Los vecinos se preguntan quién es el afortunado que, sin licitación, ha obtenido la pizzería Verona
Privatización
"La solicité en arrendamiento, pero me dijeron que el otorgamiento de ese espacio ya tenía nombre y apellidos”, cuenta un emprendedor de San José de las Lajas
San José de las Lajas (Mayabeque)/Por estos días basta detenerse unos minutos en la esquina donde se levanta la pizzería Verona, en pleno bulevar de San José de las Lajas, para comprobar por qué el local se ha convertido en conversación obligada. Los peatones aminoran el paso frente a las puertas de cristal oscuro, algunos intentan mirar hacia el interior sin éxito y otros señalan las columnas recién raspadas o los materiales de construcción que entran y salen. En una ciudad donde pocas cosas permanecen en secreto, el misterio alrededor del destino del establecimiento ha terminado alimentando más rumores que certezas.
Las imágenes publicitarias de pizzas, espaguetis y ensaladas siguen coronando la fachada como una promesa suspendida. Desde la acera, sin embargo, no se percibe ningún movimiento que permita saber cómo avanza la obra. Los cristales reflejan las nubes, las bicicletas que cruzan la calle y a los curiosos que intentan adivinar qué ocurre detrás de esas puertas cerradas desde hace meses.
Lo que nadie recuerda es haber visto un anuncio oficial convocando a una licitación para entregar el negocio a un administrador privado. Tampoco se publicaron las condiciones, los requisitos para participar o el procedimiento mediante el cual se escogería al futuro arrendatario. Esa ausencia de información es precisamente lo que más inquieta a los lajeros.
El rumor más repetido asegura que la Verona terminará en manos de una persona muy vinculada al poder político de la provincia. Nadie ofrece pruebas concluyentes, pero tampoco abundan las explicaciones oficiales que disipen las sospechas. En una localidad donde los procesos administrativos suelen conocerse antes por comentarios de portal que por comunicados públicos, el silencio institucional ha dejado espacio para toda clase de especulaciones.
“El año pasado yo solicité la pizzería en arrendamiento de todas las formas posibles”, cuenta a 14ymedio un emprendedor que prefiere el anonimato y que desde hace años observa el potencial comercial del inmueble, situado en uno de los puntos de mayor tránsito de la cabecera provincial. “Envié cartas al Partido, tuve despachos con funcionarios del Gobierno y de la propia Empresa de Comercio y Gastronomía. También moví algunas influencias hasta donde pude, pero me dijeron que no siguiera insistiendo, porque el otorgamiento de ese espacio ya tenía nombre y apellidos”.
Su conclusión llega acompañada de una sonrisa resignada. “Una vez más he comprobado que las cosas en Cuba se reparten por allá arriba” y acompaña la frase de un gesto con el índice señalando al cielo.
Mientras tanto, los trabajos de remozamiento del inmueble avanzan a toda velocidad. Más de un vecino ha dado un respingo al escuchar el estruendo de pedazos de techo o de mampostería cayendo sobre el suelo interior. La estructura necesitaba una intervención urgente después de años de deterioro, pero el ritmo de la reparación alimenta la impresión de que los nuevos administradores tienen prisa y muchos recursos, en un país donde conseguir hasta un saco de cemento se ha vuelto un dolor de cabeza.
Marcelo trabajó allí durante años y todavía pasa por el portal casi todos los días. A sus 62 años, recuerda perfectamente la reunión en que les comunicaron el cierre temporal.
“A nosotros nos dijeron que íbamos a cerrar unos meses para hacerle una reparación capital a la pizzería. Nos prometieron que volveríamos pronto, pero enseguida empezaron a ofrecernos reubicación en la agricultura y en Servicios Comunales. Eso me dio muy mala espina porque, en la práctica, nos estaban botando sin decirlo”.
“Quizás la dejan como pizzería o ponen ahí una tienda en dólares, quién sabe si hasta una mipyme que tenga su propia bodega. Lo único seguro es que los viejos empleados no volveremos”
El hombre no aceptó ninguna de aquellas alternativas. “Una vez que nos quedamos sin salario, el Estado se desentendió completamente de nosotros. No había nadie a quien reclamarle y el sindicato no nos apoyó. Supuestamente podíamos irnos a sembrar tomates o a recoger basura. No hacía falta ser universitario para darse cuenta de que aquello iba para largo”.
Hoy sobrevive como trabajador por cuenta propia y no espera regresar a la Verona. “Quizás la dejan como pizzería o ponen ahí una tienda en dólares, quién sabe si hasta una mipyme que tenga su propia bodega. Lo único seguro es que los viejos empleados no volveremos”.
De vez en cuando, cuentan los vecinos, un hombre llega en un automóvil moderno, entra unos minutos al inmueble y vuelve a salir sin mayores explicaciones. La escena se repite con suficiente frecuencia como para alimentar nuevas historias.
Un joven muy delgado, que espera clientes apoyado en el asiento de su bicitaxi, mira la fachada con una mezcla de nostalgia y escepticismo.
“El servicio era lento, las pizzas muchas veces apenas tenían queso y los espaguetis llegaban fríos. Faltaban refrescos, cerveza y hasta agua para tomar. Pero era la pizzería de la gente con menos dinero. Uno podía sentarse en aquellas banquetas incómodas y engañar el hambre”.
Creció pidiéndole a sus padres siete pesos para comprarse una pizza al salir de la escuela. Por eso está convencido de que, cuando reabra bajo gestión privada, el principal cambio no será el mobiliario ni la pintura fresca.
“Cada vez que un local estatal pasa a manos particulares los precios despegan. Ya en la última etapa de Gastronomía habían subido varias veces, imagínate ahora. Ojalá mejoren la calidad, porque falta hace, pero me temo que la mayoría de la gente de a pie volverá a quedarse mirando desde la acera”.
En San José de las Lajas nadie discute que la Verona necesitaba una nueva vida. Lo que muchos cuestionan es que ese renacimiento parezca haberse cocinado detrás de unos cristales tan oscuros como el propio proceso que decidirá quién terminará sirviendo la primera pizza de la nueva etapa.