Starlink en Cuba: la antena prohibida que desafía al monopolio de Etecsa

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Si el Estado no garantiza ni la luz ni internet, quien puede permitírselo intenta independizarse de ambos al mismo tiempo

La antena necesita ver el cielo, pero no debe llamar la atención del barrio.
La antena necesita ver el cielo, pero no debe llamar la atención del barrio. / 14ymedio
Pablo Padilla Cruz

05 de abril 2026 - 15:29

Matanzas/En algunas azoteas de La Habana, Matanzas o Santa Clara ya no solo sobresalen tanques de agua, tendederas, palomares y viejas antenas de televisión. Ahora empieza a asomarse, o más bien a ocultarse, otro objeto: el plato rectangular de Starlink. En un país donde internet sigue siendo caro, inestable y vulnerable a los apagones, algunos cubanos han decidido saltarse la prohibición y montar su propia salida al mundo.

La operación empieza mucho antes de encender el equipo. El primer obstáculo es la Aduana. Marlon –nombre ficticio– cuenta a 14ymedio algunos de los trucos que se usan para burlar los controles. “Una antena armada salta enseguida en el escáner”, explica. “Hay que volverla irreconocible: desmontarla en piezas, meterla dentro de un televisor o una torre de computadora, mezclarla con cables, herramientas y chatarra electrónica”. A veces funciona. Otras, la diferencia entre perderlo todo o salir del aeropuerto depende de encontrar a un oficial dispuesto a mirar hacia otro lado a cambio de dos o tres billetes de 20 dólares doblados dentro del pasaporte.

Una vez dentro del país, la antena se arma en silencio. Luego hay que instalarla en un punto con suficiente cielo despejado, pero sin quedar demasiado expuesta a la vista desde la calle o desde la casa del vecino. Después se conecta a una batería de respaldo (UPS) o un pequeño sistema solar para resistir los apagones. 

Elon Musk: “Funciona en Cuba, simplemente no se puede vender allí”

Damian, un programador matancero que trabaja para clientes en el extranjero, justifica la apuesta. “Con Etecsa yo no podía sostener una reunión completa. Se caía todo. Ahora pago la suscripción con ayuda de mi hermano en Miami. Es caro, sí, pero me deja trabajar”. Como él, otros profesionales han llegado a la misma conclusión: una conexión estable ya no es un lujo tecnológico, sino una condición de supervivencia laboral.

El detonante más visible llegó el 16 de marzo de 2026, cuando Elon Musk escribió en X una frase que confirmó lo que ya circulaba como rumor clandestino entre usuarios de la Isla: “Funciona en Cuba, simplemente no se puede vender allí”. La declaración no cambió la situación legal, pero sí despejó la principal duda técnica. La cobertura existe. Lo que no existe es la autorización del Estado cubano para comercializar el servicio o tolerar su uso abierto.

Ahí empieza el verdadero ingenio cubano. Porque la señal sobre Cuba no basta por sí sola. Los teléfonos móviles comunes no están diseñados para enlazarse directamente con los satélites de Starlink como sustituto pleno de una red fija o móvil. Para eso hace falta el terminal específico de la empresa y un router que distribuya la conexión. La opción de conexión directa entre satélite y celular sigue siendo limitada y no ofrece, por ahora, la capacidad que necesita quien pretende sostener una jornada de teletrabajo, una videollamada estable o un negocio conectado a internet.

El fracaso de la conectividad cubana no se explica solo por el monopolio de Etecsa, sino también por el colapso energético

Uno de los trucos más usados consiste en registrar el servicio fuera de Cuba. Como Starlink no vende oficialmente en la Isla, muchos usuarios dependen de cuentas activadas en terceros países, como México o Estados Unidos. El equipo entra ya asociado a un plan de itinerancia y se usa en territorio cubano aprovechando esa vía. No es una solución estable ni garantizada a largo plazo, porque depende de las reglas del propio servicio y de los mercados autorizados, pero hoy sostiene buena parte de las instalaciones clandestinas.

El segundo truco es el camuflaje. La antena necesita ver el cielo, pero no debe llamar la atención del barrio. Algunos la esconden dentro de falsas cajas de aire acondicionado. Otros la colocan detrás de muros o la pintan de gris cemento para confundirla con la azotea. También hay quien la mete dentro de estructuras plásticas recortadas, con materiales que no bloqueen la señal, para que desde abajo parezca otra cosa.

El tercer truco tiene que ver con la electricidad. El fracaso de la conectividad cubana no se explica solo por el monopolio de Etecsa, sino también por el colapso energético. De poco sirve una línea fija cuando un barrio puede pasar horas, o más de un día, sin corriente. Por eso muchos usuarios conectan la antena y el router a baterías de litio, UPS o pequeños sistemas solares. Si el Estado no garantiza ni la luz ni internet, quien puede permitírselo intenta independizarse de ambos al mismo tiempo.

Un solo equipo puede alimentar una pequeña red vecinal y convertir a su dueño en proveedor informal de wifi.
Un solo equipo puede alimentar una pequeña red vecinal y convertir a su dueño en proveedor informal de wifi. / Facebook / Ventas Santa Clara Cuba

En términos de costo, Starlink está muy lejos del bolsillo medio cubano. Mientras en Estados Unidos o México un kit estándar puede costar entre 300 y 450 dólares, en la Isla ese mismo equipo se dispara en el mercado negro hasta los 1.300 o 1.800 dólares, una diferencia que no responde a mejoras técnicas, sino al riesgo de importación, el camuflaje, los sobornos y la posibilidad de decomiso. A eso se suma la mensualidad: los planes de itinerancia o roaming, que son los que permiten usar el servicio en un país donde no se vende oficialmente, rondan entre 90 y 120 dólares mensuales, aunque en Cuba muchos terminan pagando alrededor de 150 a revendedores que gestionan la cuenta desde el exterior. En la práctica, no se paga solo por internet, sino por toda la cadena de ilegalidad y dependencia financiera que hace posible encender la antena.

Alrededor de esta tecnología prohibida ya ha nacido un pequeño ecosistema económico. Están los que la usan para sostener un negocio privado, los que dependen de ella para programar o diseñar a distancia y los que la revenden. Un solo equipo puede alimentar una pequeña red vecinal y convertir a su dueño en proveedor informal de wifi. Como antes se compartía la señal de las antenas para ver canales extranjeros, ahora empieza a compartirse también la de Starlink. Es, en la práctica, una mipyme invisible.

Esa proliferación explica el nerviosismo de las autoridades. El Gobierno puede decomisar antenas, endurecer inspecciones y presentar estos equipos como tecnología de contrabando, pero no ha logrado borrar la demanda. Cada plato escondido en una azotea confirma el fracaso de un monopolio incapaz de ofrecer una conexión suficiente, estable y compatible con la vida económica contemporánea.

Starlink no va a democratizar Cuba por sí solo. Sigue siendo caro, clandestino y minoritario. Depende, casi siempre, de dinero enviado desde el exterior y de una cadena de ilegalidades que lo pone fuera del alcance de la mayoría. Pero cada antena deja una evidencia difícil de ocultar: la demanda de conexión ya desbordó la capacidad de control del Estado.

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