Tres semanas después, regreso a unas calles con menos comida y más carteles de ‘Cerrado’
Crónicas de La Habana
La ofensiva contra los negocios privados ha reducido la oferta en una ciudad donde conseguir un paquete de pollo es toda una expedición
La Habana/Salí a la calle después de casi tres semanas de convalecencia. Bajé los 14 pisos por las escaleras como si fuera una señora de más de 80 años. Al llegar a planta baja respiré profundo y me consolé pensando que, para cuando regresara, seguro habría vuelto la electricidad y podría subir en ascensor. Ilusiones perdidas.
Decidí tomar por la calle Conill, pasando primero a saludar al basurero de la esquina que, aunque lo recogieron una vez durante este tiempo, ya ha vuelto a crecer hasta alcanzar las dimensiones de un país, con su ecosistema, sus habitantes habituales y su gente que busca comida entre los desperdicios. Los escalones del Ministerio de Agricultura estaban llenos de personas sentadas mirando las pantallas de sus móviles. La conexión a internet es tan mala que los clientes del monopolio estatal Etecsa van de cuadra en cuadra buscando un lugar donde la señal de datos funcione. A la entrada del poco productivo Minagri han encontrado una veta de 4G.
Cruzo Rancho Boyeros con mucha cautela. Lo que menos necesito ahora es torcerme un tobillo en uno de los tantos huecos del asfalto o terminar golpeada por alguno de los pocos triciclos eléctricos que circulan por la avenida. Al llegar al otro lado me topo con el primer cartel de los varios que veré a lo largo del breve recorrido. “Cerrado”, dice en la ventana de un pequeño comercio que hasta hace unos días ofrecía una apretada variedad de productos básicos. Doblo por Central. En la esquina con Tulipán, otra cartulina escrita a mano repite la misma palabra. Al frente, en un garaje donde se podía adquirir desde agua fría hasta galletas de soda, han bajado el portón.
La ofensiva contra los negocios privados que no respeten los precios topados ordenados por el oficialismo o rechacen los pagos electrónicos ha reducido la cantidad de mercaditos en mi barrio a apenas un puñado de locales desabastecidos y con empleados de caras largas. No hay pollo, salchichas, aceite vegetal ni picadillo, entre otras tantas ausencias. Ante la opción de abrir y arriesgarse a una multa de miles de pesos, los dueños prefieren suspender las ventas y acumular días de cero ganancias hasta que pase el chaparrón. “Este es el país de los 15 días”, me dice una vecina con la que me topo. “Ahorita los inspectores se dan por vencidos”, añade.
Me frustro y emprendo el regreso a casa. Me queda en el camino el mercado de la calle Tulipán. “Seguro que ahí consigo algo”, me doy ánimos. El cuerpo, en reposo durante tantos días, comienza a dar señales de agotamiento. Me siento en un muro, saco una botella y doy también un buche largo a un jugo de guayaba subido de azúcar que preparé antes de salir. La dosis de sacarosa funciona rápido y logro cruzar de vuelta la ancha avenida que conecta El Vedado con el Aeropuerto.
A medida que me acerco al mercado de Tulipán noto la diferencia. Hay menos carretilleros en el exterior, menos comerciantes ofreciendo productos en las aceras y mucha menos algarabía de la acostumbrada. Las neveras apagadas, varios kioscos cerrados y las pizarras de las carnicerías con apenas manteca de cerdo completan el panorama. En las tres semanas transcurridas desde la última vez que entré, el lugar parece otro.
Salgo con la bolsa vacía. En Estancia, sentados en la acera, un hombre y su hijo pregonan en tono bajo: “¡Pollo, pollo!”. Cuesta 3.000 pesos un paquete de unos siete u ocho muslos pequeños. No queda de otra. Saco el dinero y pago. El adolescente me extiende un nailon chorreante, con la carne totalmente descongelada. Apuro el paso para regresar a mi edificio.
Llamo desde abajo para que mi esposo me espere en el piso siete y me ayude a terminar de subir lo comprado. Tengo las piernas rígidas y siento que la fiebre ha regresado. Me tomo otro largo trago de jugo de guayaba y alcanzo la mitad del tramo de escaleras que debo subir. Allí está Reinaldo. Tengo que sentarme a descansar antes de continuar renqueante hasta el último piso.
Nada más llegar a casa empezamos a cocinar parte del pollo. No hay margen para esperar: está descongelado y no tenemos cómo conservarlo. Ya llevamos casi 24 horas sin electricidad.