residente enseña el cuarto que antes alquilaba a turistas: lo ha convertido en un almacén donde guarda muebles rotos y tanques de agua. Intentó vender su casa. Sin éxito. Dos potenciales compradores desistieron por el olor: “Se pega a las sábanas, a la ropa y hasta a los animales”, lamenta la mujer.
“Uno piensa a cada rato que en algún momento tendrá que irse de aquí para no seguir contaminándose”, confiesa un vecino que pide no revelar su identidad. En Puerto Escondido todos se conocen y la presencia de foráneos provoca miradas y preguntas. Hablar sobre la industria petrolera, la vigilancia o las condiciones sanitarias puede tener consecuencias.
“Casi todos los niños pequeños tienen asma”, sostiene una trabajadora del pueblo, que se señala el pecho cuando habla de las afecciones que también padecen muchos adultos. Los pocos residentes que se atreven a hablar mencionan numerosos casos de cáncer entre familiares y conocidos. También aseguran que los embarazos son poco frecuentes y que los problemas respiratorios aparecen desde edades tempranas.
Amelia (nombre ficticio), una médica de la familia que trabajó durante más de una década en la zona, asegura que, con los años, aumentaron las consultas por alergias, enfermedades respiratorias y crisis de asma. Llegó incluso a anticipar, afirma, de qué parte del pueblo procederían los pacientes según la dirección en que hubiera soplado el viento en los días anteriores.
Entre quienes sospechan que las emanaciones han afectado su salud está una mujer de 62 años, nacida en la localidad y sometida a tratamiento por un cáncer de pulmón. Nunca fumó ni trabajó en contacto con sustancias tóxicas, asegura. Antes del diagnóstico padecía irritación de garganta, tos y episodios de falta de aire que se agravaban cuando el viento llevaba el humo hacia su vivienda. Cuando los médicos le preguntaron si había estado expuesta a alguna fuente contaminante, solo pudo responder que vivía “en un lugar donde hay mucho humo y peste a petróleo”.
Esa preocupación ya había sido recogida en 2023 por una investigación de la organización Naturpaz. La doctora Berta Cabrales Acosta estimó entonces que el 10% de la población nativa padecía enfermedades respiratorias crónicas y pidió instalar sensores –que nunca se instalaron– que permitieran medir la contaminación en distintos puntos del territorio. El estudio alertó además sobre un aumento de las muertes por varios tipos de cáncer, aunque no llegó a presentar pruebas epidemiológicas concluyentes que permitieran atribuirlas directamente a las operaciones de Energas.
El Gobierno cubano ignoró este estudio y Sherritt tampoco se dio por enterada. La compañía cotizada en la Bolsa de Toronto se ha limitado a expresar en sus informes anuales que “la salud y la seguridad de los trabajadores y de las comunidades” situadas a proximidad de sus instalaciones “son de suma importancia”.
La antorcha industrial alcanza su imagen más inquietante al atardecer. El fuego proyecta sobre las nubes tonalidades anaranjadas y rosadas que podrían parecer hermosas en otro contexto. En algunas noches, la llama crece y el ruido aumenta sin que la población reciba explicación alguna. Los residentes aseguran que nunca les han comunicado un protocolo claro para actuar ante una fuga, una explosión, un incendio o una avería de gran magnitud. “Si hay olor, cerramos las ventanas. Si la llama aumenta, rezamos”, resume una madre de dos niños.
Una de esas tuberías rodea el terreno de béisbol. Es de gas, explican los residentes, aunque las viviendas del pueblo no tienen acceso al combustible. “Pasaron la tubería por aquí y les pusieron gas a los pueblos vecinos de Jibacoa y a Canasí. A nosotros, que estamos al lado, no”, protesta un hombre.
En cambio, el pueblo se beneficia de un suministro eléctrico más estable que La Habana, aunque tiene una señal de televisión deficiente. En numerosas casas se observan antenas de fabricación artesanal con las que los residentes intentan captar Tele Rebelde y Multivisión. La cobertura telefónica también es irregular, incluso cerca de una antena instalada en una de las elevaciones próximas.
Al otro lado de la desembocadura del río queda el antiguo campismo de Puerto Escondido, al que se llega por una ruta que los vecinos llaman el Camino del Chivo. Los residentes acostumbrados al terreno pueden recorrerlo en pocos minutos, pero para un visitante el trayecto supone escalar, avanzar por la orilla y atravesar un paso difícil junto al agua.
Al final del recorrido se llega a un área administrada por la estatal Flora y Fauna, con césped y espacios para acampar. Más adelante, bordeando el litoral, se levantan las ruinas del campismo. El lugar, que según sus residentes figuraba entre los preferidos de Fidel Castro, está totalmente abandonado.
Un antiguo trabajador que participó en la fundación del Campismo Popular en la zona recuerda que las instalaciones proporcionaban empleos e ingresos a numerosas familias. Tras el cierre, el vandalismo aceleró la destrucción. Del mirador quedan escombros y de las cabañas desaparecieron ventanas, sanitarios y azulejos. “Al Estado dejó de interesarle fomentar el turismo aquí. Ahora solo le interesa el gas”, sentencia.
Durante una jornada completa apenas aparecen algunos pescadores, el custodio, tres trabajadores de Flora y Fauna, una pareja que llega a bucear con un instructor y una guagua con unos diez jóvenes. Las edificaciones deterioradas contrastan con la belleza de una costa que en otras condiciones podría atraer a cientos de visitantes. Las lomas, el río y el mar forman un paisaje casi intacto, pero entre ellos se imponen las tuberías, los pozos petroleros y el resplandor de la antorcha.
Los habitantes no exigen el cierre de una industria que consideran vital para el sistema eléctrico. Quieren saber qué sustancias respiran, qué riesgos enfrentan y qué medidas deben adoptar ante una emergencia. También piden algún beneficio de la riqueza extraída en su municipio, en forma de caminos, transporte, atención sanitaria, agua, comunicaciones o espacios recreativos. Hasta ahora, aseguran, Energas y su socio canadiense no han mantenido un diálogo transparente con la comunidad.
Al caer la tarde, las casas vuelven a encender sus luces sin temor a que una avería en el sistema eléctrico nacional las deje a oscuras, como ocurre todos los días en el resto del país. Sobre los techos, el cielo conserva durante unos minutos el reflejo rosado de la llamarada. En Puerto Escondido hay electricidad. Lo que sus habitantes se preguntan es cuánto están pagando por ella con su salud.
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Nota de la Redacción: Este trabajo fue apoyado por el Institute for War & Peace Reporting. El IWPR es una organización independiente sin fines de lucro que trabaja con los medios y la sociedad civil para promover un cambio positivo en zonas de conflicto, sociedades cerradas y países en transición en todo el mundo.