La vejez sin descanso en el mercado de La Micro en San José de las Lajas
Jubilados
Ancianos venden bolsas de nailon, guardan turnos y esperan oportunidades en los portales de este municipio de Mayabeque
San José de las Lajas (Mayabeque)/Bajo el techo desconchado de los portales del mercado de La Micro, en San José de las Lajas (Mayabeque), la mañana avanza con una parsimonia que parece hecha a la medida de quienes ya no tienen prisa, pero tampoco descanso. Sentados en cajas vacías, sobre un pedazo de cartón o recostados contra la pared azul descascarada, varios hombres mayores matan el tiempo mientras esperan que aparezca un cliente, una oportunidad o, al menos, alguien dispuesto a convidarles un café. El mercado, que en otros tiempos bullía desde temprano, hoy es más bien un refugio improvisado para jubilados que han cambiado la tranquilidad de la vejez por la incertidumbre de la sobrevivencia diaria.
Alejados del bullicio del centro del pueblo, pero al alcance de quienes viven en los edificios de microbrigada, Rodrigo y sus compañeros han encontrado en estos portales un sitio fijo donde pasar entre ocho y nueve horas al día. Allí venden lo que consiguen: bolsas de nailon, pomos reciclados, ají, cigarros sueltos o cualquier mercancía que pueda cambiarse por unos pesos. La escena se repite cada mañana. Algunos llegan antes de las siete, arrastrando los pies, cargando una bolsa gastada o empujando una carretilla oxidada. Otros aparecen después, cuando el sol ya ha calentado el cemento y las sombras empiezan a escasear.
Nuestra presencia aquí es un secreto a voces. Todo el mundo lo sabe, pero nos dejan tranquilos para que vayamos 'escapando' como podamos
“Aquí, como quien no quiere las cosas, no les vamos escapando a los inspectores. Esto no es para hacerse rico”, comenta Rodrigo mientras revisa con cuidado el contenido de una caja plástica donde guarda su mercancía. Tiene la voz pausada, como si midiera cada palabra. “Tenemos jabitas de nailon a 20 pesos y los potes de ají a 120. Los cigarros de bodega los tengo escondidos, pues si me cogen vendiendo las cajas a 340 pesos, puedo buscarme un problema”. A su alrededor, otros hombres asienten en silencio, acostumbrados a esa cuerda floja entre la necesidad y la ilegalidad. “Nuestra presencia aquí es un secreto a voces. Todo el mundo lo sabe, pero nos dejan tranquilos para que vayamos escapando como podamos. Así funciona la olla: por un lado aprieta la junta y por otro lado suelta presión para que no explote”, añade.
A pocos metros, un perro se estira sobre un cartón, indiferente al ir y venir de la gente. El animal parece un habitante más del portal, otro sobreviviente de la rutina diaria. Cerca de él, Andrés observa con atención la calle, atento a cualquier movimiento. Durante décadas trabajó como cerrajero en un taller estatal y todavía conserva una llave maestra que guarda como si fuera un talismán. “La gente viene a buscarnos para que le botemos la basura, le destupamos un tragante o, en mi caso, para que le abra la puerta de entrada a la vivienda”, explica, orgulloso de las habilidades que le permitieron ganarse la vida durante años.
Tenemos una única chequera de 3.000 pesos. Somos diabéticos y no aparecemos en ninguna lista de protegidos por la seguridad social
Al popularmente conocido como el Mercado de La Micro hace más de un mes que no entra nada por la canasta familiar normada. Las tarimas vacías y los anaqueles polvorientos son el mejor testimonio de ese abandono. “Me dijo un dependiente que mañana van a empezar a dar dos libras de arroz para las personas vulnerables”, comenta Rodrigo, encogiéndose de hombros. “Claro, ese concepto de vulnerable es a conveniencia del Gobierno. Yo mismo vivo solo con mi mujer en una casita de tejas que se está cayendo. Tenemos una única chequera de 3.000 pesos. Somos diabéticos y no aparecemos en ninguna lista de protegidos por la seguridad social”.
Mientras habla, el anciano señala con la barbilla hacia la calle, donde otro hombre empuja lentamente una carretilla cargada con latas aplastadas y sacos sucios. El esfuerzo se refleja en la inclinación de su espalda y en el sudor que le corre por la frente. Cada paso parece una batalla contra el cansancio. Detrás de él, una niña pedalea en una bicicleta pequeña, ajena a la escena, como si el tiempo tuviera dos velocidades distintas en ese mismo lugar: una para los viejos que resisten y otra para los niños que todavía juegan.
Como antiguos jornaleros, los ancianos acuden todas las mañanas a su “puesto de mando”, como ellos mismos lo llaman, para buscarse la vida de alguna manera. Sentados en el piso, comparten historias de épocas en que el trabajo era duro, pero seguro; se quejan de las necesidades actuales y permanecen atentos a cualquier oportunidad que surja de ganar unos pesos. Cuando aparece alguien buscando ayuda para cargar un saco, limpiar un patio o guardar un turno en una cola, el grupo se activa de inmediato.
Según Andrés, cuando hay venta de gas licuado en la zona las jornadas suelen ser un poco mejores. “Es verdad que pasamos dos o tres noches sin dormir, pero nos echamos 1.000 pesos en el bolsillo por cada persona que solicita nuestro servicio de traslado de la balita”, cuenta. “Entre nosotros mismos nos repartimos los números para que todos salgamos ganando. El problema es que casi nunca hay gas y, mientras el palo va y viene, pasamos las de Caín para hacer tres o cuatro pesos que no alcanzan para nada”.
Mi padre me enseñó que las cosas no caen del cielo y que, siendo un negro pobre, tendría que pulirla muy duro para no acostarme con el estómago vacío
Las horas en los portales del mercado transcurren con una lentitud desesperante. A veces comparten un pedacito de pan duro para engañar el hambre; otras, un trago de ron que aparece de repente, pasado de mano en mano. La conversación se mezcla con silencios largos, miradas perdidas y suspiros resignados.
“Mi padre me enseñó que las cosas no caen del cielo y que, siendo un negro pobre, tendría que pulirla muy duro para no acostarme con el estómago vacío”, dice Andrés, con la mirada fija en el horizonte. “Con 72 años encima he optado por no rendirme. Mientras tenga una llave maestra y las manos me respondan, seguiré abriendo puertas y vendiendo lo que haya que vender”.